Que corra el Air B’n’b

Llegué con intención de echarme a dormir y antes de dar la luz me di cuenta de que no estaba solo en la habitación. Oí su respiración. Y lo oí revolverse en la cama -y digo «lo» porque por la respiración y el peso de un cuerpo sobre un colchón casi que uno puede saber el sexo, el tamaño y quizá la edad de una persona-. No estaba solo, eso estaba claro, así que no encendí la luz. Busqué la cama a tientas, en la oscuridad. Me desnudé como pude y me estiré en el colchón. «Es un hospedaje barato», me dije, consolándome. Pero a mí el respeto me puede. Así que ocupé mi parcela en el colchón, sin regalarme demasiado, e hice por respirar profundo, para dormirme. Ya nos veríamos las caras mañana. Pero eso mañana. No podía evitar oír su respiración, así que hice por acompasar la mía a su ritmo. Si aspirábamos y espirábamos a compás no notaríamos la presencia del otro. Pero la puerta se abrió y entró un haz de luz. La silueta de dos chicas italianas en el umbral. Que son italianas uno lo sabe porque iban diciendo cosas como «alora», «quattro» o «scusa» y porque hablaban con ese volumen característico que nos delatan a los nativos de España, Italia y otros países de sangre caliente. Intentaron no molestar, pero al ver que no lo conseguían, lo que intentaron fue reprimir las carcajadas que salían lubricadas de sus gargantas gracias al alcohol que antes habían vertido por el mismo orificio. «¿Qué quieres? Si es que la habitación era realmente barata», pensé, dándoles la espalda. Noté el peso de sus cuerpos sobre el colchón y dudé si es que alguna de ellas se habría equivocado de cama, pero ellas no parecieron dudar. El otro invitado soltó uno de esos carraspeos molestos, mientras las italianas ahogaban sus risas sobre las almohadas. En fin, en fin… Soy de esas personas que se ponen de mal humor si no los dejan dormir, pero también soy un tío paciente, ya lo sabes, así que seguí respirando profundo y lento. Con el olor a alcoholazo que perfumaba ahora el cuarto, pensé que no tardarían en caer dormidas o muertas. Pero la puerta volvió a abrirse y entró una pareja envuelta en respiraciones entrecortadas. Uno de los dos cerró la puerta de un portazo y cayeron juntos sobre la cama. El primer inquilino soltó un suspiro notable tirando a sobresaliente. Las italianas comentaron algo en voz alta (en su idioma, claro, no lo entendí). Yo resoplé. «Joder, ¡la habitación era realmente barata!». A la pareja no pareció importarle la compañía. Sus respiraciones se aceleraron. Oí ropa despegándose con urgencia de sus cuerpos y cayendo al suelo, y no tardé en notar el previsible movimiento repetitivo e incisivo sobre el colchón. Claro que sí. La temperatura subió, o yo noté el calor procedente de sus cuerpos, y al cabo de un par de minutos de movimientos sísmicos y rechinar de somier, alguien me agarró el brazo. Ni idea de si fue ella o él. O una italiana. O el tipo del principio. Nunca había estado en una orgía, pero aquello tenía pinta de acabar de forma muy colaborativa… Lo de dormir, iba a estar difícil. Pero se abrió la puerta una vez más. Y alguien se asomó y preguntó si sabíamos la clave del WiFi. «¡No hay Wifi!», aulló el huésped originario. «Claro», pensé, «si es que la habitación era muy barata». La puerta se cerró y la pareja siguió a lo suyo, con un ritmo que pasó del andante al allegro; las italianas siguieron charlando como si aún siguieran dentro de un pub con la música alta y yo ya no traté de acompasar mi respiración a la de nadie. Me limité a cubrirme la cabeza con la almohada y a regodearme pensando en el comentario tan creativo que iba a dejar al respecto de aquella habitación tan barata, en aquella página de alojamientos (tan) colaborativos.

Mi puta venganza sería terrible.

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