Poesía

El coche de los muertos

Existen formas diversas de esquivarnos a nosotros mismos

y a nuestro aburrimiento existencial:

comprar algo que no necesitas es una

apostar a que perderá tu equipo (porque sólo los perdedores pueden ganar realmente), otra

el Myolastán, el cannabis, la euforia del vino

Telecinco

enredarse en relaciones tóxicas o andar desesperado por saltar de un amor a otro.

Lo que sea.

Lo que sea salvo estar a solas contigo mismo.

Esa soledad insondable de mirada hiriente.

En caso de morir, hay que hacerlo en fin de semana porque

morir es un hito. Que te entierren, un trámite.

Ya no hablabas de amor, que diría Loriga.

Sólo un piar confuso, el idioma de los parientes lejanos

por eso la gente apretaba el paso.

Hoy no han doblado campanas ni el coche de los muertos ha aullado tu nombre.

Es como si te fueras de puntillas y sin dar un portazo.

“No existen los muertos malos” me dijo un amigo.

Y tenía razón.

Tenemos tanto que aprender

los vivos.

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