El viaje inverso de Ulises Walker

¿Y si sí?

CUATRO


Ulises Walker puede hacer llorar a un piano. Lo está haciendo ahora. A solas. En el hall de un antiguo casino, cerrado al público hoy en día. Qué hace Ulises Walker en aquel lugar es lo que menos nos importa. El piano está allí, desafinado, pero mostrando el interior de sus tripas. Ulises, sin embargo, está mucho más lejos. Treinta años después lo está volviendo hacer. Es como arañar el aire con los puñales de la tragedia y la comedia humana. Dios, cuánto tiempo ha pasado.

La vida es una gymkana de decisiones y él no es el resultado de las mejores. Tampoco, por suerte, el de las peores. Su trayectoria podría haber sido una ciudad bombardeada.

Está bailando sobre las teclas. En lo respectivo a bailar usando el cuerpo es totalmente arrítmico. Se mueve peor que Ray Charles. La vida te gasta esas bromas. Pero sus dedos, aunque magullados, callosos, amarillentos del tabaco, tatuados, desgastados por el trabajo en la fábrica. Aunque de uñas cortadas con los dientes y llenas de cutículas, con un principio de artrosis y con un sentido del tacto sensiblemente disminuido, sus dedos pueden hacer llorar a un piano como si se hubiera pillado una cogorza y ahora necesitara que lo escucharan. Como un desahogo, como un quejido, como un hasta aquí.

Las paredes están llenas de cuadros antiguos. Nadie parece acordarse de limpiarles el polvo. Es una cueva moderna aquel lugar. Una cueva llena de cuadros con motivos de caza. La caza del zorro. La caza del león. La caza del unicornio. Esa clase de cosas. Es una cueva moderna con cuadros viejos y polvorientos en lugar de pinturas rupestres.

Aquí, a solas, Ulises se ha atrevido a acercarse a un piano después de nueve años sin probarlo. Supone que las sustancias fueron la causa de su abstinencia creativa. Las sustancias, el alcohol, las mujeres. Por suerte, ya está limpio, pero Ulises, como músico, fue un tópico andante.

Hasta hoy, le daba pánico tener un piano cerca y que alguien le pidiera tocar. Podía haber golpeado a ese supuesto espectador de haber dispuesto de un objeto contundente a mano. Nunca pasó. Ya se encargó él de que no hubiera un piano a menos de cien metros. Llegó a quemar uno, tras bañarlo en ginebra, en la presentación del disco de un amigo y rival. Se excusó diciendo que en honor a Jerry Lee.

Ahora está sentado consigo mismo. Unido a sí mismo. Con el alma cosida a la piel. Durante un tiempo considerable no fue así. Hubo una época en que se tuvo enfrente. Siendo su peor enemigo. Y no es una frase hecha: fue su peor enemigo. La vida es una gymkana de decisiones y él no es el resultado de las mejores. Al menos, tampoco el de las peores.

A Ulises le resbala una lágrima, mientras improvisa una oda a su vida. Se venía formando una tormenta en sus tripas. Ahora le llueven los ojos porque está haciendo algo con sentido. Algo bello y trascendente. Algo efímero, que va a durar nada, pero que le da sentido a todo. Como respirar hondo y con esperanza, mirando al abismo. Su mente viaja de recuerdo en recuerdo.

Colorea con notas todos esos días perdidos en ganar dinero, alejado de lo que lo hace sentir vivo. Se reconcilia con la vida en clave de Fa. Lanza un arpegio para tratar de recoger todas esas horas que existió en modo automático y le es imposible porque hay demasiadas tiradas por el suelo. Pero aún puede crear sentido. Es lo más cercano a Dios que conoce.

Una descarga eléctrica le repta por el brazo. Y si, y si. Y si aún estuviera vivo. Y si aún pudiera aportar sentido a la gente. Un cuerpo no es más que una cáscara vacía. Lo importante es lo que uno hace con el tiempo que le queda. No. Sí. Claro que sí. Y si un disco. Y si una gira. Y si volver. Y si nunca se fue y sólo fueron años de crisálida.

Y si sí…


TRES


El dolor es sólo la parte visible. El dolor señala ese lugar dentro de ti donde algo está muriendo. Es la última vez que Ulises va a recorrer los pasillos de este hospital. Él no lo sabe, pero lo intuye.

Habitación 304. En la cama, apostado, apenas consciente, su padre, Jeremías Walker. Se le antoja tan hermoso. Casi parece resplandecer, como si irradiara luz. La luz de una llama que ejecuta su último baile antes de extinguirse.

Ulises trae consigo unas fragantes flores rojas y la única colonia que su padre gastó en vida. El aroma de su padre a quince cincuenta el frasco. Que huela bien. Es lo que más le preocupa. A la muerte no se la puede ahuyentar ni esquivar con esencias. Pero a los viajes largos uno ha de ir preparado. Su padre está cercano a fundir el acero de su espada y es importante el modo en que suceden las transformaciones.

No están allí ni su hermana, ni su hermano. Han cuadrado agendas para no cruzarse. No quieren verlo. Es un extranjero para la familia. Escogió su propio camino cierto tiempo atrás y lo culpan por ello. Por eso, por las ausencias, por los excesos, por las llamadas nunca devueltas, porque sólo apareció por casa cuando le daba por desintoxicarse y luego salía corriendo tras las faldas de las amapolas.

Amapolas. Qué ironía. Acaba de darse cuenta de que son amapolas las flores que trae al último homenaje de su padre. Ni siquiera preguntó por ellas, se limitó a señalarlas al tipo de la floristería. Su padre no dirá nada al respecto. Él ya lo perdona todo. Lo entiende por el modo en que lo observa por el único ojo que mantiene medio abierto y por la manera pausada con que exhala.

Abre el frasco de colonia y le embadurna el pecho y el cuello. Le tiemblan las manos al hacerlo y no es por el miedo a quedarse solo. Lo unge con el aroma de su vida. Nunca había hecho nada parecido. Jamás se permitió un contacto tan íntimo con su progenitor. Ambos parecen dolorosamente felices en este momento.

Ulises entona una canción. No recuerda el título. Es una vieja canción espiritual americana con una letra disfrazada de tristeza, pero que habla de paz y de perdón. Es su particular réquiem. Mientras su voz bronca recita, sus manos desenfundan el instrumento al que más tiempo dedica en los últimos años. Una jeringuilla con una jalea ámbar en su interior. Un último regalo para su padre. Un dulce pasaje al olvido del yo. Jarabe de amapolas para cruzar al otro lado. Oler bien es importante. Aplacar el dolor también se lo parece. El dolor es sólo la parte visible. El dolor señala ese lugar dentro de ti donde algo está muriendo.

Su padre, Jeremías, cierra los ojos y arruga su expresión porque comprende. Una lágrima le resbala y otra lágrima gemela se deshiela en los ojos de su hijo. Esto es importante, se repite, esto tiene sentido. Un acto tan generoso y compasivo. Ojalá hubiera un piano al que hacer llorar en este momento.

Pero antes de atreverse a practicar la picadura letal, antes de que su padre vuelva a abrir los ojos, una nota larga y aguda se extiende por la habitación. Encefalograma plano. La chispa ha desaparecido. Jeremías ha iniciado su último viaje.

Un enfermero entra en la habitación y aparta de malos modos a Ulises de la cama. Le pregunta algo que él no entiende y que en sus oídos resuena en sordina. Aún tiene el instrumento en sus manos. El único instrumento al que dedica horas desde hace años.


DOS


Ulises está entregado al viaje. No pasa por casa desde hace demasiadas páginas del calendario. Vive al momento. O eso le gusta contarse. Tiene la sensación de que la vida está sucediendo en este lugar y no en ningún otro.

Siete personas rugiendo en el estómago de la furgoneta. Su banda, su mánager al volante, y una joven llamada Melisa que se separó del núcleo familiar para unir sus átomos a los de aquellos músicos. Ella ama lo que representan, lo que saben hacer con el viento y con el tiempo. Los ama a todos carnal y espiritualmente.

