Crónicas playeras (V)

Miro atrás. Miro atrás interiormente. Es esa cadena de neuronas hilvanadas las que me llevan a un momento pasado que, por llamar de algún modo, llamamos recuerdo: Hay un hombre de pie, junto a mí, haciendo equilibrios sobre las rocas. Ese hombre es mi abuelo. Es una mañana fresca de verano, o tal vez es que hemos salido temprano de casa. El mar brilla con un azul que sólo existe en mi memoria. Ni siquiera los programas de edición de fotografías pueden reproducir ese color. Es un pantone desconocido, onírico. Ese señor, mi abuelo, el padre de mi madre, me anima a buscar algo entre las rocas. Estamos buscando cangrejos. Se queja, porque sólo disponemos de un cubo con unos pequeños peces grisáceos como culebrillas de mar con ojos saltones que, con cierta habilidad, él ha podido capturar. A mí me gustan esos peces. Los observo dar giros torpes en el cubo y no comprendo dónde está el problema, de dónde nace su preocupación.

—Mira, —me dice sosteniendo uno de esos seres de caparazón negro y patas descarnadas que no dejan de agitarse en el aire—. Esto es un cangrejo.

Nunca antes he visto un cangrejo. Me parece un animal estúpido y fascinante. No se asemeja a nada que yo conozca.

—Ten cuidado, —me dice—. No lo toques. Puede pellizcarte con las pinzas y hacerte daño.

Lo dicho, un animal estúpido y fascinante. Lo sumerge en el agua salada del cubo y el cangrejo cae hasta tocar el fondo. Lo veo quedarse inmóvil, mientras los pececillos grises prosiguen con sus vueltas de un lado a otro del recipiente. Me siento fascinado por esa fauna que le estamos robando al mar. Aunque soy demasiado pequeño, no pienso que estemos robando nada. Mi abuelo escruta las rocas, encuentra dos o tres cangrejos más y los deja caer en el recipiente que horas atrás me servía para construir castillos. Los castillos más efímeros de mi vida.

Regresamos a casa y yo no puedo dejar de mirar el interior del barreño. Hay todo un cosmos allí dentro. Algo nuevo y excitante para mí: Peces y cangrejos. Los crustáceos al fondo, los peces en la superficie.  Cohabitando. Tengo la esperanza de que vivan conmigo para siempre. Me parecen poseedores de una belleza extraña. Ahora pienso que sólo los niños son capaces de apreciar ese tipo de belleza. Me voy a la cama ese día soñando con mis peces, con mis cangrejos, con el mar, que es un lugar infinito y alberga maravillas.

Lo primero que hago al despertar al día siguiente es ir a visitar a mis peces, a mis cangrejos. Tomo un trozo de pan de la cocina con la intención de darles de comer, porque pienso que todos los animales, sean de la especie que sean, saben apreciar el sabor del pan.

Cuando me asomo al cubo me invade la duda y la tristeza. ¿Dónde han ido los peces? Ya sólo quedan en el fondo esos tres o cuatro insectos negros estúpidos y fascinantes. Sobre la superficie del agua flotan restos grisáceos de algún tipo. Cojo el cubo y voy a despertar a mi abuelo: “¿Qué ha pasado?”, le digo, preocupado. “¿Y los peces?”.

Mi abuelo se arranca las legañas de los ojos. Se incorpora. Mira dentro del cubo y me dice: “Se los han comido”.

Aquella fue una pequeña gran lección de vida, pero eso lo entendí después. En aquel momento yo sólo pude sentir pena por la pérdida y por la injusticia sucedida en el trocito de mar que creí capturar para siempre en un cubo de plástico. En ese molde donde fabriqué los castillos más efímeros de mi vida.

