Patagonia

De crío, imaginaba la Patagonia como un lugar utópico, casi inexistente, un lugar legendario situado geográficamente en los confines del mundo, allá donde habitaban bestias marinas increíbles y donde se acababa el mar y uno caía al vacío en caso de no virar la ruta.

La verdad es que, una vez allí, uno comprueba que no hay nada sacado de una novela de fantasía. Si acaso, los paisajes. Para llegar a la población más cercana de la Patagonia argentina hay que pasar antes por la burocracia de la aduana chilena (intensiva, intransigente y lenta), para terminar arribando a un pueblecito de casas de planta baja, fachadas de madera y techos a dos aguas, que circunda el lateral derecho del lago Lácar, y que recibe el nombre de San Martín de los Andes.

San Martín es uno de los dos lugares idílicos a los que me iría a vivir si alguna vez decidiera desaparecer y cambiar de vida. El otro es Edam, en los Países Bajos. A su modo, San Martín es casi el fin del mundo. La humanidad podría entrar en guerra, que este pequeño punto en el mapa nunca sería bombardeado. En San Martín no parece haber industria. Si se practica la agricultura o la ganadería, lo desconozco, puede que sí. Pero principalmente, éste es un pueblo que vive del turismo. Un turismo tranquilo y sosegado, de gota a gota, no de grupos de turistas robando una instantánea de cada rincón.

En San Martín da la impresión de que la Paz Mundial se haya instaurado. El tiempo se dilata paseando por sus calles, repletas de chocolaterías, alfajorerías, cafeterías y restaurantes donde el plato estrella son los ñoquis o la carne de vacuno. Es un lugar pensado para los sentidos, sobre todo para el del gusto.

Me olvidé. Allí me olvidé de todo. Tal vez no sería tan feliz, en caso de volver, como advertía aquella canción del Sabina. Pero los tres días que duró mi estancia allí, lo fui. Y todo debido a una cuestión administrativa: Cruzar la frontera para renovar el visado. Tal vez no me dejaran volver a entrar en Chile sin un buen motivo, pero en aquel momento aquello no podía importarme menos.

Mi querida partenaire de aquel entonces y yo alquilamos un coche y llenamos el depósito de nafta. Allí la gasolina es barata. Y nos lanzamos a recorrer aquel trayecto que los lugareños llaman “los siete lagos”. Necesitaría muchas líneas para describir aquello. Nunca había tenido la sensación tan pronunciada de estar viviendo en un sueño. Más allá del primer lago, la civilización se extingue. Eres tragado por el bosque. El único camino accesible es un pedregal. La bruma lo envuelve todo. Parece que uno pueda escuchar a la Naturaleza hablándote, desde ese lugar. Durante ese lapso, estuve fuera del mundo.

Pero, aunque aquella pequeña Utopía pueda deslumbrar al viajero con sus luces, esto no implica que en ese lugar no haya sombras. Tras algunos tenderos de gesto amable se esconden cambistas de dólar blue, o lo que es lo mismo, cambio ilegal de divisas. El peso argentino es una moneda inestable desde los tiempos del corralito y los oriundos pagan los dólares americanos a un precio bastante más ventajoso que los bancos y las casas de cambio. Uno no sabe cómo sentirse con estas triquiñuelas de la economía local, pero luego recuerdas que provienes de un país en el que el pago en negro es la norma… No me quejo, es sólo que estas cosas arañan tu burbuja. Aun en el fin del mundo, el papel moneda es codiciado como en cualquier otro lugar.

Cuando cae la tarde en San Martín, se presiente la inseguridad en sus calles. Y no debido a que por allí deambulen personas de mala vida y malas trazas, sino por la constante presencia de los cuerpos policiales, que patrullan a ralentí, pasando por tu lado, sin quitarte el ojo de encima, pareciendo que busquen un motivo para darte el alto… como en cualquier otro lugar.

Cayó la tarde, como digo, y nos refugiamos en una cafetería de estética moderna, pero acogedora, con una gran estufa en el centro caldeando la estancia. El café de aquel sitio me supo como nunca, debido (seguro) a que aún seguía embriagado por el entorno. En la barra había un periódico y lo tomé para echar un vistazo al mundo. En la portada se anunciaba la muerte de aquel dictador: Videla. También en los confines de la Tierra tenían importancia sucesos como ése. La muerte de una persona cruel era noticia… como en cualquier otro lugar. Y sucedía en el momento histórico (para mí) en que mis pies hollaban la Patagonia. Era un dieciocho de mayo, día de mi onomástica. Algo a recordar para alguien que no cree en las casualidades.

