Los nazis

Conocí a un nazi en la universidad. No era mala gente. No es algo que vaya contando por ahí, pero es la verdad. Se le veía un chaval noble, sólo que tenía algunas ideas confusas en la cabeza. Diametralmente opuestas a las mías. Pero nunca le he negado la palabra a alguien por su ideología.

Al contrario. Se supone que Mark Twain dijo: «Me basta con que sea un ser humano, peor cosa no podría ser». Y a mí, siempre me ha interesado saber cómo piensan ejemplares extraterrestres como aquel. Yo me dedicaba a lanzarle preguntas capciosas y él… me devolvía frases que le debía haber escuchado a sus amiguetes hasta la saciedad. Pero sin enfadarse, ¿sabes? Como un niño que responde sobre el mundo desde su sencilla perspectiva.

Recuerdo que entraba a la facultad fumando porros cargados de hachís, el nazi. Se plantaba a tu lado, tranquilo y ojienrojecido, con aquel cilindro humeante en la mano. Tú te quedabas mirándolo, como diciendo: «Tío, creo que el que tienes al lado es el profe de Lingüística y se está tragando todo el humo». Él, impasible, seguía dando caladas, mirando al infinito, pero nunca se daba por aludido.

¿Qué hay de malo con los nazis? Pues, por ejemplo, que forman parte de un grupo. Está demostrado: en grupo, nos idiotizamos. Todo es muy bonito al principio. Tú te adhieres a un grupo (de nazis, de escritores, de lo que sea) porque te ves reflejado en esas otras caras. Toda esa gente piensa de manera parecida a ti. Pero luego alguien coge un micro y empieza a soltar proclamas. Y tú jaleas porque estás de acuerdo. Pero, espera un momento, el del micro, continúa diciendo cosas bien distintas. Empieza a mezclar churras y merinas. Y tú ya no estás tan de acuerdo, pero jaleas, porque el de al lado también lo hace. Tal vez el de al lado piense igual que tú, que es una chorrada colosal lo que acaba de soltar el del micro, pero a ver quién es el guapo que le replica al del micro. Tú no, desde luego. Es la lógica interna de un grupo. Si discrepas, el grupo se va al carajo. Y las ideas están por encima de los personas. Al final, y de tanto repetir lo mismo, el individuo se va a casa con las ideas del grupo metidas en la mochila. Ya sabéis, niños, cuidado con los grupos. Sobre todo si su filosofía consiste en romper costillas por mero odio a la gente distinta.

Este fin de semana un grupo de nazis desfiló por la Gran Vía de Madrid. No es poca cosa esa. Las autoridades (por llamarlas de algún modo) se lo permitieron. Sus razones tendrán. Al fin y al cabo, una muestra de «libertad de expresión» en la España de la Ley Mordaza. Y está bien que la gente se exprese, yo estoy a favor de eso. Pero no estoy a favor del odio irracional, ni de la intransigencia. Muchos de estos desfilantes se creen parte de una clase trabajadora de derechas con derecho a estar cabreados (ergo a partir cabezas si hiciera falta). Otros son simples fanáticos. Una especie curiosa la de estos últimos, que se da en diversas áreas de la vida. Más les valdría a unos y a otros darse cuenta de que ni el gay, ni el inmigrante, ni el anarquista, ni el podemita, ni cualquiera que sea diferente a ellos es la causa de sus males. Supongo que los árboles les impiden ver el bosque. O que están demasiado ocupados mirando al infinito como para ver lo que hay frente a sus narices.

Por cierto, si os estáis preguntando qué pasó con el nazi al que conocí, me dijeron que se dejó la universidad, cambió su estética chunga por camisas de tonos pastel y pantalones chinos, se dejó crecer el pelo y se dio a los photocalls por los bares de moda. Vamos, que abandonó el grupo. Lo último que supe de él es que había salido del armario y que tenía un novio llamado Adolfo.

Bueno, lo del nombre de su novio es broma.

Dedos

Tengo una herida en el corazón. No es una metáfora cursi, es una herida que tengo en el dedo corazón. Es la parte que menos me gusta de mis manos: Es un corte que me practiqué en ese dedo con un cúter, desensamblando una caja vacía. La herida era algo profunda y no se cerró bien y acabó formando una cicatriz abultada de un leve tono rosáceo. Gajes de trabajar en un almacén… Aunque, otras profesiones no impliquen menos riesgo: Me dieron dos puntos en la cabeza al golpearme con un extintor, cuando trabajaba en una biblioteca. Mejor no preguntéis cómo.

