En el camino

En el camino - Escriaturas

Hemos estado de viaje durante largo tiempo. Hollamos cumbres con las que nuestros pies no alcanzaron a soñar. Estas suelas cruzaron fronteras. Surcaron charcos y riachuelos. Surfearon la lluvia. Besaron el sagrado suelo del santuario de Pachacútec. Reposaron a bordo de trenes, autobuses y colectivos. Profanaron con terrones de barro el entablado de cuidadas cafeterías donde se hablaba en voz baja y se jugaba al ajedrez. Vagaron, tragando polvo, junto al arcén de esa vasta arteria, que es la Panamericana. Y sólo liberamos a nuestros pies para que supieran qué es sumergirse en las gélidas aguas del Pacífico. Anduvimos como animales fieles, junto a ellos, en una búsqueda que no parecía tener fin. Hicimos camino, que es lo importante.

¿A qué crees tú que se deben estas arrugas y estos cueros descosidos? No es vejez, es que tuvimos una vida.

*Este relato es una colaboración para la exposición fotográfica «Los pasos perdidos» de Jose Antonio Martínez Morales.

Patagonia

De crío, imaginaba la Patagonia como un lugar utópico, casi inexistente, un lugar legendario situado geográficamente en los confines del mundo, allá donde habitaban bestias marinas increíbles y donde se acababa el mar y uno caía al vacío en caso de no virar la ruta.

La verdad es que, una vez allí, uno comprueba que no hay nada sacado de una novela de fantasía. Si acaso, los paisajes. Para llegar a la población más cercana de la Patagonia argentina hay que pasar antes por la burocracia de la aduana chilena (intensiva, intransigente y lenta), para terminar arribando a un pueblecito de casas de planta baja, fachadas de madera y techos a dos aguas, que circunda el lateral derecho del lago Lácar, y que recibe el nombre de San Martín de los Andes.

San Martín es uno de los dos lugares idílicos a los que me iría a vivir si alguna vez decidiera desaparecer y cambiar de vida. El otro es Edam, en los Países Bajos. A su modo, San Martín es casi el fin del mundo. La humanidad podría entrar en guerra, que este pequeño punto en el mapa nunca sería bombardeado. En San Martín no parece haber industria. Si se practica la agricultura o la ganadería, lo desconozco, puede que sí. Pero principalmente, éste es un pueblo que vive del turismo. Un turismo tranquilo y sosegado, de gota a gota, no de grupos de turistas robando una instantánea de cada rincón.

En San Martín da la impresión de que la Paz Mundial se haya instaurado. El tiempo se dilata paseando por sus calles, repletas de chocolaterías, alfajorerías, cafeterías y restaurantes donde el plato estrella son los ñoquis o la carne de vacuno. Es un lugar pensado para los sentidos, sobre todo para el del gusto.

Me olvidé. Allí me olvidé de todo. Tal vez no sería tan feliz, en caso de volver, como advertía aquella canción del Sabina. Pero los tres días que duró mi estancia allí, lo fui. Y todo debido a una cuestión administrativa: Cruzar la frontera para renovar el visado. Tal vez no me dejaran volver a entrar en Chile sin un buen motivo, pero en aquel momento aquello no podía importarme menos.

Mi querida partenaire de aquel entonces y yo alquilamos un coche y llenamos el depósito de nafta. Allí la gasolina es barata. Y nos lanzamos a recorrer aquel trayecto que los lugareños llaman “los siete lagos”. Necesitaría muchas líneas para describir aquello. Nunca había tenido la sensación tan pronunciada de estar viviendo en un sueño. Más allá del primer lago, la civilización se extingue. Eres tragado por el bosque. El único camino accesible es un pedregal. La bruma lo envuelve todo. Parece que uno pueda escuchar a la Naturaleza hablándote, desde ese lugar. Durante ese lapso, estuve fuera del mundo.

Pero, aunque aquella pequeña Utopía pueda deslumbrar al viajero con sus luces, esto no implica que en ese lugar no haya sombras. Tras algunos tenderos de gesto amable se esconden cambistas de dólar blue, o lo que es lo mismo, cambio ilegal de divisas. El peso argentino es una moneda inestable desde los tiempos del corralito y los oriundos pagan los dólares americanos a un precio bastante más ventajoso que los bancos y las casas de cambio. Uno no sabe cómo sentirse con estas triquiñuelas de la economía local, pero luego recuerdas que provienes de un país en el que el pago en negro es la norma… No me quejo, es sólo que estas cosas arañan tu burbuja. Aun en el fin del mundo, el papel moneda es codiciado como en cualquier otro lugar.

Cuando cae la tarde en San Martín, se presiente la inseguridad en sus calles. Y no debido a que por allí deambulen personas de mala vida y malas trazas, sino por la constante presencia de los cuerpos policiales, que patrullan a ralentí, pasando por tu lado, sin quitarte el ojo de encima, pareciendo que busquen un motivo para darte el alto… como en cualquier otro lugar.