Días de pisco y rosas II

Tabaco chileno[Este relato pertenece a la crónica inacabada de mis experiencias en Chile, titulada “Resaca de pisco”]

-Imagina que el paquete de cigarrillos light es el partido de derechas e imagina que el paquete de cigarrillos corrientes es el de izquierdas. ¿Ves? Por fuera, tienen colores distintos. Pero, en el fondo, los dos son tabaco. Los dos te acaban matando.

Lo he vuelto a hacer. Estoy chispado o andando encima de la pelota, como dicen en Chile, y como no sé a quien culpar de la insatisfacción propia de nuestra generación, he terminado cargando contra la clase política. Ignoro por qué siempre sucede esto. Me observo, tratando de comparar dos paquetes de tabaco con el bipartidismo para que Hilda, una amiga de la hermana mayor de Marla, entienda mis quejas sobre la partitocracia española. Me observo y me aborrezco y arrojo las cajetillas sobre la mesa, como si fueran dados en una mesa de juego. Como si explicar lo que es tan simple en tu cabeza y tan complicado ahí fuera sirviera para algo.

-Lo entiendo. Aquí, igual es así. Los discursos son diferentes, pero nadie arregla lo que hay que arreglar, -dice ella.
-¡Bah! ¡La política es fome! -salta Sandra, una tercera en discordia.
-Sí, es fome… -digo.
-Pero Maikel tiene razón -insiste Hilda-. A esos weones se les llena la boca con que tenemos una democracia y sabemos que eso es mejor que una dictadura pero, míranos: Acabo de egresar de la universidad y ¿qué posibilidades tengo? Montar mi propio negocio y dedicar los próximos diez años a pagarle al estado el crédito que conseguí para poder estudiar…
-Al menos tienes para pisco…
-Sí, po. Ése es el problema… que igual sólo tengo para pisco.
-¡Bah, córtenla ya! -Marla aparece en el momento justo para evitar que agüemos la fiesta-. ¡Esta noche es de puro carrete! ¡Dejen ya esa weá!

A mi alrededor hay una veintena de jóvenes, todos chilenos, todos hablando de ese modo tan acelerado que me cuesta pillar el cincuenta por ciento de lo que dicen, todos bebiendo piscola.

-¿Una piscolita, Maikel?

El despreocupado sonido de los cubitos de hielo chocando contra las paredes de un tubo de cristal suena a canción optimista. Es una noche tibia. Como de finales de agosto en España. Una de esas noches en que se advierte el ocaso del verano; en las que se impone celebrar la vida de un modo nostálgico; en las que poco importa lo que pase ahí fuera.

La piscola es el Trago por excelencia entre la muchachada. Con mayúsculas. Pisco y coca-cola, son lo que aquí se conoce como una «promo». Un kit indispensable para fiestas. Esto es tan así que, cada ocho de febrero, desde hace diez años, se celebra en Chile algo llamado Día Nacional de la Piscola. No es broma. El nueve de febrero es conocido como el Día Nacional de la Resaca. Y tampoco bromeo.

Hay varias botellas de Mistral repartidas por la habitación. Mi botella de Cabernet-Sauvignon hace rato que está vacía y olvidada. Es mi primera experiencia con el pisco, un licor cuya autoría se disputan peruanos y chilenos. Debería tomarlo con calma, o eso es lo que dicen los autóctonos. Debería, pero es mi segundo vaso y esto no tiene pinta de ir a mejor.

-¿Y cómo son las cosas allí en España? En cuanto a minas…

Quien pregunta es Patricio. Un chaval enorme como un Frankenstein de no-ficción, que parece tener de ingenuo lo mismo que de alto. Mantiene una sonrisa llena de dientes, idéntica a la que tenía nada más cruzar la puerta del apartamento, al principio de la noche. Es de esa clase de personas que lucen sonrisas en vano, como si se las hubieran soldado con soplete, debido a carencias en cuestiones sociales. Quizá ésta sea su única baza. A Patricio, las chicas lo tratan como a su mascota. Supongo que él no reúne los cánones de hombría que ellas demandan. Se sacan fotos con él, mientras le sacan burla. Luego lo besan en las mejillas y le dicen que lo quieren. Como amigo, claro. Patricio es su juguete.