Ulises la ama en secreto, pero es una apuesta que no desea pagar. De día, a Melisa la veneran como a una musa. De noche, es otra canción. Ulises le ha escrito alguna letra, pero jamás lo admitiría. La ama por su pureza. Teme que a alguno de sus compañeros se le caiga el corazón de Melisa de entre las manos y se haga añicos contra el suelo. Aún no sabe que acabará apostando al amor de la grupie.

Pero la vida sucede ahora. Y huele a sudor, a euforia y a corazones latiendo en allegro por la química. Ulises prefiere el calor de la ginebra. Va empapado en ella. La ginebra le recuerda el olor de la colonia de su padre y eso le da una confusa perspectiva a todo. Todo tiene sentido. Que justo ahora, que nueve años después de unirse a unos cuantos acólitos buscadores de belleza, que quince años después de probarlo por primera vez esté aquí, viviendo en ese castillo que un día empezó a construir en el aire.

Parece primavera todo el tiempo. Ellos, pensamientos floreciendo. Sólo hay motivos para celebrar y las canciones tristes aluden a recuerdos sin sustancia o son meras imposturas. No hay nada importante en lo que pensar. Los dedos de Ulises hacen mímica sobre teclas imaginarias. Imprime música en el aire con los ojos cerrados. Quién necesita un piano cuando todo sucede dentro de uno.

Lo más reseñable de esa tarde es que el motor de su furgoneta se gripa. Quizá por alergia. Su mánager se ladea en el arcén de una carretera secundaria y los chicos saltan de la furgoneta celebrando los errores del universo. Ulises levanta en volandas a Melisa y se besan. Se acuestan sobre la moqueta de flores del campo que les rodea. Un campo de amapolas rojas.


UNO


Así es como empieza todo. Un club nocturno. Un cartel en la puerta con la fecha de hoy y un nombre, el suyo: Ulises Walker. Un nombre que aún nadie reconoce.

Sus dedos ágiles, audaces, seguros de sí mismos como pisadas de caballo. Sus dedos de uñas cuidadosamente perfiladas, sedosos, indomables, impacientes, recorriendo las costillas de un piano que con su sueldo actual no podría pagarse ni en veinte años.

Sus dedos que huelen a mujer.

No se ha lavado las manos después de hacerle el amor a esa chica que ahora lo admira y que le dice que sí, que lo que hace está bien, con su sonrisa, desde el fondo de la sala. Hay ciertos olores que son un talismán y el olor a cuerpo de mujer es para él uno de ellos. Ulises celebra la vida mientras el aroma de sus dedos lo alimenta. Le aporta un carácter jovial y audaz a su música.

Hace años fue un niño que soñaba con cabalgar el viento. Hace años ese niño tuvo una idea. Imaginó a un Ulises con el don de erizarle la piel a la gente. Desde entonces, ese Ulises vive dentro de él. Es una voz que le acompaña. Que le dice sigue, no dudes, haz lo que sientes, si lo que sientes es amor. Ya de niño asumió una deuda que está encantado de pagar: la de devolverle a la música lo que la música le regaló a él.

Esta noche tiene algo de especial y él no lo sabe, pero lo intuye. Nunca el público le devolvió así la mirada. Nunca esta certeza de estar tan vivo. Nunca se sintió tan dentro de su cuerpo. Está tocando viejas canciones y algunas propias y todas hablan de él: Nunca Ulises fue tan Ulises.

Se imagina iniciando un viaje. La brisa del puerto acariciándole los poros. Gritando hasta pronto, chicos a un grupo de desconocidos. La emoción del porvenir. El futuro como un boleto de lotería ganador. Y si, y si. Y si estuviera vivo. Y si pudiera traer sentido a la gente. Un cuerpo no es más que una cáscara vacía. Lo importante es lo que uno hace con el tiempo que le queda. No. Sí. Claro que sí. Y si un disco. Y si una gira. Y si ir allí.

Algo entra en él. Una especie de gracia, duende o genio. Es lo más cercano a Dios que ha conocido. Improvisa notas sueltas que, en conjunto, cuentan una historia. Una historia aún no escrita. Una oda a un presentimiento. Y lo cuenta todo de un modo tan elegante y gozoso que el propio piano empieza a llorar.

Ulises Walker puede hacer llorar a un piano. Lo está haciendo ahora, por primera vez. Delante de un centenar de personas que están reteniendo el aire en sus pulmones hasta el final de la pieza y sin que nadie se lo haya pedido.

A la chica del fondo, Linda recuerda que se llamaba, se le cae una lágrima por la cara. A la chica con la que compartía sudor y respiraciones entrecortadas hace un rato se le están cayendo las lágrimas y nadie las recoge.

A Ulises también le empiezan a llover los ojos. Aquel adulto, que el niño imaginó, está haciendo algo con sentido. Algo efímero, que va a durar nada, pero que le imprime orden a todo. Desconoce de dónde procede esa energía que lo recorre, pero la está sintiendo, y eso es real.

Y apuñalando las teclas en una coda final, con la frente perlada de sudor y los lagrimales como el Niágara; clavando los dedos en la vida, piensa:

Y si sí…


Relato premiado en el apartado de Literatura del festival Creamurcia 2018

Eureka

No me creían capaz, pero lo conseguí.

Desde que me recluí en este pueblo perdido del norte, a proseguir con mis experimentos, les anuncié a mis nuevos vecinos, no sin cierto secretismo, que mi presencia aquí les cambiaría la vida.

Sé que me tomaban por una especie de eremita y que especulaban con malicia sobre mi trabajo en el laboratorio. Sé que los padres advertían a sus hijos que no se acercaran a mi casa y que la opinión que tenían sobre mí era la de un perturbado, un loco, que puede que hasta fuera peligroso. Me consta que hacían cábalas sobre de dónde procedía el dinero con el que yo financiaba mis investigaciones y que me permitía pagar el alquiler o bajar a la tienda a comprar víveres, herramientas o productos de limpieza. Sé que se habló mucho de mí: Que por qué elegí aquel lugar para vivir (para algunos yo era prácticamente un convicto fugado o alguien en busca y captura en algún lugar) o cuál el origen de las explosiones que se escuchaban desde el sótano de mi chalet. Vamos, que sé que fui la comidilla del pueblo de un año a esta parte.

Hasta ayer.

Mi último proyecto, un dispositivo capaz de generar las condiciones climatológicas de una noche de verano en pleno invierno oceánico, produjo los resultados esperados. Aún incrédulos, muchos lugareños vinieron a casa a mostrarme su admiración. Nunca habían tenido unas temperaturas tan agradables. Se improvisó una gran verbena, a la que acudí como invitado de honor. Hubo conciertos, barbacoas, hogueras en la playa. Chicos y chicas bañándose en el mar hasta altas horas. Incluso aparecieron unos turistas (nadie sabe de dónde) ataviados con ropa veraniega, demandando mojitos. El problema vino esta mañana, cuando todo volvió a la normalidad y los vecinos deambulaban por la calle, envueltos en sus abrigos, con una evidente resaca post-vacacional. Los que de verdad me preocupan son ese grupo de jóvenes que hay en mi jardín, voceando y lanzando piedras a las ventanas. No dejan de gritar que les devuelva sus amores de verano.

(Colaboración para el número 19 del ‘Manifiesto azul’ del Colectivo Iletrados)

El coche de los muertos

Existen formas diversas de esquivarnos a nosotros mismos

y a nuestro aburrimiento existencial:

comprar algo que no necesitas es una

apostar a que perderá tu equipo (porque sólo los perdedores pueden ganar realmente), otra

el Myolastán, el cannabis, la euforia del vino

Telecinco

enredarse en relaciones tóxicas o andar desesperado por saltar de un amor a otro.

Lo que sea.

Lo que sea salvo estar a solas contigo mismo.

Esa soledad insondable de mirada hiriente.

En caso de morir, hay que hacerlo en fin de semana porque

morir es un hito. Que te entierren, un trámite.

Ya no hablabas de amor, que diría Loriga.

Sólo un piar confuso, el idioma de los parientes lejanos

por eso la gente apretaba el paso.

Hoy no han doblado campanas ni el coche de los muertos ha aullado tu nombre.

Es como si te fueras de puntillas y sin dar un portazo.