Cayó la tarde, como digo, y nos refugiamos en una cafetería de estética moderna, pero acogedora, con una gran estufa en el centro caldeando la estancia. El café de aquel sitio me supo como nunca, debido (seguro) a que aún seguía embriagado por el entorno. En la barra había un periódico y lo tomé para echar un vistazo al mundo. En la portada se anunciaba la muerte de aquel dictador: Videla. También en los confines de la Tierra tenían importancia sucesos como ése. La muerte de una persona cruel era noticia… como en cualquier otro lugar. Y sucedía en el momento histórico (para mí) en que mis pies hollaban la Patagonia. Era un dieciocho de mayo, día de mi onomástica. Algo a recordar para alguien que no cree en las casualidades.

La niebla (remake casero sin permiso de Stephen King)

Fotografía por Lana RZ

Fotografía por Lana RZ (21/12/2015)

 

Amanece el día después de las elecciones. Una espesa bruma desciende de las montañas. Aunque hay luz, no hay rastro del sol y el cielo, -si es que es el cielo lo que alcanzamos a ver-, está gris; gris niebla.

Aparentemente, nada ha cambiado en la calle. Nunca parece que cambie nada en la calle. Ni tras las elecciones, ni tras el 15M, ni tras el 11S… Tal vez en otras ciudades, en otras calles, pero no en éstas. Por aquí pasa el cartero en su Vespa, como de costumbre. Y el anciano del perro. Y la señora mayor con su hijo retrasado que ya le saca tres cabezas. Aquí todo es normal, vaya.

Abro la nevera con el codo. Debería haber ido al trabajo, pero no he pegado ojo en toda la noche por un dolor en la muñeca. Examino las tripas de la máquina enfriadora y determino: Tengo que ir al súper. Malditas las ganas que tengo. Hace frío en la calle y los anti inflamatorios aún no han hecho su papel. Pero quiero comer, así que me amortajo en el abrigo y salgo. Por el camino sorbo, toso, escupo un amago de resfriado.

Cruzo las puertas del Aldi más cercano. La gente, cabizbaja. Mirando marcas, mirando precios, mirando códigos de barras. Lo normal. Nadie parece recordar que ayer se celebraron elecciones. Nadie parece recordar nada, en realidad. Enfilo al pasillo de los lácteos, cuando aquel tipo entra en la superficie y empieza a gritar:

-¡La niebla! ¡Cerrad las puertas! ¡Hay cosas en la niebla! ¡Tenemos que cerrar esto, por favor!

La gente lo mira durante un instante. Luego vuelven a las marcas, a los precios y a los códigos de barras. Como si nada acabara de pasar. Si acaso les sabe la boca un poco a vergüenza ajena. Yo me quedo mirándole un poco más. Está claro que es un perturbado. ¿Qué debería hacer uno en estos casos? ¿Seguir comprando o echar a correr?

El tipo desiste y empieza a usar carritos de la compra y un stand publicitario para montar una barricada. Uno de los empleados se acerca a él con intención de detenerlo. Hay un tufo extraño en el ambiente. Me doy cuenta de algo, y no soy el único, ya que otro cliente, antes cabizbajo, expresa en voz alta lo que yo estoy pensando:

-¡Eh, mirad por los cristales!

La nada. El exterior ha desaparecido. Estamos en el ombligo de un banco de densa niebla. Da miedo mirar ahí fuera. Parece que no estuviéramos en ninguna parte. Todos atendemos al lado acristalado del súper, como a la espera de que ocurra algo. El perturbado de antes recupera la confianza ante el estupefacto general. Vuelve a gritar:

-¡Tenéis que ayudarme antes de que sea tarde! ¡Tú! (le dice al cajero que había salido a detenerlo) ¿Cómo se cierra esto? ¿Hay una llave? ¿La tienes?

Como si el pánico fuera algo contagioso, una señora de pelo blanco y gafas doradas comienza a vociferar desesperada, mientras nos señala mirándonos a los ojos:

-¡Lo sabía! ¡Esto es culpa de todos vosotros, rojos, votantes de partidos extremistas que queréis romper España! ¿Pensábais que podíais desafiar al bipartidismo? ¡Él no quiere una España de okupas fornicadores fumadores de hierba! ¡La niebla es una señal! ¡Populistas, proetarras, arrepentíos antes de que esto vaya a peor!

La señora se arrodilla junto a los ultracongelados y comienza a rumiar una oración balanceándose hacia delante y hacia atrás.

La mayoría de la gente se mira ahora entre sí y se preguntan: ¿De qué carajo habla esta tía? Creo que más de uno se pregunta si pasar de aquellos dos y seguir comprando. Pero justo en ese instante, un tentáculo (sí, un tentáculo, como los de los pulpos gigantes que se ven en las películas, así pero más oscuro, negro como una lombriz, o tal vez embadurnado de algo, en fin, algo asqueroso) se abre paso por las puertas automáticas del local y se enrosca sobre el abdomen del tarado en cuestión. El tentáculo lo arranca del suelo y lo eleva unos dos metros en horizontal, antes de retraerse y hacerlo desaparecer entre la niebla.