-¿Minas? ¿Mujeres, quieres decir?
-Mujeres, sí. Me han dicho que en Europa  lo de los tríos es algo muy normal… Lo de poder pololear con dos minas a la vez.

No debería, me digo. No seas tan cabrón. Pero sólo es un juego inocente. ¿Qué hay de malo en ello?

-Pues, ahora que lo dices…

Veo cómo sus ojos brillan de expectación y su sonrisa se estira. Salen más de sus dientes a la superficie.

-Hay algo de cierto en eso. Hay bastantes parejas poliamorosas.
-¿Poliam…?
-Poliamorosas. Dos chicas y un chico, por ejemplo. Es de lo más normal. Imagínate en la cama. Puedes disfrutar el doble.
-¡Qué cuático!

Patricio suelta una carcajada de puro gozo. Es una carcajada que retumba por todo el departamento, por encima de los ritmos de reguetón que Marla se ha encargado de que no falten. Alguna gente nos mira. Me llevo el dedo índice a los labios y le hablo bajito.

-…También se da entre dos chicos y una chica. Misma cuestión.

Aquí veo que la sonrisa se le amarga un tanto, incluso podría decir que su sonrisa se convierte en mueca de asco. Este giro no se lo esperaba.

-Agh, pero eso…
-¿Qué pasa? Ellas también tienen derecho, ¿no?

La mirada de admiración que me dedicaba hace unos segundos esconde ahora ciertas sombras de duda. Lo piensa un momento y pregunta.

-Entonces, ¿Lucía y tú…?
-¿Eh? -agito los cubitos de mi vaso de tubo y le digo-. Me he quedado sin gasolina. Disculpa.

Y lo dejo allí, preguntándose lo que quiera que se esté preguntando, mientras me desplazo en órbita hacia una de las botellas de pisco. A por otro lingotazo. No está tan mal el pisco éste.

En la mesita que hay en mitad de la sala yacen los restos de un bizcocho de bienvenida que horneó Lucía para agradecer a Marla que nos esté alojando estos días. Se nota que son más de las doce, porque al principio todos rechazaban la invitación, pero ahora en la bandeja únicamente quedan las migajas y una botella caída de Mistral. Literalmente, el bizcocho ha sido destripado por las garras de una veintena de jóvenes hambrientos, yo entre ellos. No sé por qué, pero me viene a la cabeza la muerte del protagonista de El Perfume, a manos de una horda de mendigos.

Hablando de Lucía, está charlando con una chica y un chico. Me acerco y me presenta. Le doy un beso en la mejilla a Elvira -porque la costumbre aquí es dar sólo uno- y estrecho la mano de Ernesto, su pololo. Ellas dos siguen con la conversación y yo me limito a escuchar y a darle sorbos a la piscola. Hablan de La Polla Records. Lucía parece entusiasmada porque ha encontrado a alguien que conoce a La Polla, -ergo que tiene mejor gusto musical que nuestra anfitriona-. Ellas dos hablan y entonan algún verso a coro, mientras el novio de la chica y yo nos mantenemos en silencio. Me fijo en él. Hay algo raro en él. Hace ya rato que me di cuenta que no se despega de la espalda de Elvira en ningún momento. La mantiene rodeada con sus brazos, como si temiera dejársela olvidada en alguna parte. No, miento. Él es quien cuelga de la espalda de Elvira, como si fuese una mochila. Ella se relaciona con los demás. Se mueve aquí y allá. Él parece una joroba o una segunda cabeza. Elvira es realmente maja y parece que Lucía y ella se entienden bien. Intento sacar algún tema de conversación con Ernesto. Banalidades. Le pregunto a qué se dedica.

-Soy otorrinolaringólogo, como ella.
-Como ella, claro…

Pienso: «¿Qué esperaba oír? Está unido a esta chica por algún punto cercano a la cadera». Voy demasiado ebrio. Los imagino intentando andar a la par con sus cuatro piernas. Una sonrisa mezquina asoma por mi rostro y me excuso diciendo que tengo que ir a mear.