Pero me estoy desviando. Estaba hablando de mis dedos.

A día de hoy, los miro y pienso: son raros. Larguiruchos y con alguna uña que otra de forma irregular. Color turrón por el dorso y rosas en el lado de la palma. Aún mantienen la fuerza de la veintena. Deshidratados, malheridos, con una sombra negra de suciedad incrustada en mis huellas dactilares: los encuentro así al volver del trabajo. Desde luego, han visto tiempos mejores. Aparte de la susodicha herida en el corazón, tengo toda una gama de cortes, pequeñas costras y padrastros que os aburriría escuchar (leer, lo que sea). Son dedos de currante. Unos dedos que mi padre conoció bien en su propia piel y que le llevó a emperrarse en que estudiara hasta el final. Celebro su decisión, aunque eso no me haya evitado mancharme las manos. Y, al contrario de lo que quizá mi padre temía años atrás, estos dedos tampoco me avergüenzan. Al contrario. Estos dedos pagan mis facturas y me permiten disfrutar de lo que más me apasiona en esto que llamamos vida. I got my fingers, que diría Nina Simone. No son los dedos de una pianista, como ella, está claro. Con las uñas llenas de mierda, apestando a qué sé yo qué y algún resto de tabaco de liar que se queda entre las líneas de la mano… Mis líneas, ¿qué dirán? ¿Cómo de larga será mi vida? ¿Y este trabajo? Dios, si supiera leer estas cosas, unas manos sucias como posos del café.

A veces me fijo en manicuras bien hechas y me parece algo agradable de ver. Sobre todo en mujeres, claro. Son dedos que denotan un buen status. Pero unos dedos sanos, sin heridas, con buen color, hidratados y con unas uñas limpias y bien perfiladas es algo que se ve bien. Que da gusto, coño. Veo esas cosas y casi siento envidia por un segundo.

Casi.

Luego, miro mis dedos raros, larguiruchos, ajados pero fuertes, dedos de la working class. Los aprieto en forma de puño y pienso en la potencialidad que contienen. Eso hace que sonría: Los vellos que quedan por erizar. Las páginas que faltan por escribir.

Palo selfie

Sostiene en sus manos un palo selfie (bastón para autofotos, selfie stick, monopod…) y, por medio de éste, se dispara. Dispara a su propia vida. De frente, de lado, mirando hacia atrás. Poniendo morritos. Elevando la barbilla. En actitud despreocupada. En el bar, en la universidad, en la piscina.

El palo selfie aporta distancia y perspectiva, como el tiempo. De hecho, la Teoría de la relatividad nos dice que la distancia que la luz habrá de recorrer desde la apertura y cierre del diafragma hasta la superficie del sujeto fotografiado será mayor, por lo que el paso del tiempo será mayor: El sujeto no será el mismo cuando apriete el obturador que cuando la cámara registre la realidad convirtiéndola en una sopa de píxeles. Será otra persona. Tal vez no en apariencia, pero habrá cambiado. Tal vez la sonrisa, para entonces, haya mutado a mueca sonriente. Piensa que, a nivel microscópico, hay una distancia abismal, de eones, de micro partículas realizando el viaje de su vida.

El palo selfie es, pues, un gran invento. No sólo sirve para engordar tu ego sin dar esa sensación tan cutre, tan kitsch, tan anticuada de que no hay nadie al otro lado del objetivo, que eres tú y solamente tú el que se encuentra bello, memorable, digno de una foto. También es una simple, pero eficaz máquina del tiempo. Y como toda máquina del tiempo que recuerdo, pasará de moda.

El ego y sus complementos. Eso sí que no se quedará anticuado jamás.

Lista de la compra para escritores

Todo escritor que se precie debe escribir en algún momento de su vida un decálogo o un tetrálogo o un octólogo o una lista de entre dos y no más de treinta y seis consejos para futuros/posibles/no natos escritores. Aquí va la mía:

1.- Diviértete cuando escribas. Uno se puede divertir clavándose alfileres en el brazo o lanzándose por las pistas blandas de tu imaginación. Cómo te diviertas es asunto tuyo.

2.- Vive en la ciudad, pero escribe en la montaña. Apartado, solo y en silencio. Escapa de los mugidos humanos.