Crónicas playeras (IV)

En noches como ésta, da la sensación de que se hubiera instaurado la paz mundial. Las vistas desde este balcón son increíbles y yo soy capaz de verlo ahora, gracias a una mirada ajena. Enmarcada por luces lejanas, puede verse toda la bahía. La luna se alza en un ángulo de unos cuarenta grados sobre mí. Parece una cara cantando o silbando o aullando. Su reflejo es enorme y baña hasta a la propia orilla. Hay parejas bien vestidas paseando como si no tuvieran nada de qué preocuparse. Por ejemplo, veo pasar a un adolescente de rasgos latinos, con una camiseta ceñida por las horas que emplea en levantar cosas pesadas en el gimnasio, erguido como si le hubieran introducido algo alargado por el recto anal, paseando junto a una chica de unos catorce o quince años, muerta de vergüenza. Ambos parecen avergonzados ante la presencia del otro (incluso el chaval, aunque su apariencia sea más chulesca). Se les nota en la actitud, en la forma de moverse, de caminar… Sólo dos niños con ganas jugando a ser adultos. Qué cosa más ingenua. Un poco más allá, un grupo de críos jugando al pillao (increíble, todavía ese juego existe, tal vez lo jugáramos en las cavernas). Gente de toda índole sentada sobre el murete que separa la playa de la civilización. Un señor mayor tirando la basura. Y un grupo de señoras que ríen sin parar mientras hacen ejercicio en los aparatos del parquecillo de enfrente. Una de ellas, grita sin parar: ¡Que le corten la cabeza, que le corten la cabeza! En todo momento y casi sin que te des cuenta, el rugido sosegado de las olas, que es una agradable música de fondo. En este lapso no hay conflictos. Al menos, no desde esta perspectiva. No hay que buscar un significado a un momento que, de por sí, ya lo tiene.

Crónicas playeras (II)

Recorro una avenida llena de socavones. Este sitio me trae recuerdos que son como un olor olvidado o una sensación que marcó un momento. Hace una década, más un lustro, podías encontrarme allí. Con mi inseguridad y un cubata entre las manos. El tiempo te pasa por encima, como una ola, y al emerger otra vez ya no eres el mismo. Qué cosas.

         Ahora todos esos bares están cerrados y en el piso superior de estos vive gente. De la puerta de algunos de estos pubs cuelga un cartel descolorido de SE VENDE, que es como la guinda del pastel de la desesperanza porque aquel lugar vuelva a ser lo que fue. El pasado no regresa nunca. Siempre es ahora. Sin embargo, estos lugares, vetados al público por portones y cadenas, se muestran como momentos del ayer congelados en el tiempo. Este sitio, esta avenida, es Pompeya, petrificada por el Vesubio. Tanto es así que hay un tío vivo frente a mí, del que emana un villancico histriónico (un trece de julio) que, por momentos, se ralentiza al ritmo de parpadeantes luces con todos los colores del arco iris. Parece que me haya comido algo psicodélico o en mal estado, pero es real, está sucediendo: es presente.

         Me encuentro ante las tumbas de mis viejos sueños.

Tu cara en un cartel

Nick aún recuerda esa tarde. Fue hace un par de años, así que no hay motivos para haberla olvidado tan pronto. Esa noche recitaba en un café cultural de Murcia, invitado por V.L., el maestro de ceremonias del ciclo poético, buen poeta, periodista y camarada en esto de lo literario.

Caía la tarde, como todo cae arrastrado por la gravedad, y Nick corría por calle Platería, en busca de una copistería abierta. Eran días ajetreados. Estaba a punto de empezar a impartir unos talleres literarios en esa ciudad y se había desplazado allí unas horas antes del bolo para atar unos cuantos cabos sueltos.

Nick recorría las callejuelas con prisa, porque lo normal en él era ir con prisas allá donde iba. A esa velocidad, en la que la visión túnel parece el único modo posible de procesar la realidad, casi no se percató, al pasar junto a la librería, de aquel cartel con su cara. Como uno de esos carteles de los terroristas más buscados que hay en las comisarías, o como uno de esos cuadros de «empleado del mes» que Nick nunca ha visto en ninguna parte.

Y sí. Era él. Disimulando la falta de sueño de la noche anterior tras unas gafas de sol y con el río Darro a su espalda. Sobre su cabeza, un montaje con la portada de su último libro de poemas (unos poemas sucios, inacabados, imperfectos, pueriles, nada elegíacos). El cartel decía así:

«Martes literarios en Café Malacaín

presenta

a

Beat Nick y su libro de poesía

«Lírica de batalla»

Martes 25 de septiembre

21:30 Horas»

Y este detalle no le hubiera sorprendido en absoluto, de no ser por el lugar donde estaba colocado. La puerta de esa librería. Ésa, en concreto.