Nuestras expresiones son las de un corderito en el matadero. Estamos en estado de shock. Uno de los primeros en reaccionar es el cajero del súper que, ahora sí, saca un manojo de llaves de su bolsillo y selecciona una pequeñita, que cierra las puertas automáticas para evitar que entre algún otro tentáculo. Da unos pasos atrás. Nos mira. De pronto, una campanada sobre el cristal devuelve nuestra atención al exterior. Hay un ser grotesco adherido al cristal. Un ser pesadillesco y lleno de pelos, con decenas de tentáculos negros saliendo de su cuerpo, con mandíbulas móviles que dan dentelladas al aire, con un rostro partido en dos: el de Mariano Rajoy y el de Pedro Sánchez. El ser emite o ruge un sonido nauseabundo que parece decir:

-Somosh la lishta másh votad… No apoyaremos la investidura del señor Ra… Hemosh ganado… España huele a camb… Eshte paísh esh ingobernable sin nosotrosh…

Doy un paso atrás y tiro sin querer mi carrito de la compra. Qué horror. La señora tenía razón. Hemos azuzado a la bestia del bipartidismo…

…Y ahora viene a por nosotros.

Lo que este país se merece

Laura entra al servicio de chicas después de un buen rato haciendo cola, cierra con pestillo y comprueba el estado del rímel y de la sombra de ojos en el espejo. También examina lo enrojecidos que están y la dilatación de sus pupilas. Sin mucho pensarlo, se abre la cremallera del chándal Adidas y se saca un gramo de coca de entre las tetas. Desanuda el alambre y abre la bolsita. La deja abierta sobre el lavabo. Saca el monedero de su bolso. Extrae una tarjeta de crédito del Banco Santander y escarba con ella en la montañita blanca. Aparta una porción y la esparce sobre el dispensador de papel higiénico. La aplasta. La machaca y la estira hasta darle forma de variz. Saca un billete de veinte, lo enrolla y se inclina para inhalarla. Alguien golpea la puerta. Ella sigue aspirando hasta que no queda rastro de sustancia alguna. Se yergue, pinzándose la nariz y aspirando los posibles restos, cuando se percata de que no está sola.

Su reflejo ha desaparecido del espejo. Quien ahora ocupa ese espacio es una chica rubia de veintitantos, con un soberbio bronceado de rayos UVA, los labios pintados de un carmín rosáceo, perlas en las orejas. Va vestida únicamente con un albornoz. Laura se asusta por un instante. Retrocede unos pasos, hasta chocar con la máquina de condones y lubricantes. Pregunta: «¿Esto es una especie de broma?». La chica del espejo la mira en silencio. Tiene cierto aire lúgubre, como de muerta revivida.

―¿Qui… quién eres tú? ―se atreve a decir al fin Laura.
―No… ¿Quién eres tú? ―dice la chica del espejo, visiblemente enfadada― ¿Y qué estabas haciendo hace un momento?
―¡Oye! ¿A ti qué te importa? No sé qué broma es ésta, pero…
―¿Pero qué? Eres tú la que está dentro de mi cuarto de baño. Mi novio va a llegar enseguida. Pensábamos darnos un baño en el jacuzzi, pero no pienso hacerlo delante de una reguetonera drogadicta como tú.
―Espera un momento… ―dice Laura meditabunda―. Yo a tí te conozco… He oído hablar de ti. ¿Tú no eres…?
―Sí, soy yo. Y también sé quién eres. Imposible no reconocerte, con esas cejas tan ordinarias… Cada día te pareces más a tu padre, ese inútil que casi hunde España.
―Ni se te ocurra mentar a mi padre. No tengo nada que ver con él.
―Hablaba de tus cejas…
―Y deja mis putas cejas tranquilas.
―¿Lo ves? Eres una ordinaria . Ahí, sola en un garito de mala muerte, metiéndote el dinero de tu papaíto por la fosa nasal.
―Esto no es un garito de mala muerte ―dice Laura, orgullosa―. Es el Fabrik, inculta.

Vuelven a escucharse golpes en la puerta. Desde el exterior resuenan los graves de un tema dubstep. Laura vuelve a echar un vistazo a su alrededor. Esto debe pertenecer a algún show de cámara oculta. Algo de muy mal gusto, por cierto. Menudo marrón cuando su padre se entere. De esto no puede salir ni un buen titular: «Hija de expresidente pillada drogándose en un programa de televisión». Como aquella vez con Ricky Martin, el perro y la mermelada. Sólo que esta vez es real. Esa pija del espejo, para inri, no deja de parlotear:

―…Claro, esto es lo que este país se merece. Jóvenes sin objetivos, ni futuro… Mucha acampadita, muchas manos en el aire, mucho pedir casas gratis y becas, y al final todos sois iguales: Buscando evadiros en las drogas y en vivir sin pensar en el mañana.
―¿Te quieres callar, niña diez? Estoy intentando pensar en lo que está pasando.
―¿Cómo vas a pensar con toda esa mierda que te cuece el cerebro? ¿Y os hacéis llamar progres? Esta nación no tiene remedio y es por culpa de comunistas asesinos de niños como tú.
―¡Que te calles, cachorra pepera! ―dice Laura, enseñándole el dedo corazón―. Vete a misa a confesarle al cura lo que le haces a tu novio en el jacuzzi.
―Lo que yo le haga a mi novio queda entre él, Dios y yo.
―Os van los tríos, ¿eh, guarrilla?

