Eureka

No me creían capaz, pero lo conseguí.

Desde que me recluí en este pueblo perdido del norte, a proseguir con mis experimentos, les anuncié a mis nuevos vecinos, no sin cierto secretismo, que mi presencia aquí les cambiaría la vida.

Sé que me tomaban por una especie de eremita y que especulaban con malicia sobre mi trabajo en el laboratorio. Sé que los padres advertían a sus hijos que no se acercaran a mi casa y que la opinión que tenían sobre mí era la de un perturbado, un loco, que puede que hasta fuera peligroso. Me consta que hacían cábalas sobre de dónde procedía el dinero con el que yo financiaba mis investigaciones y que me permitía pagar el alquiler o bajar a la tienda a comprar víveres, herramientas o productos de limpieza. Sé que se habló mucho de mí: Que por qué elegí aquel lugar para vivir (para algunos yo era prácticamente un convicto fugado o alguien en busca y captura en algún lugar) o cuál el origen de las explosiones que se escuchaban desde el sótano de mi chalet. Vamos, que sé que fui la comidilla del pueblo de un año a esta parte.

Hasta ayer.

Mi último proyecto, un dispositivo capaz de generar las condiciones climatológicas de una noche de verano en pleno invierno oceánico, produjo los resultados esperados. Aún incrédulos, muchos lugareños vinieron a casa a mostrarme su admiración. Nunca habían tenido unas temperaturas tan agradables. Se improvisó una gran verbena, a la que acudí como invitado de honor. Hubo conciertos, barbacoas, hogueras en la playa. Chicos y chicas bañándose en el mar hasta altas horas. Incluso aparecieron unos turistas (nadie sabe de dónde) ataviados con ropa veraniega, demandando mojitos. El problema vino esta mañana, cuando todo volvió a la normalidad y los vecinos deambulaban por la calle, envueltos en sus abrigos, con una evidente resaca post-vacacional. Los que de verdad me preocupan son ese grupo de jóvenes que hay en mi jardín, voceando y lanzando piedras a las ventanas. No dejan de gritar que les devuelva sus amores de verano.

(Colaboración para el número 19 del ‘Manifiesto azul’ del Colectivo Iletrados)

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