Nick había trabajado allí años antes. Bastantes años antes. Se trataba, de hecho, de su primer trabajo. Sus primeros compañeros de grilletes. Sus primeras diez horas al día por novecientos euros. Los primeros gritos del jefe hacia su persona cuando algo no estaba bien hecho. Sus primeras comidas, a solas, en la cantina de la universidad, de lunes a sábado. Leyendo. A Kerouac. A Miller. A Bolaño. Muy romántico todo, sí. Pero esa rutina era bastante cansada. Recuerda cómo minaba su ánimo pasar el día fuera de casa.

Nick acababa de terminar sus estudios y no podía, ni quería pensar que la vida acabara ahí. Al cabo de unos meses, renunció a ese trabajo. Eran otros tiempos. Hoy habría apechugado con lo que había. Recuerda que no era un mal trabajo, después de todo. Sólo que, en lugar de recuerdos, Nick guarda, de esa época, un cúmulo de emociones contradictorias. Unos huevos fritos emocionales con demasiada puntilla.

Nick seguía contemplando su cara, lamiéndose el ego y suspirando por los nuevos tiempos. Le dio por pensar si el jefe, o si sus antiguos compañeros, habrían reconocido el rostro o el nombre del tipejo aquél que hacía una lectura de sus poemas en el café literario de renombre, cuando advirtió que alguien lo observaba a través del cristal.

Allí estaba T., un antiguo compañero de fatigas, con algo en la mano, un inventario tal vez. Con su habitual chaleco de franela y camisa a cuadros bajo el chaleco. Con sus gafas columpiadas cerca de la punta de la nariz, su bigote estilo falangista y su alopecia pronunciada. De la imagen que guardaba de él y este momento distaban, al menos, ocho años. Pero T. estaba prácticamente igual. Algo más canoso. La curva de la felicidad un poco más hinchada, quizá. Lo observaba por encima de sus gafas. Nick pensó que, tal vez, lo habría reconocido. Levantó una mano, agachó levemente la cabeza y se sacó una sonrisa nada forzada de la manga.

T. lo siguió mirando, serio, hasta que finalmente se dió la vuelta.

Nick se dijo: bah. Se sentía algo avergonzado, sin saber por qué. Siguió andando. Luego, empezó a correr. Y según corría, iba sintiéndose mejor. Mejor así, -se dijo-, mejor así.

A veces, uno deja ciertas vidas atrás. Nick corría como queriendo alejarse de esas vidas.

Aunque sabía que era imposible.

Las tenía pegadas a las suelas de los zapatos.

Black card

Lunes por la mañana. Salgo a comprar pan para el desayuno y cruzo las callejuelas del barrio de clase obrera al que me he mudado. Aquí el aire huele a sudor avinagrado, a tabaco rancio y a especias morunas. Las fachadas piden a gritos una catarata de pintura. El cemento se alterna con el ladrillo visto. Las persianas lucen una sonrisa descolgada. Por lo demás, es un barrio «vivo». Siempre hay gente en la calle y hablan en alto y en varias lenguas. El barrio te habla, si pones las orejas y escuchas.

A unos metros de la puerta de la panadería, encuentro una cartera abandonada, abierta en una «V» invertida, sobre un portal. Mi reacción es la de un súperhéroe. Me agacho y me la guardo en el bolsillo, mientras miro detrás y delante y me aseguro de que nadie me ha visto cogerla. Acelero el paso y entro en la panadería. Saludo a la dependienta, una madre joven de anchas caderas y sonrisa sincera. «Ponme una de cuarto. Gracias». Salgo y camino con prisa, de vuelta al apartamento. Estoy deseando abrir la cartera y descubrir mi premio. En una ocasión en la que ayudaba a un colega a no perder la verticalidad, mientras él vomitaba los gintonics de esa noche, encontré una cartera con un billete de cincuenta dentro. La realidad provee de mecanismos de compensación a los que solemos mirar más al suelo que al cielo.

Cierro la puerta y saco la cartera. Es una cartera negra, de hombre, que por el tacto parece de cuero. Aunque la piel es tan brillante, que hay más posibilidades de que sea plástico del malo y que el dueño estuviera «pelado». Me detengo, sin llegar a abrirla, y pienso: «¡Eh! ¿Qué fué de tu optimismo?»

Pero la desilusión no se hace esperar: La cartera está vacía. La billetera, el monedero, vacíos. Ni rastro de efectivo. Pienso que alguien se me ha adelantado y la ha desvalijado, antes de abandonarla donde yo la encontré. No hay tarjeta de la seguridad social, ni DNI. Espera. Aquí hay algo: Una tarjeta bancaria de un color negro lustroso. Negro petróleo. Parecido al color de la propia cartera. La sostengo frente a mí con sendos índices y pulgares.