Me evalúo, mientras transformo el pisco en pis: ¿A qué viene este comportamiento, Maikel? Mi conciencia, la mayor parte del tiempo, es peor que mi madre: ¿Por qué ese cinismo? ¿Por qué no puedes, simplemente, disfrutar de las conversaciones vacías, de la música chabacana, de la forma de ser de cada cual?

-Porque tienes miedo -le contesto fríamente al tipo de ojos vidriosos que me juzga desde el espejo.

Al salir del baño, me encuentro con Marla, a la que se le ilumina el rostro al verme. Levanta su copa para hacer un brindis y dice:

-¡Maikel, mi amigo essshpañolísimo!

Luego, me rodea el cuello con el brazo y me planta un beso sonoro en la mejilla. Sé que su euforia es producto del alcohol. Pero, en ese momento, no me importa. Estoy tratando de perdonarme por mis momentos de miseria. Siguiendo el mismo ritual, le planto un beso en la mejilla y digo a viva voz:

-¡Marla, mi amiga chilenísima!

Los dos reímos.

-¡Oye! -me dice-. ¿Les hace darse un baño en la piscina?
-¿Ahora?
-¡Sí! ¿No te parece bacán?
-Me parece bacán, pero no he traído bañador.
-¿Calzoncillos sí?
-Hombre, Marla, eso sí, pero…
-¡Ya, po! ¡Vamos al tiro!

La piscina a la que Marla se refiere es la del ático, la que está a la intemperie. Subimos unos ocho o nueve, repartidos entre los dos ascensores, entre ellos Lucía, Marla y yo. Las cámaras de seguridad del edificio registran nuestra incursión piscinera a las dos de la mañana. Es una noche estupenda, salpicada de estrellas. Estamos en la planta 23 de este edificio y la ciudad de Concepción se arrodilla a nuestros pies. Nuestros nuevos amigos ya se han zambullido en el agua de la piscina y ríen e intentan ahogadillas y más de uno aprovecha para meter mano a más de una, dada la escasa luz y el alboroto. Lucía tampoco ha traído el bikini y anda echando fotos y amenazando con quitárselo todo y lanzarse al agua. Marla y sus amigas le silban para incitarla. Reímos.

La gente parece feliz y a mí me da por pensar que la felicidad es un estado transitorio que suele durar instantes, segundos o minutos. No más que eso. El tiempo en que la mente no anda metida en problemas.
Saboreo la felicidad de este momento.
Me la bebo de un trago.

Días de pisco y rosas

[Este relato pertenece a la crónica inacabada de mis experiencias en Chile, titulada “Resaca de pisco”]

Es una tarde tibia y estamos los cuatro sentados en la terraza de ese fast-food mejicano que hace esquina en la plaza Perú. Con los cuatro me refiero a Lucía, Marla yo y ese crío de veinte años que dice llamarse Felipe. Felipe es nombre de pijo. Felipe me recuerda a sonrisa de flashes, a palabras vacías, a feudalismo, a Philip Morris, a flipe.

Como digo, estamos los cuatro.

Cuando se abrió la puerta del apartamento, apareció aquella muchacha, descalza, envuelta en una toalla, con el cabello hecho una bayeta. Todo un catálogo de piel tostada. Luego, desapareció por la puerta de su cuarto, ofreciéndonos una vista completa de su espalda mojada, y me dejó allí con ese crío. Un crío de veinte años. Flaco. Macilento. De torso huesudo y pecoso, con cara de no haber recibido una hostia en su vida. Supuse que vendrían de retozar en la piscina del ático. Su pelo parecía una sopa de fideos pelirrojos y la mano que me ofreció, al conocernos, un racimo de uvas pasas.

Luego, Marla salió del cuarto con una de sus sonrisas naturales, como de huevo de granja, y dijo que saliéramos a tomarnos unos schops. Lucía aún dormía, pero se despertó cuando Marla encendió la radio y una melodia pop embadurnó las paredes de melodías pegajosas. Felipe y Marla entonaron a dúo una canción que yo no había escuchado en mi vida, pero por la que habría pagado o habría hecho un sacrificio de sangre a Apolo por no escuchar nunca.