La chica al otro lado del espejo amaga una mueca de asco y empieza a gritar de desesperación, dando vueltas por el cuarto de baño al tiempo que propina patadas al suelo y grita:

―¡Que te vayas! ¡Que te vayas ya! ¡Vete, cejuda, hippie, drogata!
―¡Lárgate tú, facha de mierda, pija asquerosa!

Vuelven a llamar a la puerta, aún más fuerte e insistentemente. Laura se vuelve y grita:

―¿¡Qué coño quieres, Froilán!? ¡Estoy meando!
―Que digo que dejes algo para los demás… ―dice una voz de adolescente con gallos, al otro lado de la puerta.

Al volverse sobre el lavabo, sólo ve su propio reflejo alterado en el espejo. Tiene las pupilas bastante dilatadas. Está desorientada. El pulso le aprieta en la garganta. Casi le ahoga. Procura respirar hondamente para calmar sus pulsaciones, para relajarse. Vuelve a tomar consciencia de dónde está, de a qué ha venido. No está segura de si aquello ha sido una alucinación o una broma de mal gusto. Guarda la bolsita de coca entre sus tetas, se sube la cremallera del chándal, toma su bolso y sale del lavabo todo lo deprisa que los reflejos le permiten.

La épica de un outlet

            —¿Tenéis alguna con la cara de Malcolm X o del Ché?

           —¿El Ché? Ésas ya no se venden. Eso está más pasado de moda que mi abuela.

            —¿Y con la imagen de Gandhi tenéis alguna?

        —¿Gandhi? Pff. No. Lo más fácil es que te decidas entre la de Sheldon Cooper sacando la lengua a lo Einstein y la de Metanfetamina 100% Heisenberg. Ya no se lleva mucho lo de poner caras en las camisetas. Eso es muy de los noventa, ¿no?

      —Es que estoy buscando algo para mi sobrino, que es muy revolucionario, ¿sabes? Tiene el Facebook lleno de cosas sobre la república y el 15M y no para de enviarme invitaciones para que firme contra la pesca de ballenas.

            —Uy, sí, las ballenas. Pobrecitas. ¿Qué tal ésta?

            —¿Esa quién es?

            —Khaleesi.

            —¿Y esa quién es?

            —Una revolucionaria, como tu sobrino. Llévasela, seguro que él la conoce.

            —Pues te haré caso. Se nota que entiendes de esto… Ahora que te miro, tienes la misma cara de inconformista que mi sobrino.

            —¿Inconformista? Sí…

            —¿Has dicho algo?

            —No, que si se la envuelvo.

            —Sí, por favor. Oye, ¿te puedo preguntar una cosa?

            —Usted dirá.

           —¿Hace falta estudiar algo para trabajar aquí? Es que el sobrino del que te hablo está en paro, el pobre… Lleva seis meses sin saber qué hacer.

            —No hay que estudiar nada.

            —¿Tú no has estudiado nada?

            —Yo estudié periodismo en la universidad. Y aquí me tiene. Son doce cincuenta.

            —Sí… a ver… creo que llevo medio euro suelto.

            —Aquí tiene. Gracias.

         —Sí… ¿Entonces… podría dejarte su curriculum, a ver si se puede hacer algo?

            —Déjemelo.

            —Muchas gracias.

            —De nada, adiós.

La vendedora echa un vistazo al revolucionario de la foto de carnet. Tiene la misma cara de idiota que los diez anteriores. La misma cara que tenía ella en su currículum. Sonido de papel arrugándose y un clonc que indica que algo ha caído en el interior de la papelera vacía que hay tras el mostrador. La vendedora sigue doblando camisetas con el rostro de Daenerys Targaryen, mientras piensa en el vacío que siente en el estómago, el cual acaba por achacar al hambre. Menos mal que se acerca la hora del almuerzo.

El novísimo testamento

Beat Nick decidió que escribiría una nueva Biblia. Un libro legendario, lleno de lecciones morales en cada capítulo, o en cada versículo. Un libro barnizado en sangre y violencia (que es como la sangre, pero de un tono más caoba). Un libro místico con el que los espirituales resolverían al fin  sus dudas sobre la existencia. Un libro del que habría más ejemplares pirata (mal fotocopiados y unidos por un lomo de anillas) que de ejemplares auténticos. Lo escribiría, lo escribiría. Sería ese libro que permitiría reconducir a las masas. Hacer ver a todo el que lo leyera que el capitalismo es anti ético per se. Que haría soñar a los lectores con monstruos marinos y magia alquímica. Un libro que arrojaría nuestro pensamiento a los abismos de la imaginación, al tiempo de las cavernas. Un libro que explicaría la ciencia. Un libro que lo explicaría Todo. Escrito con un impecable estilo narrativo. Y además, sería un best-seller. No, sería El Best-Seller.