3.- Busca el trance. El momento de máximo enfoque. En mi caso me suele llevar hasta media hora o más coger la velocidad de crucero. Cuando estés a escape libre no pienses ni corrijas nada, pisa a fondo.

4.- La lluvia y la música serán tus aliadas.

5.- Cuelga carteles de concursos literarios en tu cuarto. Míralos como si lidiar con esos personajes fuera tu objetivo para ganar dinero (sí, no seas hipócrita, ganar dinero). No sabes arreglar un grifo pero sabes hacer esto. Es un trabajo sucio y alguien tiene que hacerlo.

6.- La imaginación no es un recurso, es un músculo. Cuanto más la uses, más habrá.

7.- Nunca te quedes en la superficie de los hechos. Sumérgete. Llega hasta el nervio y la vena.

8.- Nunca juzgues en tu escritura. Sólo delata. Pon de manifiesto. Enseña los dedos manchados y di «esto es lo que hay».

9.- Cuéntate tu vida a ti mismo. Nárrate mientras vivas. Lejos de las teclas, quiero decir. Mírate como a un personaje y pregúntate por qué. Pregúntate por todo.

10.- No importa que sobrevivas en un trabajo duro y mal pagado. No importa que te descubras en lugares sórdidos sin saber cómo has llegado allí. No importa que tu dormitorio y tu vida sentimental estén en completo desorden. Tienes la escritura, que es un refugio y una playa salvaje. Si crees en ese lugar, podrás sobreponerte a cualquier cosa.

11.- Regístralo todo. Toma nota de todo. Documéntalo todo. Habrá mucho que cribar pero encontrarás auténticas piedras preciosas entre la paja.

12.- Lee todo lo que puedas. Abandona los libros que no te motiven o que no sean para ti, pero lee. Lo nuevo, lo viejo, lo que todos recomiendan y de lo que nadie ha oído hablar. Hay que abonar el tiesto si quieres que la mata crezca.

13.- El momento de escribir es ahora. No mañana, ni luego. Ahora.

El personaje ciudad

Una ciudad puede ser un personaje de ficción. Un personaje un tanto pasivo, pero un personaje al fin y al cabo. Para empezar, las ciudades tienen un nombre. Puedes llamarlas, no acuden a la llamada. Pero puedes evocarlas. Puedes asomarte a tu ventana y gritar: ¡Granada, cómo te echo de menos! o ¡Madrid, eres una ciudad muy furcia! Porque ésa es otra, uno puede añorar una ciudad, o estar cabreado con una ciudad, o haber sido seducido por una ciudad o estar aburrido de una ciudad… lo mismo que con las personas.

Las ciudades, bien miradas, son parecidas a mujeres mayores que engordan y se retocan cada x años, y que nos crían y nos educan y nos convierten en lo que quiera que seamos cada uno. Una ciudad te determina. La ciudad te da la lengua y el acento. La ciudad es el papel sobre el que se imprime tu memoria.

Imagina la de sucesos ocurridos sobre el personaje ciudad. Una ciudad es una microfauna llena de historias salvajes. Tan importantes pueden ser los motivos por los que la ciudad fue bombardeada en 1937, como qué llevó a esa pareja a besarse escondidos en un portal del bulevar. Una ciudad está manchada de hechos y fue testigo de todo. Bien pensado, puede que una ciudad sea mejor narrador que personaje. Porque querer, lo que es querer algo, no sé qué puede querer una ciudad. Aparte de que dejen de mearla.

La poética de una batalla campal

Se murió Panero y no pude escribir nada. No sentí nada. Bueno sí, sentí lo mismo que cuando oigo que se ha extinguido tal o cual especie. Se ha extinguido la especie a la que él pertenecía. Ya no hay Paneros en el planeta Lexatín. Creo que ni el mismo Panero era tan Panero hacia el final de sus días. Sólo un traje de persona reteniendo una energía delirante y creativa que necesitaba escapar.

Llegó la primavera. Se murió Suárez y tampoco sentí nada. Más gotas al océano. Pero entre tanto sí que ocurrió algo interesante, algo que me hizo bombear sangre: Miles de personas se concentraron en una plaza de la capital para protestar contra las aves carroñeras que anidan en el Congreso. Los encuentros colectivos son pura emoción. Vibración y fuerza. Para mucha gente, algo más tangible y real que toda esa comedia política del debatedelestadodelanación. Todo parecía ir bien. Los aplausos. Los cánticos. Si has estado en una mani, ya sabes, lo típico. Pero media hora antes del final, aparecieron los guardianes de la paz y ocurrió lo predecible: Se repartieron hostias como flyers.