Lucía apareció con cara de carnicera de Milwaukee y Felipe, nuestro nuevo amigo, fue a estrecharle sus uvas pasas y a decirle de un modo entusiasta, mientras Marla daba el tono y se secaba el pelo con un secador:

-¡Vamos a tomar unos schops!

Ése es el motivo de que ahora estemos aquí, en este fast-food mejicano de la plaza Perú, lijándonos los ojos con luz del atardecer y hablando de nada, en realidad.
Ellos toman sus schops -jarras de cerveza tostada- y yo pego sorbos a un zumo de durazno, más por economía, que por apetito.

Marla y Felipe hablan en jerga chilena y Lucía y yo tratamos de desentrañar parte de la conversación. Un colega argentino ya me advirtió sobre esto: Sobre los chilenos y el modo en que abusan de la jerga. Él dice con ese canturreo tan propio del país: «Puuuta weón, yo andaba aún con la caña y ese viejo culeao, cagao de la cabeza, no hacía más que cargarme con sus weás…». Ella dice: «¡Qué fome!». Él continúa: «…Y venga con quería juntar plata para copete, pero el muy weón me viene con que se ha dejado la plata en la pieza y ya allí, en mitad del mall, le suelto: ¡Ándate a la chucha no más! Y me fui al tiro». Ella vuelve a decir: «¡Fome, weon!». Lo único que sé es que hablan de borracheras.

Estamos a mediados de marzo. Se acaba el verano y, por lo que deduzco, el tema de la temporada va de carretear y de buscar cualquier excusa para tomar alcohol. En realidad, no parece que haya nada mejor que hacer en esta latitud del mundo, a los veinte, a finales de verano. Sea como sea, ésta es una faceta de Marla que aún no conocíamos. Menos mal, ya no resulta tan formal como al principio. Dios mío, es humana… Bueno, ¿y qué?

En realidad, se está agusto en esta terraza, sin hablar de nada concreto, fumando cigarrillos, bebiendo jugo y tratando de percibir la sinfonía. Todo lo que nos rodea. La gran composición de un dios psicópata y disonante, que parece improvisar a cada segundo, fuera de compás: La luz y las sombras. El tráfico suicida. La adaptación de los animales -los perros, los colibríes- a un hábitat de asfalto. Los edificios de ángulos rectos. Las conversaciones sobre nada -continente- y las emociones sobre cualquier cosa -contenido-.

Para alguien que escribe es importante detenerse a escuchar la música, de cuando en cuando. La mayoría de las veces no se oye nada. Sólo rutinas, motores y ruidos de fábricas. Pero, en ocasiones, oyes. Y parece que la música tenga un patrón. En esas ocasiones, el sinsentido cobra sentido, los momentos de bajón son sólo adagios metafísicos y los ratos de sonrisas son sólo allegros mezzo fortes y todo, en definitiva, se reduce a momentos. A compases que se repiten. Y a estribillos.

Marla golpea la mesa con la palma de su mano y exclama, como si no llevara un rato pensándolo: «¡Eh, montemos un carrete! ¡Por los españolísimos!». Y cuando venimos a darnos cuenta, estamos empujando un carrito de supermercado con ocho six packs de cerveza, dos botellas de pisco, cocacolas, bolsas de hielo y una botella de Cabernet-sauvignon. El Cabernet es cosa mía. Desde que llegué a Chile me he aficionado a beber vino. Hasta el vino de cartón aquí tiene su bouquet. Compran, además, sushi y unas empanadas. A excepción del vino, todo lo paga el crédito del papá de Marla. Nuestra compra pasa por el código de barras y es embolsada por un chico de su misma edad, que recibe cien condescendientes pesos de propina del bolsillo de Felipe. Veo que los hay en cada caja: Jóvenes de sonrisa ausente unidos a un reproductor de mp3, que embolsan las compras y, a veces reciben algo a cambio, o a veces no. Los veo recontar las monedas que guardan en el bolsillo.

-¿Por qué se les da propina? -pregunto realmente intrigado.
-Porque no cobran fijo al mes -me aclara Felipe-. Los bolseros sólo cobran las propinas… Tengo el coche a dos cuadras de acá. ¡Vamos para allá!

Recorremos las dos cuadras o las dos calles y, es al llegar allí, que se me parte el corazón, como a un cantante de pop al que lo ha dejado la novia: Este crío, Felipe, alarga el brazo, sosteniendo un pequeño mando a distancia, y parpadean los intermitentes de un flamante y enorme Chevrolet blanco.