«No existen los muertos malos» me dijo un amigo.

Y tenía razón.

Tenemos tanto que aprender

los vivos.

Que corra el Air B’n’b

Llegué con intención de echarme a dormir y antes de dar la luz me di cuenta de que no estaba solo en la habitación. Oí su respiración. Y lo oí revolverse en la cama -y digo «lo» porque por la respiración y el peso de un cuerpo sobre un colchón casi que uno puede saber el sexo, el tamaño y quizá la edad de una persona-. No estaba solo, eso estaba claro, así que no encendí la luz. Busqué la cama a tientas, en la oscuridad. Me desnudé como pude y me estiré en el colchón. «Es un hospedaje barato», me dije, consolándome. Pero a mí el respeto me puede. Así que ocupé mi parcela en el colchón, sin regalarme demasiado, e hice por respirar profundo, para dormirme. Ya nos veríamos las caras mañana. Pero eso mañana. No podía evitar oír su respiración, así que hice por acompasar la mía a su ritmo. Si aspirábamos y espirábamos a compás no notaríamos la presencia del otro. Pero la puerta se abrió y entró un haz de luz. La silueta de dos chicas italianas en el umbral. Que son italianas uno lo sabe porque iban diciendo cosas como «alora», «quattro» o «scusa» y porque hablaban con ese volumen característico que nos delatan a los nativos de España, Italia y otros países de sangre caliente. Intentaron no molestar, pero al ver que no lo conseguían, lo que intentaron fue reprimir las carcajadas que salían lubricadas de sus gargantas gracias al alcohol que antes habían vertido por el mismo orificio. «¿Qué quieres? Si es que la habitación era realmente barata», pensé, dándoles la espalda. Noté el peso de sus cuerpos sobre el colchón y dudé si es que alguna de ellas se habría equivocado de cama, pero ellas no parecieron dudar. El otro invitado soltó uno de esos carraspeos molestos, mientras las italianas ahogaban sus risas sobre las almohadas. En fin, en fin… Soy de esas personas que se ponen de mal humor si no los dejan dormir, pero también soy un tío paciente, ya lo sabes, así que seguí respirando profundo y lento. Con el olor a alcoholazo que perfumaba ahora el cuarto, pensé que no tardarían en caer dormidas o muertas. Pero la puerta volvió a abrirse y entró una pareja envuelta en respiraciones entrecortadas. Uno de los dos cerró la puerta de un portazo y cayeron juntos sobre la cama. El primer inquilino soltó un suspiro notable tirando a sobresaliente. Las italianas comentaron algo en voz alta (en su idioma, claro, no lo entendí). Yo resoplé. «Joder, ¡la habitación era realmente barata!». A la pareja no pareció importarle la compañía. Sus respiraciones se aceleraron. Oí ropa despegándose con urgencia de sus cuerpos y cayendo al suelo, y no tardé en notar el previsible movimiento repetitivo e incisivo sobre el colchón. Claro que sí. La temperatura subió, o yo noté el calor procedente de sus cuerpos, y al cabo de un par de minutos de movimientos sísmicos y rechinar de somier, alguien me agarró el brazo. Ni idea de si fue ella o él. O una italiana. O el tipo del principio. Nunca había estado en una orgía, pero aquello tenía pinta de acabar de forma muy colaborativa… Lo de dormir, iba a estar difícil. Pero se abrió la puerta una vez más. Y alguien se asomó y preguntó si sabíamos la clave del WiFi. «¡No hay Wifi!», aulló el huésped originario. «Claro», pensé, «si es que la habitación era muy barata». La puerta se cerró y la pareja siguió a lo suyo, con un ritmo que pasó del andante al allegro; las italianas siguieron charlando como si aún siguieran dentro de un pub con la música alta y yo ya no traté de acompasar mi respiración a la de nadie. Me limité a cubrirme la cabeza con la almohada y a regodearme pensando en el comentario tan creativo que iba a dejar al respecto de aquella habitación tan barata, en aquella página de alojamientos (tan) colaborativos.

Mi puta venganza sería terrible.

Mi ego y yo

Me estaba lavando la cara, cuando devolví la vista al espejo y yo ya no estaba allí. Es decir, mi imagen había desaparecido; ahí seguía el reflejo del cuarto de baño, los geles y el champú, las toallas, la cisterna… pero en lo tocante a mi persona era como si me encontrase en otra parte de la casa y no en el baño.

Asustado, busqué instintivamente mis manos: todo seguía en su sitio. Mis brazos. Mis piernas. Mi barriga incipiente. Me alivió comprobar aquello. Pero en la superficie del cristal yo aún brillaba por mi ausencia. Sentí una extraña paz. Una ligereza de espíritu. Como si pesara menos. No sabría bien cómo decirlo.

Mi desconcierto era razonable. Imagínate: Se me pasaron toda clase de ideas locas por la cabeza. Problemas graves de visión. Locura transitoria. Estar muerto y no saberlo. Vampirismo. Como fuese, tenía que pedir ayuda. Salí del baño casi sin pisar el suelo, a buscar mi teléfono o mis llaves y al llegar al comedor, me sobresalté. Porque yo ya estaba allí.

Yo estaba sentado en el sofá, fumando un cigarrillo y tomándome un café. Alcé la mirada y me miré, como si yo tampoco me esperara.

No dije nada.

Yo tampoco. Sólo me quedé mirándome ahí sentado. En realidad, era extraño, porque seguía sintiendo esa aparente calma sin motivos. Aquello era surrealista. Algo que parecía sacado de la mente de David Lynch. No tuve miedo, pero tampoco me sentía bien en mi propia presencia.

Él, o sea yo, empezó a hablarme y sus palabras resultaron inquietantes. Obviando el hecho de habernos desdoblado, de ser mi reflejo independizado de mi cuerpo, empezó a recitar una vieja retahíla de temores, vergüenzas y esperanzas que –se supone- teníamos en común.

Hablaba entre dientes, apresurado –como hablan los pensamientos que circulan por las vías rápidas del cerebro- y también hablaba en plural. Decía cosas como: «Aún no nos han llamado de ese trabajo… lo más seguro es que no valgamos para el puesto» o «No sabemos nada de ella desde hace casi dos semanas. Puede que esté con otro» o «Míranos. Damos bastante pena. Parecemos perdidos. Así no vamos a conseguir nada».

Sentí que su runrún empezaba a afectarme. Me senté frente a mí. Yo, o sea él, liberó la última bocanada y aplastó el cigarro contra el cenicero. Me soltó: «Escúchame, yo sólo quiero lo mejor para ambos. Tienes que hacerme caso y empezar a pensar en esto».

Me esforzaba por entender qué era lo que ocurría. Aquel tipo tan parecido a mí, tan yo, tenía un modo de expresarse que me era extrañamente familiar, pero yo aún podía tocarme y comprobar mi corporeidad, observarme en primera persona. No, aquél no podía ser yo. Yo estaba aquí. Dentro de mi cuerpo, como de costumbre.

—Puedo verte… No entiendo por qué, pero ahora puedo verte, —fue lo único que dije, barra murmuré.

Él hizo una mueca de desagrado. Siguió rumiando en tono grave, barra dramático, barra dolido: «Deberíamos preocuparnos más por nosotros y menos por los demás. Así nos van las cosas».

Llegó un momento en que desconecté. Dejé de prestar atención al sentido de sus palabras. Él dio un trago a la taza de café y me miró medio enfurruñado. Yo lo observaba ahora como si me encontrara ante el hallazgo de algo increíble, que siempre estuvo dentro de mí, como un parásito alienígena.

—Sé quién eres, —le dije—. Te he escuchado cantidad de veces, pero es la primera vez que te veo en persona…

«No creo que sepamos nada. Somos poco menos que un ignorante. Deberíamos leer más. Nuestros conocidos esperaban más de nosotros… y míranos, qué vagos, qué improductivos somos».

—…Ahora entiendo por qué te he estado haciendo caso. Hablas exactamente igual que yo. O yo hablo como tú… ya no lo sé, —seguí diciéndole, como si hablara con el espejo.