Compruebo el verso y el reverso pero no encuentro más información que los logotipos de SISA y FUCKERCARD, una banda magnética y un número impreso: el 0000013.

Qué raro. No hay titular de la tarjeta. Ni fecha de vencimiento. Me viene a la cabeza el comodín en la baraja. El Joker de Batman con la comisuras de su sonrisa abiertas a cuchillo. Tengo un presentimiento. Arrojo la barra de pan al sofá y salgo de casa. Tengo que comprobar algo.

Llego al cajero que hay cinco calles más abajo. Es horario laboral, así que el banco está lleno de gente. Caras de doble malestar: Por venir a pagar los recibos de loquesea y porque, además, maldita sea, les hacen esperar. Hago cola detrás de un señor mayor con tirantes, que no acierta a convencer a los botones del cajero a que hagan lo que él desea. Sale de allí resoplando y murmurando, a modo de despedida.

Es el momento. Introduzco la tarjeta en la ranura y la máquina la absorbe. Hasta aquí todo normal. La pantalla me saluda, a continuación:

«BIENVENIDO DE NUEVO, MR. 0000013»

Y luego:

«INTRODUZCA SU NÚMERO PIN»

Y sucede esto: Así, sin pensarlo demasiado, tecleo cuatro unos seguidos y la pantalla que me pedía la contraseña desaparece. Porque mis ojos ven ya el siguiente menú de opciones, que si no, no lo creería. Diez mil combinaciones posibles y sigue ganando nuestra escasa confianza en la memoria.

El menú que se muestra a continuación resulta algo inquietante:

«QUÉ DESEA HACER:

⇒Extraer dinero ilimitado.

⇒Adquirir un puesto en la Administración.

⇒Adquirir un puesto de Consejero.

⇒Adquirir buena publicidad en prensa.

⇒Adquirir licores caros.

⇒Adquirir chicas de compañía.

⇒Adquirir drogas.

⇒Adquirir armas.

⇒Abrir cuenta en paraíso fiscal.

⇒Contratar a un sicario».

Una pareja joven, a mi espalda, resopla. «Pero bueno, éste está jugando al Tetris, ¿o qué?», escucho que dicen. Me empiezo a poner nervioso. Le doy a la opción de los licores caros. Quiero ver la carta de vinos. De repente, un tipo canoso y con un apéndice estomacal que pone a prueba su camisa a rayas, sale del interior de uno de los despachos y se dirige hacia mí, me mira a mí, con cara de ¿qué estás haciendo?

Cancelar. Le doy a cancelar. Pero la pantalla no responde. Se ha quedado bloqueada. Estoy formando una buena cola en el cajero y el tipo de la barriga implacable, ya está aquí. Se acerca y me habla entre susurros, como quien intenta evitar un escándalo.

−Deme esa tarjeta, −me dice−. No es suya.

−¿Cómo sabe que no es mía?

−Lo sé −dice, elevando la voz−. Deme la tarjeta, por favor. Esa tarjeta ha sido robada. El dueño ha puesto la denuncia.

La gente de la cola comienza a murmurar: «¿Robada? ¿La ha robado él?».

Y, enseguida, esa misma gente comienza a gritar: «¡Es un ladrón! ¡Le ha robado la cartera a alguien! ¡Tendrá morro el tío! ¡Y aquí, haciéndonos esperar!».

Esta gente está loca. Es la masa enfurecida que perseguía a los Frankenstein, los bisnietos bastardos de los que tomaron la Bastilla. Esta gente está cabreada de verdad. Salgo como puedo del banco, entre empujones y jaleos, mientras el tipo panzudo de camisa rayada consigue sacar la tarjeta del cajero y guardársela en un bolsillo de su chaqueta. Yo llego a verlo. La pareja, la señora mayor, el chico del perro, el jubilado que viene en pantunflas, la camarera del bar de al lado,ninguno de ellos lo ve, porque están centrados en mí, en insultarme, en echarme a la calle.

Me largo, cabizbajo, por donde vine, intentando ignorar los gritos.

«¡Delincuente, delincuente!»

«¡Delincuente!»

Debí haber contratado a un sicario.