El viaje inverso de Ulises Walker

¿Y si sí?

CUATRO


Ulises Walker puede hacer llorar a un piano. Lo está haciendo ahora. A solas. En el hall de un antiguo casino, cerrado al público hoy en día. Qué hace Ulises Walker en aquel lugar es lo que menos nos importa. El piano está allí, desafinado, pero mostrando el interior de sus tripas. Ulises, sin embargo, está mucho más lejos. Treinta años después lo está volviendo hacer. Es como arañar el aire con los puñales de la tragedia y la comedia humana. Dios, cuánto tiempo ha pasado.

La vida es una gymkana de decisiones y él no es el resultado de las mejores. Tampoco, por suerte, el de las peores. Su trayectoria podría haber sido una ciudad bombardeada.

Está bailando sobre las teclas. En lo respectivo a bailar usando el cuerpo es totalmente arrítmico. Se mueve peor que Ray Charles. La vida te gasta esas bromas. Pero sus dedos, aunque magullados, callosos, amarillentos del tabaco, tatuados, desgastados por el trabajo en la fábrica. Aunque de uñas cortadas con los dientes y llenas de cutículas, con un principio de artrosis y con un sentido del tacto sensiblemente disminuido, sus dedos pueden hacer llorar a un piano como si se hubiera pillado una cogorza y ahora necesitara que lo escucharan. Como un desahogo, como un quejido, como un hasta aquí.

Las paredes están llenas de cuadros antiguos. Nadie parece acordarse de limpiarles el polvo. Es una cueva moderna aquel lugar. Una cueva llena de cuadros con motivos de caza. La caza del zorro. La caza del león. La caza del unicornio. Esa clase de cosas. Es una cueva moderna con cuadros viejos y polvorientos en lugar de pinturas rupestres.

Aquí, a solas, Ulises se ha atrevido a acercarse a un piano después de nueve años sin probarlo. Supone que las sustancias fueron la causa de su abstinencia creativa. Las sustancias, el alcohol, las mujeres. Por suerte, ya está limpio, pero Ulises, como músico, fue un tópico andante.

Hasta hoy, le daba pánico tener un piano cerca y que alguien le pidiera tocar. Podía haber golpeado a ese supuesto espectador de haber dispuesto de un objeto contundente a mano. Nunca pasó. Ya se encargó él de que no hubiera un piano a menos de cien metros. Llegó a quemar uno, tras bañarlo en ginebra, en la presentación del disco de un amigo y rival. Se excusó diciendo que en honor a Jerry Lee.

Ahora está sentado consigo mismo. Unido a sí mismo. Con el alma cosida a la piel. Durante un tiempo considerable no fue así. Hubo una época en que se tuvo enfrente. Siendo su peor enemigo. Y no es una frase hecha: fue su peor enemigo. La vida es una gymkana de decisiones y él no es el resultado de las mejores. Al menos, tampoco el de las peores.

A Ulises le resbala una lágrima, mientras improvisa una oda a su vida. Se venía formando una tormenta en sus tripas. Ahora le llueven los ojos porque está haciendo algo con sentido. Algo bello y trascendente. Algo efímero, que va a durar nada, pero que le da sentido a todo. Como respirar hondo y con esperanza, mirando al abismo. Su mente viaja de recuerdo en recuerdo.

Colorea con notas todos esos días perdidos en ganar dinero, alejado de lo que lo hace sentir vivo. Se reconcilia con la vida en clave de Fa. Lanza un arpegio para tratar de recoger todas esas horas que existió en modo automático y le es imposible porque hay demasiadas tiradas por el suelo. Pero aún puede crear sentido. Es lo más cercano a Dios que conoce.

Una descarga eléctrica le repta por el brazo. Y si, y si. Y si aún estuviera vivo. Y si aún pudiera aportar sentido a la gente. Un cuerpo no es más que una cáscara vacía. Lo importante es lo que uno hace con el tiempo que le queda. No. Sí. Claro que sí. Y si un disco. Y si una gira. Y si volver. Y si nunca se fue y sólo fueron años de crisálida.

Y si sí…


TRES


El dolor es sólo la parte visible. El dolor señala ese lugar dentro de ti donde algo está muriendo. Es la última vez que Ulises va a recorrer los pasillos de este hospital. Él no lo sabe, pero lo intuye.

Habitación 304. En la cama, apostado, apenas consciente, su padre, Jeremías Walker. Se le antoja tan hermoso. Casi parece resplandecer, como si irradiara luz. La luz de una llama que ejecuta su último baile antes de extinguirse.