«¿En serio? ¿Vamos a seguir perdiendo el tiempo en divagaciones estúpidas? Más nos valdría ponernos a actualizar el currículum. ¿No nos preocupa el futuro o qué?».

No quise distraerme con sus argumentos. Era como si por primera vez pudiera sentir que estaba tocando la piel de algo que siempre había sido invisible a mis ojos, o como empezar a ser consciente de siete dimensiones espaciales más.

«Deberíamos empezar a preocuparnos. Tenemos un montón de problemas por solucionar».

Casi estaba empezando a enternecerme. Ahí estaba esa parte de mí, ese apéndice, necesitado de reconocimiento y de comprensión. Siempre en lucha. O siempre buscando adormecer las pulsiones más íntimas o el dolor a través del miedo o las sustancias. Era la voz que te aconsejaba crearte una buena reputación en las redes sociales, conseguir adeptos, seguidores, cazar me gustas. Ansiar la simpatía de la gente. Era la voz que te decía: «Oféndete. Estás solo. Los demás están contra ti. No eres nadie. No podrás. Debes ser alguien, o si no más te valdría estar muerto». Ésa voz.

Estiré los pies sobre la mesa y lo dejé hablar, hasta que fue gastando sus argumentos. Esos argumentos que yo ya conocía de sobra. Creo que llegó a aburrirse de mi actitud y mi cara de indiferencia. Al final, carraspeó un par de veces y murmuró una frase inacabada e ininteligible. Terminó por callarse, cruzándose de brazos, con una mueca de asco.

Yo dejé escapar un suspiro y me incliné hacia él. Permitiéndome una sonrisa victoriosa, le dije:

—Ahora ya sé quién eres… Sólo me falta saber quién soy yo.

Tormenta de verano

Ocurre, sobre todo, en verano. Una mañana cualquiera, uno ve venir un rebaño de nubes grisáceas por el horizonte y ya se huele lo que acontecerá después. El clamor de los truenos que las acompañan suele ser un buen indicador de la que se avecina. El cielo ruge y uno prefiere quedarse en casa, por lo que pueda pasar.

Una tormenta veraniega es un fenómeno que sucede sin mesura. Se oye hablar a los expertos, a la prensa, a las instituciones que estamos ante un fenómeno incontrolable y positivo. “La lluvia es necesaria”, dicen. “Vamos hacia la desertificación y sin la lluvia se secarían nuestros campos, nuestros huertos”, dicen. “La lluvia es vida”, dicen. Pero quienes dicen obvian que la lluvia en exceso y sin control es perjudicial, como todo.

De modo que, ahí vienen esas nubes. Ocupando el cielo. Ocupándolo todo. Desplegándose a tu alrededor. Invadiendo los cuatro puntos cardinales. Ensombreciendo el panorama. Un estruendo como de bárbaros entrando en batalla resuena como preludio de la debacle. Digamos que es uno de agosto. La temporada ideal para una tormenta de estas características. “Aquí hay sequía”, dicen y redicen, “el agua vendrá bien”.

Y estalla la tormenta: Comienzan a precipitarse desde la atmósfera densos gotones de tinto de verano, orina y vómito. Caen sobre nuestras cabezas. Los autóctonos se ponen a cubierto. Recogen sus bártulos y huyen de las orillas masificadas de las playas: “¡O la lluvia, o nosotros!”, gritan durante su éxodo. Pero la lluvia es imparable. No se detiene. Algunos hacen caja gracias a la tormenta. Otros ponen cubos para recoger algo de propina, para las épocas de sequía. La lluvia, ruidosa y furiosa, lo impregna todo. Los más perjudicados, los que han de cerrar sus negocios de gafas de sol y bronceadores, los que han de abandonar el paseo marítimo por el acoso de los truenos, hacen pintadas donde rezan: “Tormentas de verano go home”. O lanzan cohetes al aire con la esperanza de obligarlas a marchar. O toman los mandos de avionetas que rocían algún tipo de chemtrail.

Pero a la tormenta le da igual todo. La ha traído el viento y viene dispuesta a descargarse sobre la playa o la ciudad. No hay normas, no hay leyes que gobiernen este tipo de fenómenos.

Llega septiembre y escampa. Las nubes se marchan hacia el norte. La prensa habla de los beneficios que ha dejado la lluvia en forma de cifras. Los lugareños salen al sol a secarse la piel y la ropa. Tienen la extraña sensación de haber sido usados por la lluvia. Dedican un tiempo a achicar el agua de sus portales y a limpiar las calles tras la inundación. Suspiran y se encogen de hombros, sabiendo que el próximo verano traerá nuevas tormentas. Y que serán pasajeras.

Avistamiento

Estábamos en su comedor, hablando de algo poco importante. Ya te puedes imaginar, una conversación de treintañeros mantenida entre latas de cerveza, cigarrillos y una televisión encendida a bajo volumen, pero con conflictos armados e imágenes bursátiles de fondo. Yo no estaba muy pendiente del hilo, hipnotizado por el ritmo con que se encadenaban las malas noticias en esa pantalla.

Pero entre aquella nebulosa de voces, escuché que Jimena dijo: «Yo hace tiempo que no veo mariposas por la calle. ¿Vosotros habéis visto mariposas hace poco?».

La negativa fue unánime. Nadie sabía qué había pasado con las mariposas. Pablo saltó diciendo que eso era cosa de los pesticidas y de los productos con que se abonan los jardines de la ciudad y la mayoría le dio la razón. «Es como con las abejas. Nos estamos cargando el planeta. Cuando vengamos a darnos cuenta, seremos los siguientes». A todos nos quedó cierto sabor de boca a desazón al corroborar que, en efecto, la desaparición de las mariposas de nuestras calles era un hecho.

Me vinieron a la mente viejas experiencias que hace tiempo debieron colarse por el agujero del bolsillo de mi memoria. Me recordé sentado en el portal de casa de mi abuela, observando de cerca las hormigas y las mariquitas que se encaramaban a mis dedos. Recordé el modo magistral con que mi abuelo manejaba el matamoscas y cómo las veía caer, una tras otra. O la primera vez que encontré una muda de piel de serpiente. Y, por supuesto, me acordaba de las mariposas. Blancas. Sobre todo blancas, o amarillas, con las alas moteadas. Me embargó esta sensación de estar estropeándolo todo que a veces tengo sobre la Humanidad y sobre mí mismo. La charla derivó hacia otros derroteros más banales, así que al rato, cuando decidí irme a casa, ya me había olvidado por completo del asunto de las mariposas.

De hecho, no pensé más en ello hasta el día siguiente. Me desperté con la sensación de haberme soñado en forma de niño. No recordaba el sueño. Sólo tenía esa leve impresión de haber pasado la noche corriendo entre campos de naranjos. Casi podía oler aún a azahar y a la tierra que había ido removiendo bajo mis pies. Durante ese instante de duermevela y mientras se desvanecían los restos del sueño, añoré el tiempo de mi infancia, cuando mi imaginación era algo vivo y más grande que yo mismo. Cuando todo resultaba nuevo, sorprendente y mágico.

Me senté en la cama con intención de despejarme del todo y he aquí que encontré algo fuera de lugar, algo que no debía estar allí. Un pequeño bulto color ceniza yacía junto a mis zapatillas: Una polilla.

No tardé en salir a la calle en modo automático, como cualquier adulto que se dopa con cafeína desde bien temprano y pretende seguir al pie de la letra lo anotado en su agenda. Me movía entre cuerpos que seguían, a su vez, una dirección, un camino, un objetivo, un «no me puedo parar a saludarte, porque me esperan en tal sitio». Yo también caminaba con esa urgencia. Llegaba tarde a algún lado, aunque adónde sea lo de menos. Fue por eso que decidí tomar otra dirección, buscando atajar mis quehaceres, intentando robarle unos minutos al tiempo. Pero lo que encontré al doblar la esquina, minó bastante mi ánimo.

Me encontré en las puertas de un colegio, justo a la hora de salida de las clases. Es decir, decenas de padres y madres, policías dirigiendo el tránsito de vehículos y cientos de niños rodeándome. Un pequeño mar infantil moviéndose en todas direcciones, saltando, cantando, llorando, híper estimulados. Comencé a abrirme paso entre ellos, siendo consciente de sus miradas indiscretas o de su absoluta indiferencia.