-¿Te gusta? -me dice Felipe, al ver cómo escaneo el coche del morro al maletero-. Regalo de mi papá por las buenas notas del curso pasado.
-Es una monstruosidad -admito.

Pero no me entiende. El ríe complacido. Tengo mis razones para pensar que es una monstruosidad que el padre de este niño pecoso, paliducho y despreocupado le haya costeado un coche como éste, mientras toda una legión de chavales de su edad recuentan pesos sueltos al final de cada caja, en cada supermercado. Miro el presente que hay frente a mis narices, como quien ve el futuro en unas tripas de pescado. Como quien recuerda un pasado vergonzoso, un tatuaje mal hecho, difícil de borrar: Asqueado. Hay dos bandos aquí y no sé ni cómo he venido a caer en uno al que no pertenezco. Dejemos correr la suerte. No escupiré sobre la mano que me sirve un trago de pisco. Los dioses soplan las velas. Así sea.

Lucía y yo nos acomodamos en la parte trasera de aquel mastodonte con ruedas y nos buscamos las miradas para confirmar que estamos pensando más o menos lo mismo. De pronto, los bafles llenan el aire de voces distorsionadas y baterías con tintes de reguetón. Aquel chisme se mueve y no de una manera armoniosa. Felipe conduce como si montara sobre un gran tiburón blanco y tratara de domarlo con el alambre del pan bimbo. Damos bocados a los socavones de las calles, tragamos metros de asfalto a sesenta por hora, sin piedad. No tiene pudor en usar el cláxon para exigir a los conductores de los microbuses que se aparten de su camino. Algunos lo hacen. O es un rico kamikaze o es imbécil rematado.

Atravesamos la avenida de Chacabuco, como si fuera parte de un circuito. Los otros vehículos se convierten en contrincantes. Lucía clava las uñas en el asiento. Yo alcanzo a abrochar mi cinturón. Felipe y Marla cantan a coro la canción de la radio en un inglés con notable pronunciación.

Pasamos junto a un coche de los carabineros, que se han detenido en el arcén para pedirle los papeles a un vendedor callejero de calcetines. Los agentes se limitan a vernos atravesar la ciudad como si la hubiéramos comprado. Y es lo que, en efecto, ocurre: A este niño pelirrojo, que desconoce lo que es el grito de un jefe o la soga de una factura, le han comprado un permiso para atravesar la ciudad, como si le perteneciera. Como si las personas que hay tras los cristales fueran monigotes de fondo en un videojuego.

Chile tiene una alta tasa de mortalidad de peatones.
La aguja de las revoluciones se contonea al ritmo de la música.
Marla y Felipe siguen cantando a dúo esa canción en inglés. Más alto. Más alto.

Más alto.

Temblores

[Este relato pertenece a la crónica inacabada de mis experiencias en Chile, titulada «Resaca de pisco»]

Está bailando una lámpara.
En Chile siempre está bailando una lámpara.
Yo me marco este claqué sobre el teclado, desde las faldas de un sofá de piel sintética de color lechoso, en el noveno piso de un lujoso edificio de la calle Freire. No se trata de nuestro apartamento. Nuestro presupuesto no daría ni para la propina del portero. Porque, así es, este edificio tiene un portero trajeado que te trata de señor al pasar, una sauna, un jacuzzi, una sala de fiestas y hasta una piscina a la intemperie en el ático.

No estoy acostumbrado a ver bailar a las lámparas, ni a escuchar a los vasos hablar entre sí en código morse, del mismo modo que no estoy acostumbrado a lujos neocoloniales de este estilo. No llevo demasiado tiempo en Chile, pero sí el suficiente como para saber que aquí a los terremotos los llaman «temblores». Lo de terremoto lo reservan para referirse a un cóctel a base de vino blanco, granadina, helado de piña y fernet (un licor de cuarenta grados etílicos, que extraen de la uva). En menor medida, se usa también para referirse a catástrofes de ocho grados para arriba en la Escala Richter.

A mis espaldas, desde el balcón, se pueden ver los estragos del último que sufrieron aquí, en Concepción: El espacio en blanco dejado por un edificio del que ya no queda rastro. Un vacío tremendo, como la cavidad torácica de un Diplodocus, sobre un montón de escombros.