Ulises trae consigo unas fragantes flores rojas y la única colonia que su padre gastó en vida. El aroma de su padre a quince cincuenta el frasco. Que huela bien. Es lo que más le preocupa. A la muerte no se la puede ahuyentar ni esquivar con esencias. Pero a los viajes largos uno ha de ir preparado. Su padre está cercano a fundir el acero de su espada y es importante el modo en que suceden las transformaciones.

No están allí ni su hermana, ni su hermano. Han cuadrado agendas para no cruzarse. No quieren verlo. Es un extranjero para la familia. Escogió su propio camino cierto tiempo atrás y lo culpan por ello. Por eso, por las ausencias, por los excesos, por las llamadas nunca devueltas, porque sólo apareció por casa cuando le daba por desintoxicarse y luego salía corriendo tras las faldas de las amapolas.

Amapolas. Qué ironía. Acaba de darse cuenta de que son amapolas las flores que trae al último homenaje de su padre. Ni siquiera preguntó por ellas, se limitó a señalarlas al tipo de la floristería. Su padre no dirá nada al respecto. Él ya lo perdona todo. Lo entiende por el modo en que lo observa por el único ojo que mantiene medio abierto y por la manera pausada con que exhala.

Abre el frasco de colonia y le embadurna el pecho y el cuello. Le tiemblan las manos al hacerlo y no es por el miedo a quedarse solo. Lo unge con el aroma de su vida. Nunca había hecho nada parecido. Jamás se permitió un contacto tan íntimo con su progenitor. Ambos parecen dolorosamente felices en este momento.

Ulises entona una canción. No recuerda el título. Es una vieja canción espiritual americana con una letra disfrazada de tristeza, pero que habla de paz y de perdón. Es su particular réquiem. Mientras su voz bronca recita, sus manos desenfundan el instrumento al que más tiempo dedica en los últimos años. Una jeringuilla con una jalea ámbar en su interior. Un último regalo para su padre. Un dulce pasaje al olvido del yo. Jarabe de amapolas para cruzar al otro lado. Oler bien es importante. Aplacar el dolor también se lo parece. El dolor es sólo la parte visible. El dolor señala ese lugar dentro de ti donde algo está muriendo.

Su padre, Jeremías, cierra los ojos y arruga su expresión porque comprende. Una lágrima le resbala y otra lágrima gemela se deshiela en los ojos de su hijo. Esto es importante, se repite, esto tiene sentido. Un acto tan generoso y compasivo. Ojalá hubiera un piano al que hacer llorar en este momento.

Pero antes de atreverse a practicar la picadura letal, antes de que su padre vuelva a abrir los ojos, una nota larga y aguda se extiende por la habitación. Encefalograma plano. La chispa ha desaparecido. Jeremías ha iniciado su último viaje.

Un enfermero entra en la habitación y aparta de malos modos a Ulises de la cama. Le pregunta algo que él no entiende y que en sus oídos resuena en sordina. Aún tiene el instrumento en sus manos. El único instrumento al que dedica horas desde hace años.


DOS


Ulises está entregado al viaje. No pasa por casa desde hace demasiadas páginas del calendario. Vive al momento. O eso le gusta contarse. Tiene la sensación de que la vida está sucediendo en este lugar y no en ningún otro.

Siete personas rugiendo en el estómago de la furgoneta. Su banda, su mánager al volante, y una joven llamada Melisa que se separó del núcleo familiar para unir sus átomos a los de aquellos músicos. Ella ama lo que representan, lo que saben hacer con el viento y con el tiempo. Los ama a todos carnal y espiritualmente.

Ulises la ama en secreto, pero es una apuesta que no desea pagar. De día, a Melisa la veneran como a una musa. De noche, es otra canción. Ulises le ha escrito alguna letra, pero jamás lo admitiría. La ama por su pureza. Teme que a alguno de sus compañeros se le caiga el corazón de Melisa de entre las manos y se haga añicos contra el suelo. Aún no sabe que acabará apostando al amor de la grupie.

Pero la vida sucede ahora. Y huele a sudor, a euforia y a corazones latiendo en allegro por la química. Ulises prefiere el calor de la ginebra. Va empapado en ella. La ginebra le recuerda el olor de la colonia de su padre y eso le da una confusa perspectiva a todo. Todo tiene sentido. Que justo ahora, que nueve años después de unirse a unos cuantos acólitos buscadores de belleza, que quince años después de probarlo por primera vez esté aquí, viviendo en ese castillo que un día empezó a construir en el aire.