De pronto, sucedió algo justo delante de mí: Una niña y un niño comenzaron a botar y a gritar. «¡Mira, una mariposa blanca! ¡Una mariposa blanca! ¡Mira, mamá!». No era posible, me dije.

La madre de los niños estaba charlando con otra y no reparó lo más mínimo en aquel fenómeno. Ni ella, ni ningún otro adulto de los que pululaban por allí. Tuve una visión clara: Posiblemente hacía mucho que ninguno de ellos contemplaba una mariposa en la calle. Ya no creían en las mariposas de la calle. Por eso no podían verlas. Eran invisibles a su mirada.

La pequeña no dejaba de celebrar a gritos la presencia del insecto, así que otros niños se sumaron como público a aquel avistamiento. Yo también me giré. Quería ser partícipe de aquella casualidad, de aquel momento inocuo e insignificante a ojos de un adulto. Quería poder contarles a mis amistades que yo también había visto una mariposa en la calle. En cierto modo, quería volver a ser niño.

Seguí la trayectoria de los dedos de aquellos críos. Seguí la trayectoria de sus miradas. El sol me golpeó en la cara, castigándome por tanto tiempo sin dirigir la vista al cielo. No veía nada. No podía ver nada. Sólo fachadas, tendidos eléctricos, antenas de televisión. Hasta que mi atención captó la danza de algo que se balanceaba sobre nuestras cabezas como un vulgar papel movido por el viento. Desconozco lo que tardé en devolver la vista al suelo. Era como estar en éxtasis.

Era realmente increíble.

Instrucciones para dar de comer a un gato

Piensa en esto, cuando te regalan un gato te regalan un pequeño infierno peludo, un calabozo hecho de maullidos, un supervisor de mirada inescrutable y cósmica.

No te dan solamente un gato, procura darle una buena vida y esperamos que no se te escape, que su madre era una gata callejera y, como todo el mundo sabe, esas cosas van en los genes. No te regalan solamente una mascota, a la que reservarás un espacio en tu propia casa: «Aquí es donde te daré de beber y aquí donde te dejaré el pienso y los restos de mi comida, aquí donde dormirás y aquí, en esta caja con tierra, donde harás tus cosas de gato».

Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben- un nuevo pedazo indómito y territorial de ti mismo, algo que es tuyo, pero no es tu cuerpo, algo que hay que sobornar y persuadir para mantenerlo cerca y con quien corres el riesgo de acabar mendigando amor doméstico ante su mirada impávida. «¿Qué quieres ahora de mí, humano?», parecerán decir esos ojos.

Te regalan la necesidad de darle de comer a diario, de barrer sus pelos a diario, de rascarle el lomo a diario, cuando él lo desee y lo necesite. Te regalan el miedo a que decida abandonar el hogar, a que pases noches echándolo de menos, hasta que una mañana regrese a casa con la semilla de más seres como él enraizada en su vientre, o colmado de cicatrices y heridas a causa de las riñas con otros gatos del barrio.

No te regalan un gato, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del gato.

[Inspirado en «Instrucciones para dar cuerda a un reloj» de J. Cortázar]

No me sirven en el electrobar

Relato ganador del Certamen de Relato Breve Fantástico de la Universidad del País Vasco (2014)

Hace unas horas que no discurre la publicidad por las lentes oscurecidas de mis gafas. Y eso mosquea. Es como si a uno ya lo dieran por muerto. Los vivos consumen. Los cadáveres se consumen.

Bajo a la primera planta de la calle Becario. Allí hay un electrobar y lo que yo necesito en este momento es un trago. Entro, ocupo un reservado. No me gusta que me molesten mientras bebo. Introduzco la tarjeta de créditos en la ranura y me quedo mirando las arrugas de mi camisa, mientras carga el menú. No consigo recordar el momento en que esas arrugas no estuviesen ahí. La pantalla, al fin, me ofrece las clásicas opciones. Ha sido una mañana difícil. Más de lo que sospeché anoche durante el insomnio. Demasiada burocracia, tengo los nervios chamuscados. Selecciono el menú premium. Necesito algo fuerte. Un Bourbon Shock o un Tequila Dead. Cogeré mis penas, les pondré unos buenos zapatos de cemento y las dejaré hundirse en un coctel de alcohol y calmantes. Decidido. Me decanto por el Bourbon Shock. Ejecuto la orden y antes de que me dé tiempo a estirarme la camisa, el barman, uniformado de amarillo y negro, se acerca a la mesa. Pero sin la bebida. Sin nada que depositar entre mis dedos sedientos. Trae una nota. Me da los buenos días y mientras examina las manchas de mi gabardina, se queda ahí parado. Mirándome como a un enchufe roto. Sin atreverse a decir lo que acaba diciendo:

―Ésta es su comanda, pero… ¿Está usted seguro, caballero?

―Muy seguro. Tráigame esa copa.

―Bueno… Hemos examinado su cuenta. Creo que usted ya sabe… que no da el perfil de cliente.

―Hasta ayer yo era inspector de la policía de la Red. Muéstrame un poco de respeto y tráeme lo que he pedido.

―Señor, sintiéndolo mucho, la casa tiene normas rigurosas sobre clientes… en su situación.

―Ni se te ocurra menospreciarme o es lo último que haces, chaval…

Miro en derredor. La gente de las mesas cercanas nos mira. Estamos dando el espectáculo. Esto está mal visto en cualquier electrobar que se precie. ¿En qué momento un bar dejó de ser el lugar ideal para dar la nota? A mí, ya, casi todo me da igual. Excepto lo de que no discurra publicidad por mis lentes. No sé por qué, pero eso me inquieta realmente.

El barman de amarillo y negro me extiende una sonrisa y con un gesto de su brazo me invita a irme del local, mientras dice:

―Señor…

Y yo puedo leer en su sonrisa de buen barman lo que oculta en sus pensamientos. Siente lástima y vergüenza. De mí. Me levanto, olvidando las arrugas de mi camisa y las arrugas, -también imborrables-, de mi vida, y le sacudo un empujón con el hombro, al pasar. Qué se habrá creído. A cuantos críos como ése habré salvado de las garras de los filohackers en cuarenta años de servicio. Salgo a la calle a llenar mis pulmones con ese olor a desinfectante. Vayas donde vayas, lo hueles. Y, al llegar a casa, más de lo mismo, porque tu piel sigue oliendo a esa porquería.

Sin saber bien adónde ir, me dejo caer calle abajo. Los neones volvieron a ponerse de moda en algún momento a mitad de década. Me debió pasar desapercibido. Ahora componen unas curiosas alambradas de colores, de manzana en manzana, que también sirven de radiador en días fríos como éste.

Cuarenta años en el cuerpo. Ir a trabajar puede ser un vicio, como cualquier otro, si ese trabajo compensa químicamente al cerebro de alguna manera. Hoy, al hacer inventario de mis cosas, me sorprendió tener tan pocas pertenencias. Como si yo mismo hubiese ido borrando el rastro de mi propia existencia. Unas gafas de sol que parecían de mujer, un mechero de gasolina y un pequeño diario de papel, en el que no había más que garabatos y frases sin sentido como: «Los lunes siempre amanece temprano» ó «El jefe se la menea en el cuarto de baño». Como si todos estos años se resumieran en uno o dos intentos de comprobar que el boli aún pinta. Ése era todo mi botín. Ninguno de esos objetos hablaba de mí. Así que tomé el encendedor y dejé allí lo demás.