Se puso a ello. Lo escribió letra por letra. Palabra por palabra. Capítulo por capítulo. 960 páginas. Lo leyó desde el principio, con intención de corregirlo. Le pareció un libro de autoayuda.

Ganapanes

José Rafael de Parda es un joven escritor. O eso se dice a sí mismo: Joven escritor. Lo cierto es que el joven José Rafael sabe usar las palabras. Con dieciseis años envía un relato a un concurso y gana un acésit. A partir de ahí, le ocurre lo que a todo aspirante: se convence a sí mismo de que es un escritor y de que el mundo lo necesita.

Por aquel entonces, escribe relatos que llegan a su cabeza como tempestades, sacudiéndolo. Se le acumulan los relatos en las libretas, en la Olivetti, más tarde en el Pentium. Manda relatos a concursos, a fanzines, hasta a revistas literarias de lengua inglesa, con la esperanza de ser traducido algún día, de ser descubierto fuera de su patria chica y de su España natal. Nada le gustaría más.

A José Rafael le gusta el pulp, pero también le gusta el pulpo a la gallega empapado en aceite y pimentón. Su voracidad literaria sólo es equiparable a su voracidad gastronómica. Pasa los días alternando los estudios de Derecho con sus aspiraciones escritoras y, entre tantas horas tras el escritorio, caen cientos de cafés rebosantes de azúcar, en maritaje con otros tantos dulces glaseados. Que no se diga que no nos pegamos UNA vida PADRE GRANDE y LIBRE.

En un alarde de genialidad, José Rafael decide dedicar una obra a las vaginas. Despues de todo, tras un buen libro y un buen palo catalán relleno de chocolate, lo que más le gusta en el mundo es una buena vagina. Escribe una prosa poética sobre vaginas que conoce, sobre vaginas que le gustaría conocer y sobre vaginas que él se imagina en sus mejores fantasias. El libro echa a rodar de una manera un tanto underground y llega a convertirse en una pequeña obra de culto. ¡Por fin ha descubierto lo que la gran masa lectora inculta y él tienen en común!

Una vez cree que ha encontrado su sitio en el lugar que le corresponde dentro de la Historia de la Literatura, decide que la mejor forma de mantenerse en la cumbre será la de espantar a todos esos lectores pusilánimes a base de barroquismos. José Rafael es un contracorriente. Un fuera de la ley. Comienza a usar palabras complejas que nadie comprende y decide elevar el aburrimiento a la categoría de arte. Es así como llega a recibir el Planeta. Tras alzarse con el codiciado galardón, consigue hacerse un hueco en todas esas estanterías decorativas en las que se va acumulando el polvo sobre esos libros que casi nadie ha terminado de leer.

Va pasando el tiempo. Gana algunos kilos. En pesetas y en masa corporal. Sigue alimentándose sin mesura a base de clásicos. No parece que el siglo XX tenga nada demasiado interesante que ofrecerle, aunque se permite el lujo de plagiar párrafos enteros de autores coetáneos sin pestañear. Cuando es preguntado por ello, habla del hip hop, de la técnica del sampleo y el scratching. Dice que los demás no entienden. Que nadie lo entiende. ¡Qué lejos quedaron esos años en que escribía sobre temas tan mundanos y tan accesibles para la masa inculta, como son las vaginas!

Una noche, abatido, solo, está descansando la vista frente a la televisión. Ya no sabe qué hacer para volver a ganarse a ese público que antaño lo cegaba con sus flashes. Ya sólo acude a tertulias políticas, a repantigarse en las butacas de los platós televisivos y a atacar sin piedad el cáterin, mientras da clases de moral y ética desde esa tendencia política que él denomina «premodernismo».

Como decimos, está viendo la televisión, no, de hecho está haciendo zapping, agotado mentalmente por tamaños esfuerzos intelectuales, cuando ve aparecer la cara de ella. Han pasado muchos años, pero aún la reconocería en mitad del tráfico de Buenos Aires. Ahora está ahí, en la caja tonta, en un reality. Se regodea pensando que él no es el único ganador del Planeta por el que pasan los años. Luego, se pregunta: ¿Es Karmele la que está a su lado? Se distrae mirándole el escote. Se convence a sí mismo de que el escote de ella es una estrategia perversa de Telecinco para elevar el share. De repente, se yergue: Acaba de parir una idea: Tetas. Una novela… no, una colección de prosas poéticas… sobre tetas.

Pero enseguida se da cuenta de que eso ya lo hizo Gómez de la Serna y le vuelve a bajar la tensión.

Free bird

Cuando trabajaba en la fábrica de bizcochos, Juan Cafeína tenía dos problemas: La Dominatrix y la Santa. Ésos eran los nombres en clave con los que Claudio y él habían apodado a aquellas dos compañeras de trabajo. Lo hicieron así para que nadie supiera de quiénes estaban hablando. Aunque era una fábrica pequeña y no resultaba difícil de imaginar.