Parece primavera todo el tiempo. Ellos, pensamientos floreciendo. Sólo hay motivos para celebrar y las canciones tristes aluden a recuerdos sin sustancia o son meras imposturas. No hay nada importante en lo que pensar. Los dedos de Ulises hacen mímica sobre teclas imaginarias. Imprime música en el aire con los ojos cerrados. Quién necesita un piano cuando todo sucede dentro de uno.

Lo más reseñable de esa tarde es que el motor de su furgoneta se gripa. Quizá por alergia. Su mánager se ladea en el arcén de una carretera secundaria y los chicos saltan de la furgoneta celebrando los errores del universo. Ulises levanta en volandas a Melisa y se besan. Se acuestan sobre la moqueta de flores del campo que les rodea. Un campo de amapolas rojas.


UNO


Así es como empieza todo. Un club nocturno. Un cartel en la puerta con la fecha de hoy y un nombre, el suyo: Ulises Walker. Un nombre que aún nadie reconoce.

Sus dedos ágiles, audaces, seguros de sí mismos como pisadas de caballo. Sus dedos de uñas cuidadosamente perfiladas, sedosos, indomables, impacientes, recorriendo las costillas de un piano que con su sueldo actual no podría pagarse ni en veinte años.

Sus dedos que huelen a mujer.

No se ha lavado las manos después de hacerle el amor a esa chica que ahora lo admira y que le dice que sí, que lo que hace está bien, con su sonrisa, desde el fondo de la sala. Hay ciertos olores que son un talismán y el olor a cuerpo de mujer es para él uno de ellos. Ulises celebra la vida mientras el aroma de sus dedos lo alimenta. Le aporta un carácter jovial y audaz a su música.

Hace años fue un niño que soñaba con cabalgar el viento. Hace años ese niño tuvo una idea. Imaginó a un Ulises con el don de erizarle la piel a la gente. Desde entonces, ese Ulises vive dentro de él. Es una voz que le acompaña. Que le dice sigue, no dudes, haz lo que sientes, si lo que sientes es amor. Ya de niño asumió una deuda que está encantado de pagar: la de devolverle a la música lo que la música le regaló a él.

Esta noche tiene algo de especial y él no lo sabe, pero lo intuye. Nunca el público le devolvió así la mirada. Nunca esta certeza de estar tan vivo. Nunca se sintió tan dentro de su cuerpo. Está tocando viejas canciones y algunas propias y todas hablan de él: Nunca Ulises fue tan Ulises.

Se imagina iniciando un viaje. La brisa del puerto acariciándole los poros. Gritando hasta pronto, chicos a un grupo de desconocidos. La emoción del porvenir. El futuro como un boleto de lotería ganador. Y si, y si. Y si estuviera vivo. Y si pudiera traer sentido a la gente. Un cuerpo no es más que una cáscara vacía. Lo importante es lo que uno hace con el tiempo que le queda. No. Sí. Claro que sí. Y si un disco. Y si una gira. Y si ir allí.

Algo entra en él. Una especie de gracia, duende o genio. Es lo más cercano a Dios que ha conocido. Improvisa notas sueltas que, en conjunto, cuentan una historia. Una historia aún no escrita. Una oda a un presentimiento. Y lo cuenta todo de un modo tan elegante y gozoso que el propio piano empieza a llorar.

Ulises Walker puede hacer llorar a un piano. Lo está haciendo ahora, por primera vez. Delante de un centenar de personas que están reteniendo el aire en sus pulmones hasta el final de la pieza y sin que nadie se lo haya pedido.

A la chica del fondo, Linda recuerda que se llamaba, se le cae una lágrima por la cara. A la chica con la que compartía sudor y respiraciones entrecortadas hace un rato se le están cayendo las lágrimas y nadie las recoge.

A Ulises también le empiezan a llover los ojos. Aquel adulto, que el niño imaginó, está haciendo algo con sentido. Algo efímero, que va a durar nada, pero que le imprime orden a todo. Desconoce de dónde procede esa energía que lo recorre, pero la está sintiendo, y eso es real.

Y apuñalando las teclas en una coda final, con la frente perlada de sudor y los lagrimales como el Niágara; clavando los dedos en la vida, piensa:

Y si sí…


Relato premiado en el apartado de Literatura del festival Creamurcia 2018