Al llegar al bulevar, descubro que debe estar al caer la navidad. Hay hologramas por todos lados con la imagen de Santa Claus y altavoces escondidos que emiten un “Ho, ho, ho” en bucle y a ritmo de jingle. La gente camina con más prisa y más bolsas bajo el brazo de lo habitual y eso también es una pista. Éste es un barrio obrero, donde no abundan los créditos, pero puedes ver el dinero fluir inquieto, de tienda en tienda. Con vigilantes de seguridad con pinta de mercenarios en cada esquina, para prevenir los robos. A mí me solía gustar esta época del año. No por las luces rojas, ni por los anuncios de turrón discurriendo por mis lentes. Sino porque esos días, en casa, intentábamos fingir que todo iba bien. Y, en ocasiones, cuando finges algo durante un tiempo, puedes llegar a creer que es cierto. Al final, lo único cierto es que ella se quedó con la niña, la casa y todos los artilugios electrónicos. Ahora me exprimo los zumos a mano y tampoco se me caen los anillos. En el reparto de bienes me tocó quedarme con el perro. Lo acepté. Fuji, se llamaba. Y digo, se llamaba, porque un día al volver a casa, descubrí que había roto una ventana y se había largado, como el resto de la familia. Fue lo mejor. Nunca llevé muy bien lo de acordarme de echarle de comer.

Sigo caminando, dirección sur, y lo cierto es que no resulta fácil distinguir dónde acaban los grandes almacenes y dónde empieza el barrio. Sólo hasta que llego al bloque de edificios D del barrio de Estraperlo, caigo en la cuenta de que Marga vive en la tercera planta de esta misma calle. Pienso que mejor será que no, pero luego pienso que no tengo nada mejor que hacer el resto de la tarde y busco el ascensor más cercano para subir a la tercera planta de la calle, al bloque D, portal XVIII, octavo C. Paso el dedo por el sensor del timbre y un enorme ojo deformado asoma por la lente.

―Abre Marga, soy yo.

La puerta se abre y Marga sale a recibirme con unas mallas, camiseta rosa deportiva y una cinta en el pelo. Está sexy, pese a su edad y pese a que sus curvas ponen a prueba la resistencia de la ropa ajustada.

―¿Tú? ¡Cuánto tiempo! ―dice, y por la mueca de su cara no sé si lo dice como un reproche o porque realmente se alegra de verme.

Se hace a un lado para dejarme pasar y yo me doy prisa en entrar. Hace un frío del carajo fuera.

―¿Ibas a algún lado? ―pregunto.

―Sí, salía a correr, ―dice, mirando la hora―. Siempre salgo a correr a las siete. Hay un tipo en el parque con el que siempre coincido y así aprovecho para dar un servicio en mitad de la marcha. Dos pájaros de un tiro.

―Venía por si tenías hueco para mí.

―Para ti siempre hay hueco, cariño, ―dice y suelta una carcajada y me acaricia la oreja de un modo tierno―. Espera, que cojo el lector de tarjetas y estoy contigo.

Regresa igual que antes, cinta en el pelo incluida, sólo que sin las mallas. Lanza el lector sobre la cama. Se da la vuelta. Me enseña el culo y me dice:

―¿Puedes mirarme este bultito que tengo aquí?

Me acerco. Me señala la zona donde su espalda termina. En la parte superior, donde se unen sus glúteos, tiene un hoyuelo al que tengo el gusto de conocer. Sobre el hoyuelo, un lunar.

―Es un lunar ―digo.

―¿Sí?

―Sí.

―No sé, está abultado. Creí que era una verruga.

―Es un lunar.

―Vale, gracias por el reconocimiento médico, doctor ­―ríe―. Ya sabes cómo va esto. Primero los créditos y luego todo lo demás. Te haría un descuento, pero ya es horario nocturno ―dice, mirando de nuevo la hora― y no veas cómo se ponen luego en el sindicato, si vamos por ahí haciendo rebajas.

Suelto un suspiro y saco la tarjeta. La introduzco en la ranura. Ella sonríe, como sonríe siempre que le transfiero algunos de mis créditos a cambio de sus servicios. Luego, lee algo en la pantalla del tarjetero que le cambia la cara.

―¡Será una broma! ―dice, mostrándome la pantalla.

―Es lo que es.

Me mira disgustada, pero luego su mirada se vuelve extraña, comprensiva, diría que hasta maternal. Se sienta junto a mí en la cama. Me acaricia la rodilla. Me pregunta:

―¿Qué ha pasado?

―Me han jubilado hoy.

Me acaricia el pelo, mientras me mira, como si no hubiera escuchado lo que acabo de decir. Me acaricia y me observa como si yo resplandeciese, como si fuera un ser hermoso y ella viera esa belleza por primera vez, como si fuera un ángel triste, como si fuera un dios exhausto.

―Me han jubilado ―repito.

―Ya te he oído.

―Y no discurre publicidad por mis gafas desde hace horas. Es raro, ¿no?

Marga asiente con la cabeza y con los ojos cerrados.

―Mira, no puedo darte este servicio ahora mismo. Estamos en horario laboral y hay unas normas. El sindicato no me pasaría esto por alto. Pero pásate esta noche, y hablamos, y lo que haga falta… por un amigo, lo que haga falta.

Y mientras dice eso, su mano se acerca peligrosamente a mi duro corazón. Lo asumo. Ya estoy fuera del juego. La vida sigue y me deja atrás. Ya no puedo seguirle el ritmo.

―No sé… No sé qué voy a hacer para matar el rato durante lo que me queda de día.

―Yo, ―dice ella, poniéndose en pie y yendo a buscar sus mallas―, voy a ver si aprovecho y aún llego a tiempo para pillar al tipo del parque. No es que sea un caballero como tú, pero hijo, hay que comer.

Me levanto de la cama. Me guardo las manos en los bolsillos de la gabardina. Le digo:

―Lo entiendo. Oye, ¿no tienes nada por ahí para subirme el ánimo? No han querido servirme en el electrobar.

―Lo siento cielo, ―dice, casi obligándome a ir hacia la puerta―. No creo que sea buena idea. Vente esta noche. Abriremos un par de botellas de vino.

―Déjalo, ―digo, y salgo de allí sin despedirme.

No me gustan las despedidas. Marga es lo más parecido al único amigo que me queda tras todos estos años. Puede que eso suene triste, pero en realidad resulta casi un alivio. Y no es que no quiera verla más tarde. Podría aceptar su invitación, emborracharnos, descansar la cabeza sobre su estómago desnudo. Pero me costaría olvidar que ya soy un extraño para el Sistema y para todos los demás. Un paria. Y ninguna mujer se acuesta con un paria por amor. Ni siquiera por créditos. Tal vez sólo por lástima. No quiero piedad. Ni siquiera la de Marga. No merezco piedad. Yo no la tuve con nadie en todos estos años de servicio. Va en contra del Código Ético.

Sigo caminando, dejándome caer por la pendiente de la calle, hasta que el olor a desinfectante va desapareciendo y comienzo a oler el mar. Acabo de llegar al puerto. Tengo la impresión de que hoy todo está más lejos. O quizá sea yo. Quizá esté dando pasos más cortos, más pesados. Frente al puerto hay unos bancos, donde los jubilados -como yo- se sientan y pasan el día contemplando el ir y venir de las embarcaciones de pesca. Casi todos los bancos están desocupados, así que elijo uno para sentarme, el más soleado.

El estruendo de las grúas y las máquinas se escucha por todos lados. Golpes de martillo, cuyo eco viene rebotado desde algún lado. Voces de hombres trabajando. Hombres que pasarán el día rumiando lo poco que les gusta su trabajo, hasta el día en que los echen. Prestando algo de atención, también se escucha el rumor del mar y a las gaviotas. Hoy debe ser martes, pero para mí, en adelante, todo se reduce a un tedioso domingo. Una mujer asiática se cruza por mi campo visual paseando a su hijo pequeño. Tiene rasgos delicados y el pelo muy largo. Me resulta bonita. Su hijo va dando pequeños bandazos en cada paso, intentando controlar la cuestión del equilibrio. No tengas prisa por correr, hijo. Luego todo pasa muy rápido… Estoy hablando como un viejo. Peor aún: Estoy hablando como un muerto. Pero es que reconozco en el niño a mi antítesis: Inocente, ignorante, lleno de posibilidades. Con sólo ponerme en su pellejo, me inunda algo parecido a la felicidad por la felicidad. Un sentimiento que saboreo con extrañeza, como un sabor de boca que no se repetía en décadas.