Marla, nuestra anfitriona en esta pequeña mansión de treinta metros, nos confesó que cada noche, antes de aquello, fantaseaba con un chico que se machacaba los biceps a la altura del undécimo piso, hasta que aquel movimiento tectónico lo acabó sepultando a él y sus máquinas de abdominales, bajo todo ese montón de hormigón y cascotes. Marla dice eso y yo no puedo evitar pensar «¡Qué lástima de tiempo malgastado en fabricar músculo, pudiendo haberlo pasado tensando los músculos de su vecina!». A veces, me odio por ser tan cínico, pero no puedo evitarlo. De haber pasado de la exhibición a la acción, lo más seguro es que el musculitos aún siguiera vivo. La mayoría de los actos humanos parecen sacados de una comedia. Y yo no creo en las catarsis, ni me van demasiado las tragedias.

De cualquier modo, Marla nos aclara que el edificio desplomado era tan alto, tan nuevo y tan lujoso como en el que nos encontramos. Por eso no le quito el ojo de encima a la lámpara. A su dichoso vals.

Marla, Marla… Apenas tiene veinte años y es capaz de mantener una conversación tan madura que abruma. Intento pasar de un tema a otro y «rascar», buscando que caiga la fachada, pero se mantiene en su sitio. Hay una pizca de altivez, de chulería, en sus palabras. Marla es hija de médicos y Chile es un país en el que la sanidad es aún mejor negocio que en Europa, lo cual explica el hecho de que Marla haga vida universitaria de clase alta. Ella también estudia medicina y hay algo en su carácter (¿solidaridad, gusto por la aventura, morbo por los extranjeros?) que la llevó a registrarse en la misma página web de hospedaje para viajeros donde nosotros la encontramos. Ella dice que es algo habitual en Latinoamérica, como lo de viajar a dedo.

Marla nos abrió las puertas de su casa, nos ofreció un cuarto propio y café con tostadas de palta para merendar. Pronto nos sentíamos como en casa. Daban ganas de quitarse las botas allí mismo y subir los pies a la mesa. Salvo por la música. Marla mantenía la radio puesta en todo momento en un dial que vomitaba pop y reguetón sin descanso. La mantenía bajito, menos mal. Ahora que Marla salió, lo primero que he hecho ha sido apagar la radio. Algo que también ha agradecido Lucía. Para ciertas cosas no hace falta que nos comuniquemos. Llámalo telepatía.

Ahora que tengo un rato a solas, sin música, y que Lucía duerme la siesta en el cuarto de al lado, me parece interesante consultar con las teclas algo que Marla mencionó durante el café y que lleva un rato zumbándome en la sesera.

Nos contaba, sin la menor aprensión, que la noche del gran terremoto de 2010, un sábado de febrero, en pleno verano, ella y sus amigas se encontraban carreteando (de juerga), en una discoteca situada en un sótano, cuando todo empezó a temblar. Claro está que, en Chile, esto no es nada extraño, por lo que Marla y sus amigas reían y decían cosas del tipo «¡Se me ha subido el pisco a la cabeza… Uuuuuuh… Estoy perdiendo el equilibrioooo!» o acompasaban las sacudidas, con movimientos erráticos y ojos en blanco, parodias de borracho… Dicen que hay un modo de determinar si un temblor va a ir a mayores: Atender al rugido que mana del subsuelo. Si pasa de ligero rumor a estruendo, es que algo va mal. Claro que esto es difícil de percibir, cuando te encuentras dentro de una sala con los decibelios por encima de lo que permite la ley y con unas cuantas copas de más. Marla y sus amigas se dieron cuenta de lo que pasaba cuando se apagaron las luces estroboscópicas y todo se impregnó con el tono rojizo de las de emergencia; cuando el suelo se partió en dos y había que levantar la rodilla a la altura del pecho si no querían caer de espaldas al dar un paso. El mejor símil que supo darme fue lo que se debe sentir en la cubierta de un barco, en plena tormenta, y con el mar revuelto. En mitad de todo este caos, cuando la música dance se extinguió y sólo se escuchaban gritos, cuando los reunidos allí luchaban por agarrarse a los pilares maestros o a cualquier cosa estática, Marla tomó de la mano a su mejor amiga y se dirigió a la puerta principal del bar, para salir a la calle. Ahí es donde se topó con la cara más amarga de la catástrofe: El dueño del local, explicaba desde el otro lado de una verja metálica blindada por un candado, que no podía dejarles salir porque se irían sin pagarles las copas. Imagina la angustia. Qué gran metáfora del espíritu de nuestros días. Págame o pierde tu derecho a la vida.