Reviso vídeos de esa noche. Observo los mismos acontecimientos desde diferentes ángulos y perspectivas. Parece que busque patrones. En principio, sólo busco darle de comer a mi curiosidad morbosa y dejar que se me hinche un poquito la vena sadomaso. Pero si dejo de razonar, si no me implico, si evito que me hierva la sangre y presto algo de atención a las imágenes, comienzo a ver. Metáforas. La poética de una batalla campal. Algo mágico, como escrutar los fractales de un copo de nieve.

Aborrezco la violencia, pero me hipnotiza verla desfilar en tanga a través de la pantalla. Estas escenas me piden a gritos que las diseccione, así que cojo escalpelo…

La primera imagen poderosa de esta obra improvisada llega con la entrada en escena de los antidisturbios. Un coro entona el Canto a la libertad de Labordeta. Aún no ha acabado el acto, pero ya se puede percibir el conflicto. La policía entra en la plaza con intención de desalojar y comienzan a resonar los disparos. Balas de goma. Las chicas del coro elevan la voz. Prosiguen los disparos. “Habrá un día que todos (BOM) al levantar la vista (BOM) veremos una tierra que ponga (BOM) libertad”. Se cierra el telón, entre gases lacrimógenos. El narrador agarra el megáfono e informa: “Le recordamos a la policía que está interfiriendo en un acto totalmente legalizado”.

Comienza el segundo acto, el más rico en imágenes: Los agentes se arrojan sobre una pancarta con un mensaje llamativo: No pasarán. Se abalanzan sobre ella y sobre los que la sostienen como un toro embravecido al que le han tocado lo evidente. Y pasan. Vaya si pasan. Como ya pasaron en su momento. Es un ataque a los símbolos. Son guantazos de realidad, tal como lo entienden las autoridades. Antidisturbios 2, manifestantes 0.

Transcurren los segundos y la cámara registra a una pareja que opta por besarse frente a un policía que hace el amago de ir a disolver aquella manifestación de amor. Éste se lo piensa y prefiere mirar hacia otro lado. El mensaje aquí es claro: El amor hace que el miedo se avergüence. Bravo. Minipunto para el equipo de los manifestantes.

Llegamos a un momento memorable. Algunos agentes se separan del resto y uno de ellos, en concreto, es rodeado por un grupo de chavales encapuchados que lo acosan y lo persiguen, haciendo que pierda el casco. El antidisturbios huye. Sin sus compañeros es débil. Los jóvenes están bastante exaltados. Uno de ellos alza el casco como un trofeo, casi como si sostuviera la cabellera arrancada a un enemigo. Como respuesta todos corean y silban. El héroe ha cortado una cabeza. Hay algo primigenio ahí. Seguro que existe una función de Propp para esto.

Hay quien la emprende a palancazos con un cajero electrónico, símbolo per se del capitalismo. Para añadir un toque de color, un matiz de carácter, el protagonista de esta imagen lleva puesto un casco de ciclista, signifique lo que signifique eso. Esta vez el gol es un poco en propia puerta. El cajero estará asegurado. Al menos, el sector del arreglo y el remiendo sí que vive tiempos de gloria.

Es como un drama de época. De la nuestra. O como un poema épico, si se prefiere. Tal vez algún poeta acabe adornando los cantares de gesta de las palizas recibidas en las plazas de Madrid, de los gases y de las lecheras abolladas por la multitud enfurecida. Pero maldita la falta que hace. Es bello por sí solo. Profético. Atronador.

El poema, para mí, acaba con el tipo que se acerca y grita a los agentes: «¡Somos personas!». Ése es el último verso. No hace falta decir más.

Fakir

Soy un embaucador de serpientes y en mis manos se observa que aún me pesa el amauterismo. Ésta, la víbora que llevo años tratando de domesticar, se llama literatura.

El ritual es sencillo. En teoría. La serpiente está dentro de la cesta. Siempre. En cada cesta hay una serpiente. Ésta es la mía. La que me legaron. La que poseo (¿o es ella la que me posee?) desde la niñez.