Me saco un cigarro del bolsillo, con el que quitarme ese sabor. Hay un mensaje sobre la superficie del paquete que advierte que «Fumar mata». Ya estás tardando, le murmuro al paquete. Saco el mechero de gasolina, lo enciendo y doy una profunda calada, mientras las papilas gustativas me hacen chiribitas. El humo que asciende se queda pegado a mis gafas. Me las quito, les echo el aliento y limpio las lentes con las faldillas de mi camisa arrugada y, al ponérmelas de nuevo, suelto un taco por la sorpresa agradable que me llevo: Funcionan. Sólo tengo las lentes un poco estropeadas, habría que cambiarlas. Presiono sobre la montura hasta lograr una imagen definida y sin interferencias. Compruebo que tengo más de doscientos anuncios a la espera de ser vistos:

«Una amplia selección de rituales funerarios para su último día en la Tierra: entierro tradicional católico, incineraciones exprés, rito budista zen y nuestra novedad: La pira vikinga. Confíe en nosotros para ayudarle a cruzar “al otro lado” ». «¿Tienen deudas pendientes con usted y AÚN no las ha cobrado? Entre a Última Oportunidad, nuestros expertos cobradores se asegurarán de ajustar cuentas por usted».  «¿Aún no ha hecho testamento? ¿Y a qué espera? Su Albacea on line. No deje para mañana, lo que debería estar haciendo en este momento». «Esteticistas fúnebres Edén: tratamientos de rejuvenecimiento, cirugía estética post-mortem. 100% de clientes satisfechos. Entre en nuestra web. Lucirá como un vivo, dormirá como un muerto…».

Ya me resultaba extraño. Pensaba que me subiría el ánimo comprobar que los anuncios aún están ahí, que aún me consideran un cliente potencial. Que aún estoy en el Sistema. Pero no. No me alegran demasiado. Es odioso que el día y la hora exacta de tu muerte sean de dominio público. Que te bombardeen de publicidad, recordándote que te vas a pudrir en breve, y que no te quieran servir en el electrobar porque tienen una estúpida política sobre moribundos colocados. Es nuestro último día, un poco de compasión… No, compasión no. Ni su piedad, ni su compasión. Me quedan diez horas, veintisiete minutos y diecinueve segundos para abandonar este mundo por fallo cardíaco. Ya es tarde para cambiar.

Diecisiete.

Dieciseis.

Quince.

Me quito las gafas, doblo las patas y las dejo cuidadosamente a mi lado. Luego miro al mar, de este a oeste. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que me detuve a observar el mar? Mis ojos lo ven borroso, pero mi cuerpo lo siente vibrar. Es increíble. Tiene fuerza y armonía. Es como una obra de Wagner, Beethoven o alguno de esos compositores a los que nunca llegué a distinguir. Una música eterna, hecha de olas, corrientes, monstruos marinos. Fantaseo con lo grandioso que sería sumergirse en la espuma, bajo una orquesta de vientos, relajar los músculos, dejarse arrastrar por el agua, mientras los arcos arañan las cuerdas. Olvidar. Perdonarse a uno mismo, a lo largo de un pianissimo in crescendo.

Salir flotando del Sistema. Haciendo el muerto sobre las olas.

Desaparecer.

Mala conciencia

[Este relato es la secuela del relato titulado «Puta suerte», que forma parte del libro Negra, fría, dura y en tu boca]

Me había prometido a mí mismo no volver a pisar aquel barrio.

Durante un par de meses me mantuve alejado, escondido en la pensión más barata y menos higiénica de Aluche. Al principio, no sabía qué era lo que me retenía allí. ¿Por qué no andaba ya tomando el sol en alguna playa de Cuba o Puerto Rico? En su momento, me dije que usaría el dinero para cambiar de vida. Pero es más fácil decir algo, que hacerlo. Cuando uno siempre ha sido un gusano y no una mariposa, no es sencillo el tránsito de convertirse en un capullo. Todo lleva su tiempo. Para empezar, había comenzado a beber vino de más de tres euros la botella y estoy seguro de que mi hígado lo agradecía. Y, bueno, no era cierto del todo que no hubiera cambiado. Al menos, en apariencia: Me había comprado un par de pantalones nuevos, algunas camisas de cuadros, un jersey y una chaqueta de pana, y me había dejado crecer la barba. Ahora, más que un sintecho parecía lo que llaman un hípster.

El caso es que volví. Es cierto eso que dicen, lo de que el criminal siempre vuelve al lugar del crimen. No había necesidad, pero volví. Por el Sarnoso. Ese viejo drogata siempre fue como un padre para mí. Corrijo: No como un padre, pero sí como un hermano mayor o un padrino. Él me acogió en los peores momentos, compartió conmigo lo poco que tenía como ningún yonqui habría hecho (jamás, jamás me robó nada, aunque supongo que tampoco había mucho que robar), me libró de mil peleas con otros habitantes de las calles y evitó que cayera en su propia adicción. Es decir, me protegió de mí mismo. Lo último que supe de él es que andaba metido en líos por una pequeña gran deuda de ochenta euros con la gente equivocada. Ochenta euros. ¿Te lo puedes creer? Por ochenta cochinos euros. En mi vida anterior, ochenta euros daban para unos cuantos lujos. Ahora me parecía una cosa absurda, una gran injusticia, que alguien pudiera meterse en problemas por esa cantidad. En fin, así es la vida. El dinero te dice quién eres.

Aquella era una de esas mañanas en las que el jardín del Este apestaba por culpa de un abonado reciente. Cuántas mañanas había despertado yo impregnado de ese hedor. Incontables. Éste estaba siendo un otoño agradecido. Era noviembre, pero hacía bochorno y la chaqueta me sobraba, parecía querer descolgarse de mis hombros. Paseé sin rumbo, sin saber muy bien adónde dirigirme. Sin quitarme las gafas de sol, entré al bar del Chencho. A veces nos dejábamos caer por aquí a mendigar unas monedas para nuestros respectivos vicios. Pero aquella mañana, allí no había más que un vulgar oficinista trajeado, el dueño del bar y el chico del reparto de bebidas. Pedí un carajillo en la barra y el Chencho se me quedó mirando, con la sospecha de conocerme de algo atravesada en los ojos. Hice como que leía el periódico, aunque sólo sobrevolaba los titulares, sin darles la menor importancia. Me importaba un carajo el resto del mundo. En estos cuarenta y tres años yo le importé un carajo al resto del mundo, así que nuestro desamor era recíproco.

Salí a la calle y me encendí un Chester. Los pájaros trinaban con fuerza sobre el rumor de los coches que pasaban, de los inmigrantes que hablaban por teléfono a gritos y del martilleo constante de unas obras. Tal vez los pájaros siempre estuvieron ahí, desgañitándose por hacerse oír por encima del ruido mundano de las calles. Pero hasta aquel momento yo no había sido consciente. Me dejé embriagar por aquel sonido. Era delicioso. La vida puede ser deliciosa cuando no has de preocuparte por tus necesidades más primarias…

Me estaba engañando. Sabía adónde debía acudir si quería encontrar al Sarnoso. Pero me daba miedo. Miedo de llegar allí y no encontrar más que un despojo, una carcasa de hombre, un cuerpo sin alma. Alguien con un único deseo: Colocarse y, secretamente, alcanzar el sueño de los justos tras un último pico demasiado puro o demasiado adulterado. ¿Y si daba con él y ya no me reconocía? ¿Y si cogía la pasta que yo le iba a ofrecer y la gastaba en un billete, sólo de ida, al país de Nunca Jamás? ¿Y si, en lugar de ayudar, mis buenas intenciones acababan por sacarlo del camino definitivamente?

Como fuese, tenía que ir. Éste podía ser mi primer acto altruista en mucho tiempo, motivado desde luego por mi mala conciencia. Me había salido de dentro, así que me obligué a ello.