De camino al trabajo, en ese trance de quince minutos en coche, mientras aquellos dos se arrancaban las legañas aún cuando el sol permanecía agazapado tras el horizonte, solían nombrarlas al punto de que debía escocerles el oído:

-¿Con qué humor se habrá levantado hoy Dominatrix?

-No lo sé. Espero que mejor que ayer.

o

-La Santa ayer me dijo que me sentaba bien el delantal. Que ella es ver a un hombre con mandil y ponérsele el cuerpo de carnaval…

-¿Sí? Pues ya sabes que te odia.

Como ésa solían ser las conversaciones entre Claudio y él. Procurando salpicarse la menor penosidad posible el uno al otro, ante un trabajo no tan bien pagado como requerirían las compañías. El resto de la jornada, apenas hablaban entre sí. Se limitaban a hacer su trabajo y a callar. Si algún día les daba quebrar el silencio y bromear en voz alta o por decir alguna estupidez que rompiera con las tensiones propias del trabajo, la Dominatrix les clavaba la mirada y les chistaba y la Santa fingía una sonrisa, para acabar yendo a contarles los detalles al jefe. La Santa era una especie de altavoz inverso. No había comentario efectuado entre aquellas cuatro paredes que ella no memorizara y corriera a compartirlo después con el dueño de la fábrica.

-Me pregunto si Dominatrix se aprenderá mi nombre algún día.

Claudio lanzó una carcajada al frente y dijo:

-Es cierto. Nunca te llama por tu nombre.

-Me ha llamado Iván, Blas, Antonio, Iñaki… Coño, no creo que Juan sea tan difícil de aprender.

-Conmigo se pasó meses llamándome Mario. Ahora me llama Claus, porque dice que es más corto y le recuerda a la navidad. Todo por joder, ya sabes.

-Ayer se pasó las ocho horas llamándome «tú». Me decía «tú, trae aquí esas bandejas» «tú, ¿dónde has metido los sacos de harina?» o «¡más rápido, tú, que se te van a caer esos bizcochos de la cinta!».

-Jajaja, sí. Es propio de ella.

-Un día la voy a mandar a que se vaya a comprarme un nombre al carajo.

-Hazlo. Verás lo que tarda la Santa en ir con el cuento al jefe.

Juan gruñó y se sacó el tabaco de liar de la mochila. No eran ni las seis de la mañana y el cuerpo ya le pedía un cigarro. Sólo de pensar en las siguientes ocho horas. Sólo de pensar.

-¿Por qué no le dedicas un poema de los tuyos a Dominatrix? Tal vez así se calme.

Juan Cafeína dio un par de bocanadas y miró a su compañero:

-Sería un poema muy feo ése. Lleno de esdrújulas y palabras con erre. Seguro.

-¿Sabes qué me gustaría? -dijo Claudio-. Me gustaría coger a la Santa y a Dominatrix y ponerles una cámara de ésas que se llevan ahora en la cabeza para hacer deporte. Pero les pondría la cámara apuntando a sus caras. Para que, cuando llegaran a su casa, pudieran ver por ellas mismas las muecas que ponen y cómo les rebosa la mala leche por los poros.

-Eso sería muy terapeútico. Creo que todos deberíamos tener una cámara de ésas y vernos la cara que llevamos puesta a lo largo del día.

-El día que la patente, me forro.

-Fijo.

Juan bajó la ventanilla para arrojar aquella colilla apagada de entre sus dedos. Hacía calor, pese a ser noviembre y de madrugada. Recordó que hace unos años hizo el amor, en el coche, con una desconocida, muy cerca de aquel polígono que ahora visitaba a diario, a esas horas en que las personas razonables seguían durmiendo. Se refugió en esa especie de nostalgia erótica por unos segundos y luego la dejo escapar. Solía hacerlo a menudo, a modo de estribillo, para afrontar el sueño, la falta de ganas y la nocturnidad. Pese al mínimo volumen de la radio, Juan identificó el «Free bird» de Lynyrd Skynyrd. Le pidió a Claudio que lo subiese, que lo subiese bien alto. Se recostó en el asiento y se le destensaron un poco los músculos. No hacía falta añadir nada más. Estaban a punto de llegar a la fábrica. Ahora tocaba lidiar con la realidad. Con la Santa. Con la Dominatrix.

Tu cara en un cartel

Nick aún recuerda esa tarde. Fue hace un par de años, así que no hay motivos para haberla olvidado tan pronto. Esa noche recitaba en un café cultural de Murcia, invitado por V.L., el maestro de ceremonias del ciclo poético, buen poeta, periodista y camarada en esto de lo literario.

Caía la tarde, como todo cae arrastrado por la gravedad, y Nick corría por calle Platería, en busca de una copistería abierta. Eran días ajetreados. Estaba a punto de empezar a impartir unos talleres literarios en esa ciudad y se había desplazado allí unas horas antes del bolo para atar unos cuantos cabos sueltos.