Finalmente, Marla y todos los que se encontraban dentro del bar, salieron por el cristal roto de una ventana, que el guardia de seguridad, que también quedó encerrado, reventó desde dentro. Ya en el exterior, Marla encontró una Concepción desconocida: Penumbra absoluta. Desconcierto. Gritos de histeria y alarmas de coches aullando por toda la ciudad. Y, como si hubiera un dios allá arriba, disfrutando del espectáculo y deslumbrándolos con una linterna: una luna veraniega radiante, enorme, bañándolos a todos en luz fría. Todo en tres minutos y medio. Los más estresantes de sus vidas.

Este relato me da una idea aproximada de lo que caracteriza al chileno medio: Son gente dura, que no se amilana. Han sobrevivido a las guerras que, la mayoría de las veces, ellos mismos provocaron, a una dictadura reciente y a catástrofes naturales de esta envergadura. Soportan los empujones de los viandantes, el acoso del tráfico, las estrecheces en el bus, los golpes de la policía… Y, como a Marla, no los oirás quejarse. Sólo verás ese brillo de orgullo en sus ojos. Un brillo que anuncia que están dolidos, pero no lo van a admitir.

Me pregunto cómo andarán las cosas en España y como si no tuviera bastante, echo un vistazo a las noticias del otro lado del charco, aprovechando que Marla invita a wi-fi. Comienzo a leer titulares y se me avinagra la sangre. La mayoría son entrecomillados de las gilipolleces dichas ante un micrófono por parte de la casta política española. Tengo que dejar de hacer esta mierda, tengo que dejar esta tortura.

Desde que llegué a Chile, me acuerdo bastante de algunos escritores de raza que ya murieron, auténticos pioneros antisistema. Cuando nos hablan de antisistemas, se refieren a aquellos que combaten al sistema, luchan contra él, se le oponen… Pero un antisistema, así entendido, también es parte del sistema. Toda fuerza se enfrenta siempre a una resistencia. Eso es una ley natural.

El verdadero espíritu antisistema subyace entre las líneas de algunos buenos escritores muertos. Un verdadero antisistema no se opone al sistema, simplemente se desconecta de él. Un verdadero antisistema no actúa como un nodo, ni propaga las malas noticias que envía la Máquina. Ni cree en ellas. No es que no crea que sean ciertas, es que no las toma como axiomas, ni como verdades que rijan su vida. Desde niños nos dicen que esta vida es injusta, que el mundo es de cierta manera. Y esperan que lo asumamos. ¿Por qué? ¿Por qué maldita razón habría que asumir el horror, el sufrimiento o la guerra, cuando eso sólo beneficia a los intereses de una minoría? Un verdadero antisistema es un eslabón roto. Un loco que no acepta el mundo en el que vive, porque de ninguna manera es aceptable. Lo complicado de un loco es ser discreto. Lo complicado es domar las emociones salvajes sobre las que, a diario, montamos a horcajadas.

Y ya he dejado de dialogar con las teclas. Se acabó el alto al fuego en mi cabeza. Mis músculos no se ven en funcionamiento desde el edificio de al lado. Una corriente otoñal entra por el balcón y me pone la piel de gallina. Estoy cabreado. Esto va más allá de España o de Chile. Me gustaría que todos los locos se organizaran y construyeran su propio sistema. Uno, en el que para vivir no hubiera que pagar entrada. Que se enfrentaran el viejo y el nuevo mundo en un ring y viéramos quién gana. Que mandaran a los antidisturbios a golpear a maestros libres educando a hombres libres en la calle y pudiéramos reír ante lo absurdo de todo aquello. Que la risa fuera epidémica y acabara, por fuerza, aflojando los puños en torno a las porras…

Oigo una llave escarbar en la cerradura y mis dedos, por fin, se relajan. La música cesa.

La lámpara ya no se mueve.