Como digo, la serpiente está ahí. Puede que no la veas. Está dormida. Muchos tienen a sus serpientes dormidas. Hibernan sin nada mejor que hacer. Yo llevo años tocando el instrumento. Intentando, no sólo despertar al animal que dormita, sino hacer que baile a mi compás para gusto y deleite de los que pasan y observan.

No echéis monedas. No todavía. Aún hay ocasiones en que la serpiente desobedece a la música que le impongo y, como despertando del trance, asesta mordeduras a los transeuntes o a mí mismo. Mira cómo tengo los dedos. Inflamados por el veneno. Llenos de incisiones purulentas.

Es un oficio mal pagado y de largo recorrido, pero alguien debe de hacerlo. Con el tiempo, llegas a inmunizarte contra el veneno. Todo merece la pena por ese momento en el que la serpiente y tú sois uno, y la música suena como si no existiera nada más, y la víbora te observa, te mira a los ojos y te reconoce, baila y regresa a su cesta, buena chica, toma un ratón como recompensa.

Bien, bien. Lo sigo intentando. Sólo soy un humano. También tengo que comer. Ahora sí: Podéis echarme unas monedas. O mejor, os dejo mi cuenta de Pay-Pal.

El escritor que no se vende

Que paren la música.

Un escritor no debe venderse. A ver, repita conmigo un-escritor-NO-debe-venderse. Un escritor puede beber el blanco licor que emana de la luna, pero jamás venderse, ¿ok?

Un escritor, un escritor de verdad, debe revolver en la basura. De hecho, encontrará alimento suficiente allí y quizá sea un buen sitio para pasar unas vacaciones. Lo que no debe hacer nunca es venderse.

Un escritor debe escribir su obra en silencio. Sin decir nada a nadie. Como quien conspira contra la autoridad vigente. Se debe escribir una obra maestra. O algo que el escritor piense que es una obra maestra. Luego, debe guardarse en un cajón, sacarla cada dos años para revisarla, envejecer, morir y esperar a que alguien descubra el manuscrito inédito, que lleva años latiendo en silencio en el interior de un escritorio. Para entonces, la novela será una obra maestra prima póstuma de culto. Eso es lo mejor que le puede pasar a un escritor. Nunca vender su obra. ¡Jamás! Eso es de necios, de locos, de interesados capitalistas.

Un escritor debe libar las flores espirituales de la vida, aunque eso le suponga una anemia crónica que le corroa las entrañas. Un escritor debe escribir con las tripas aunque no haya nada dentro de ellas. Un escritor de verdad es un profeta, un mártir, un asceta, un idiota, un loco lleno de ruido y de furia.

Las manos de un escritor no deben tocar nunca el sucio dinero. A menos que ese dinero sea ganado por el honroso medio del sudor y la esclavitud laboral. Pero, ¿dinero de tus libros? ¿De dónde lo has obtenido? ¡Los buenos escritores no venden! Los buenos escritores se mantienen vírgenes hasta la senectud y, sus libros, bellezas durmientes que acumulan polvo en la estantería más apartada de una librería de barrio, a la espera de un príncipe azul que los descubra y los saque de su sueño eterno.

A un escritor que no se vende le pueden deben hacer críticas, reseñas, comentarios. Él se lamerá las heridas como un gato, no hay problema.  Un escritor que no se vende está deseando que alguien venga a hincharle el ego, ya que él, como buen espartano, no debe hablar de su libro.

«Porque yo he venido aquí a hablar de mi libro. Y no a hablar de lo que opine el personal, que me da lo mismo». (Umbral dixit)

Un verdadero escritor dirá: «Los demás hablan de mi libro«. Pero él nunca hablará de su libro. Si eres escritor, es indecoroso que me hables de tu libro, que me vendas tu libro, que me digas que tiene una trama interesante, que tiene un lenguaje sencillo pero bien escogido, que el argumento es ligero, pero da que pensar… ¡Qué es eso de ligero! ¡Las mejores obras son tochos plomizos! Las páginas han de caer como gotas por una catarata. El lector ha de sudar y padecer. Ha de sobrellevar las ganas de bostezar y de cerrar el libro. Ha de aguantar insoportables monólogos, sólo porque tú los has escrito: Tú, el escritor puro, el escritor que no se vende, el escritor sin pecado concebido: un auténtico tonto del culo.

Aparta ya tu falsa modestia, amigo escritor.