Nick recorría las callejuelas con prisa, porque lo normal en él era ir con prisas allá donde iba. A esa velocidad, en la que la visión túnel parece el único modo posible de procesar la realidad, casi no se percató, al pasar junto a la librería, de aquel cartel con su cara. Como uno de esos carteles de los terroristas más buscados que hay en las comisarías, o como uno de esos cuadros de «empleado del mes» que Nick nunca ha visto en ninguna parte.

Y sí. Era él. Disimulando la falta de sueño de la noche anterior tras unas gafas de sol y con el río Darro a su espalda. Sobre su cabeza, un montaje con la portada de su último libro de poemas (unos poemas sucios, inacabados, imperfectos, pueriles, nada elegíacos). El cartel decía así:

«Martes literarios en Café Malacaín

presenta

a

Beat Nick y su libro de poesía

«Lírica de batalla»

Martes 25 de septiembre

21:30 Horas»

Y este detalle no le hubiera sorprendido en absoluto, de no ser por el lugar donde estaba colocado. La puerta de esa librería. Ésa, en concreto.

Nick había trabajado allí años antes. Bastantes años antes. Se trataba, de hecho, de su primer trabajo. Sus primeros compañeros de grilletes. Sus primeras diez horas al día por novecientos euros. Los primeros gritos del jefe hacia su persona cuando algo no estaba bien hecho. Sus primeras comidas, a solas, en la cantina de la universidad, de lunes a sábado. Leyendo. A Kerouac. A Miller. A Bolaño. Muy romántico todo, sí. Pero esa rutina era bastante cansada. Recuerda cómo minaba su ánimo pasar el día fuera de casa.

Nick acababa de terminar sus estudios y no podía, ni quería pensar que la vida acabara ahí. Al cabo de unos meses, renunció a ese trabajo. Eran otros tiempos. Hoy habría apechugado con lo que había. Recuerda que no era un mal trabajo, después de todo. Sólo que, en lugar de recuerdos, Nick guarda, de esa época, un cúmulo de emociones contradictorias. Unos huevos fritos emocionales con demasiada puntilla.

Nick seguía contemplando su cara, lamiéndose el ego y suspirando por los nuevos tiempos. Le dio por pensar si el jefe, o si sus antiguos compañeros, habrían reconocido el rostro o el nombre del tipejo aquél que hacía una lectura de sus poemas en el café literario de renombre, cuando advirtió que alguien lo observaba a través del cristal.

Allí estaba T., un antiguo compañero de fatigas, con algo en la mano, un inventario tal vez. Con su habitual chaleco de franela y camisa a cuadros bajo el chaleco. Con sus gafas columpiadas cerca de la punta de la nariz, su bigote estilo falangista y su alopecia pronunciada. De la imagen que guardaba de él y este momento distaban, al menos, ocho años. Pero T. estaba prácticamente igual. Algo más canoso. La curva de la felicidad un poco más hinchada, quizá. Lo observaba por encima de sus gafas. Nick pensó que, tal vez, lo habría reconocido. Levantó una mano, agachó levemente la cabeza y se sacó una sonrisa nada forzada de la manga.

T. lo siguió mirando, serio, hasta que finalmente se dió la vuelta.

Nick se dijo: bah. Se sentía algo avergonzado, sin saber por qué. Siguió andando. Luego, empezó a correr. Y según corría, iba sintiéndose mejor. Mejor así, -se dijo-, mejor así.

A veces, uno deja ciertas vidas atrás. Nick corría como queriendo alejarse de esas vidas.

Aunque sabía que era imposible.

Las tenía pegadas a las suelas de los zapatos.

Black card

Lunes por la mañana. Salgo a comprar pan para el desayuno y cruzo las callejuelas del barrio de clase obrera al que me he mudado. Aquí el aire huele a sudor avinagrado, a tabaco rancio y a especias morunas. Las fachadas piden a gritos una catarata de pintura. El cemento se alterna con el ladrillo visto. Las persianas lucen una sonrisa descolgada. Por lo demás, es un barrio «vivo». Siempre hay gente en la calle y hablan en alto y en varias lenguas. El barrio te habla, si pones las orejas y escuchas.

A unos metros de la puerta de la panadería, encuentro una cartera abandonada, abierta en una «V» invertida, sobre un portal. Mi reacción es la de un súperhéroe. Me agacho y me la guardo en el bolsillo, mientras miro detrás y delante y me aseguro de que nadie me ha visto cogerla. Acelero el paso y entro en la panadería. Saludo a la dependienta, una madre joven de anchas caderas y sonrisa sincera. «Ponme una de cuarto. Gracias». Salgo y camino con prisa, de vuelta al apartamento. Estoy deseando abrir la cartera y descubrir mi premio. En una ocasión en la que ayudaba a un colega a no perder la verticalidad, mientras él vomitaba los gintonics de esa noche, encontré una cartera con un billete de cincuenta dentro. La realidad provee de mecanismos de compensación a los que solemos mirar más al suelo que al cielo.

Cierro la puerta y saco la cartera. Es una cartera negra, de hombre, que por el tacto parece de cuero. Aunque la piel es tan brillante, que hay más posibilidades de que sea plástico del malo y que el dueño estuviera «pelado». Me detengo, sin llegar a abrirla, y pienso: «¡Eh! ¿Qué fué de tu optimismo?»

Pero la desilusión no se hace esperar: La cartera está vacía. La billetera, el monedero, vacíos. Ni rastro de efectivo. Pienso que alguien se me ha adelantado y la ha desvalijado, antes de abandonarla donde yo la encontré. No hay tarjeta de la seguridad social, ni DNI. Espera. Aquí hay algo: Una tarjeta bancaria de un color negro lustroso. Negro petróleo. Parecido al color de la propia cartera. La sostengo frente a mí con sendos índices y pulgares.

Compruebo el verso y el reverso pero no encuentro más información que los logotipos de SISA y FUCKERCARD, una banda magnética y un número impreso: el 0000013.

Qué raro. No hay titular de la tarjeta. Ni fecha de vencimiento. Me viene a la cabeza el comodín en la baraja. El Joker de Batman con la comisuras de su sonrisa abiertas a cuchillo. Tengo un presentimiento. Arrojo la barra de pan al sofá y salgo de casa. Tengo que comprobar algo.

Llego al cajero que hay cinco calles más abajo. Es horario laboral, así que el banco está lleno de gente. Caras de doble malestar: Por venir a pagar los recibos de loquesea y porque, además, maldita sea, les hacen esperar. Hago cola detrás de un señor mayor con tirantes, que no acierta a convencer a los botones del cajero a que hagan lo que él desea. Sale de allí resoplando y murmurando, a modo de despedida.

Es el momento. Introduzco la tarjeta en la ranura y la máquina la absorbe. Hasta aquí todo normal. La pantalla me saluda, a continuación:

«BIENVENIDO DE NUEVO, MR. 0000013»

Y luego:

«INTRODUZCA SU NÚMERO PIN»

Y sucede esto: Así, sin pensarlo demasiado, tecleo cuatro unos seguidos y la pantalla que me pedía la contraseña desaparece. Porque mis ojos ven ya el siguiente menú de opciones, que si no, no lo creería. Diez mil combinaciones posibles y sigue ganando nuestra escasa confianza en la memoria.

El menú que se muestra a continuación resulta algo inquietante:

«QUÉ DESEA HACER:

⇒Extraer dinero ilimitado.

⇒Adquirir un puesto en la Administración.

⇒Adquirir un puesto de Consejero.

⇒Adquirir buena publicidad en prensa.

⇒Adquirir licores caros.

⇒Adquirir chicas de compañía.

⇒Adquirir drogas.

⇒Adquirir armas.

⇒Abrir cuenta en paraíso fiscal.

⇒Contratar a un sicario».

Una pareja joven, a mi espalda, resopla. «Pero bueno, éste está jugando al Tetris, ¿o qué?», escucho que dicen. Me empiezo a poner nervioso. Le doy a la opción de los licores caros. Quiero ver la carta de vinos. De repente, un tipo canoso y con un apéndice estomacal que pone a prueba su camisa a rayas, sale del interior de uno de los despachos y se dirige hacia mí, me mira a mí, con cara de ¿qué estás haciendo?

Cancelar. Le doy a cancelar. Pero la pantalla no responde. Se ha quedado bloqueada. Estoy formando una buena cola en el cajero y el tipo de la barriga implacable, ya está aquí. Se acerca y me habla entre susurros, como quien intenta evitar un escándalo.

−Deme esa tarjeta, −me dice−. No es suya.

−¿Cómo sabe que no es mía?

−Lo sé −dice, elevando la voz−. Deme la tarjeta, por favor. Esa tarjeta ha sido robada. El dueño ha puesto la denuncia.

La gente de la cola comienza a murmurar: «¿Robada? ¿La ha robado él?».

Y, enseguida, esa misma gente comienza a gritar: «¡Es un ladrón! ¡Le ha robado la cartera a alguien! ¡Tendrá morro el tío! ¡Y aquí, haciéndonos esperar!».

Esta gente está loca. Es la masa enfurecida que perseguía a los Frankenstein, los bisnietos bastardos de los que tomaron la Bastilla. Esta gente está cabreada de verdad. Salgo como puedo del banco, entre empujones y jaleos, mientras el tipo panzudo de camisa rayada consigue sacar la tarjeta del cajero y guardársela en un bolsillo de su chaqueta. Yo llego a verlo. La pareja, la señora mayor, el chico del perro, el jubilado que viene en pantunflas, la camarera del bar de al lado,ninguno de ellos lo ve, porque están centrados en mí, en insultarme, en echarme a la calle.

Me largo, cabizbajo, por donde vine, intentando ignorar los gritos.

«¡Delincuente, delincuente!»

«¡Delincuente!»

Debí haber contratado a un sicario.