Eché a andar hacia el polígono por calles frías, ensuciadas por contenedores a rebosar y grafitis mal hechos. En algún momento del trayecto, sentí que me observaban. Había ojos clavándose en mí, así que evité girarme para comprobarlo y apreté el paso. Caminé hasta llegar a la fábrica de cerveza abandonada. Tras la valla sólo parecía otro santuario capitalista en ruinas. Piel muerta en la fea cara de esta ciudad. Pero yo sabía bien qué clase de gente se escondía de la sociedad ahí dentro. Los conocía. Antes me daban rabia, ahora sólo me daban lástima. Di con una abertura apropiada al final de la valla. Pese a la buena vida, aún me conservaba bastante flaco. Conseguí entrar al recinto. La puerta de la antigua oficina estaba abierta y cedió rechinando y arrastrando polvo al girar el picaporte.

Primero, un silencio de camposanto y una oscuridad a la que mis ojos tardaron un poco en acostumbrarse. Luego, gemidos de fondo, cristales crujiendo bajo mis suelas, la tos lejana de alguien, olor a meados. Gente tirada como fardos, repartidos en sucios sacos de dormir. Parte de mi pasado reflejado en este retrovisor. Caminé por el centro de la estancia, alejado de las paredes. Si hubiera podido flotar, lo habría hecho con tal de evitar el contacto con el suelo. Iba examinando los bultos, buscando las greñas canosas de mi compadre. Hasta que algo me hizo detenerme. Y no fue el Sarnoso.

Maruja.

Estaba allí tirada, temblando. Aquel culo enorme y celulítico, venido a menos. No había duda. Ella no me había visto. No habría podido verme aunque quisiera. Por un momento, quise olvidarme de ella y seguir andando. Pero algo me retuvo. ¿Remordimientos? ¿O qué era esto? Sensaciones nuevas para mí. La compasión es un lujo que sólo puede permitirse el que tiene algo que ofrecer. Me agaché y le acaricié el pelo sucio y enredado. No parecía estar durmiendo, pero tampoco parecía estar muy consciente. En un sueño de amapolas, supuse. «Maruja», la llamé. «Eh, Maruja, soy Martín». Entreabrió los ojos y los volvió a cerrar. Se le escapó una sonrisa que se deshizo en un instante. Balbuceó algo sin sentido, y yo pensé que aún no me habría reconocido, podía largarme y dejarla allí. Pero no. Hice que sacara fuerzas de dios sabe dónde, cargué con su gordo culo y la saqué de aquel sitio. No esperaba que me lo agradeciera. No esperaba nada de ella.

Cuando se despertó estábamos en mi cuarto, en la pensión. Me había entretenido desinfectándole los picotazos y fumando un cigarrillo tras otro, y el ambiente de la habitación estaba viciado. Descorrí las cortinas y abrí un poco la ventana en cuanto la escuché toser. Le ofrecí un vaso de agua y, casi sin voz, me dijo que no. «¿Tienes vino?». Le dije que sí con la cabeza y sonreí. La gente no cambia, o al menos sus vicios. Le serví de un Ribera que tenía abierto y lo bebió con alivio. Yo me serví otro.

Un par de tragos después, recuperó la memoria y empezó a insultarme de un modo lastimero. De pronto, parecía recordar mi traición. Que si hijo de puta esto, que si malnacido lo otro… Empezó a gemir y luego a llorar con la respiración entrecortada. Me acerqué a intentar tranquilizarla y, aún con los efectos de la droga en su cuerpo, me metió una hostia en la cara con la manaza abierta.

―Vale, lo entiendo, ―suspiré.

―No entiendes nada… ¿Tú sabes lo que aquel niñato asqueroso me hizo? ¿Sabes la paliza que me metió cuando vio que no volvías con el dinero? No tienes ni idea, hijo puta.

Así siguió un buen rato. Encadenando reproche tras reproche. Hasta que se cansó y volvió a llorar, volví a rellenarle la copa, volvió a insultarme… Se produjo un pequeño bucle, que sólo se quebró cuando le metí la lengua en la boca, nos desnudamos con urgencia y nos metimos en la cama.

Fue un polvo horrible. La desgana del adicto por su parte y una evidente falta de pasión por la mía. Al menos nos frotamos las pieles con otro ser humano por un rato. Parecía que, después de todo, echábamos de menos algo de compañía. Ella tembló como tiembla siempre que se corre, pero le debió saber a poco porque, aún con la respiración agitada, dijo: «Ahora necesitaría un pico». Le lancé un cigarro, pasando de su comentario. Se me ocurrió preguntarle:

―¿Sabes algo del Sarnoso?

La mirada se le cayó al suelo y comprendí. Puta vida. La única parte positiva de morirse es que es la mejor forma que conozco de librarse de las deudas. Temiendo que hubiera sido provocado, pregunté también:

―¿Cómo?

―Le falló el hígado. Dijeron que por las drogas. Alguien avisó y los de emergencias vinieron a recogerlo a la cervecera. Yo creí que iba de jaco hasta arriba, pero llevaba muerto un par de días. Si lo hubieras visto cuando se lo llevaron… aún estaba guapo después de dos días fiambre.

Era cierto. Si algo caracterizaba al Sarnoso es que debajo de aquellas pintas de yonqui desaliñado, debajo de su expresión huraña y taciturna, debajo de aquel rostro maltratado, había ángulos bien proporcionados y cierta simetría. La suya era la cara de un viejo yonqui atractivo. En otra vida, podía haber sido modelo, o a lo mejor cantante. Quizá fue por el shock: Quería llorarle, pero no me salían las lágrimas. Qué coño, el Sarnoso había tenido una vida… a su manera.

Bien, al parecer ya no había deudas que zanjar, ni viejos compadres a los que sacar de un apuro, el problema ahora era otro. El problema ahora se llamaba Maruja. Ella, claro está, al tener un orgullo mayor que el diámetro de sus caderas, no aceptaría jamás mi ayuda… Quizá sí aceptaría algo de dinero para picarse. Ése era precisamente el problema. No podía dejar de pensar en qué habría pasado si hubiera vuelto a por ella, si no hubiera sido tan egoísta y tan cobarde. De no haber hecho lo que hice, ella ahora no estaría metida en la mierda como estaba. Antes era una alcohólica. Ahora jugaba en otra liga. De seguir así, un día acabaría saliendo de la cervecera dentro de una bolsa, como el Sarnoso, como todos los demás. No sabía yo que mi problema encontraría su solución de la forma más drástica…

Se calzó las bragas, ese sujetador enorme y el vestido medio descosido que siempre llevaba puesto, y se levantó a mear. Yo también me vestí. No esperaba que volviera a darse aquella repentina explosión de amor. Cuando salió del lavabo, alguien llamó desde el otro lado de la puerta. Imaginé que sería el dueño de la pensión. Aún le debía el mes de octubre. Se había pasado ya un par de veces a recordármelo. Le ofrecí una sonrisa a mi partenaire e hice un gesto de “tranquila, yo me encargo”.

Abrí la puerta y el tiempo se detuvo al escuchar el grito de Maruja y el cañonazo de después. Un disparo retumbó por todo el cuarto y creí que mi corazón se iba a quedar ahí, en ese último latido. Escuché el sonido sordo que hizo el cuerpo de Maruja desplomándose en el suelo. La habitación se llenó de ese olor a metal quemado. Me resistí a mirar detrás de mí. Había litros de dolor conteniéndose en mis lagrimales. La mandíbula apretada con la presión de un cascanueces. Dos neonazis, uno bajito y otro enorme, al que recuerdo que llamaban Motopico, obstaculizando mi única salida. El enano, aquel pequeño mongólico discípulo de satanás sonrió falsamente y dijo:

―Hola pordiosero, ¿te acuerdas de nosotros?

Aquel aliento apestoso. Aquellos músculos con piernas de retaco. Las venas abigarradas de su frente. Me acordaba muy bien de aquel gilipollas.

―Vaya. Siento lo de tu amiga. Ya se lo advertí una vez. Mi puño americano se lo advirtió. Sabía que estabais juntos en esto.

Me mordí la lengua. Me mordí las paredes de la boca. Todo mi cuerpo era un sangrante mordisco en ese momento. El alto simuló hacer pucheros apretando los labrios. El otro imbécil canturreó:

―Creo que la última vez te llevaste algo que era nuestro. ¿Nos lo devuelves?

―¿Tu virginidad anal? ―dije, con cara de jugador de póquer arruinado―. No, lo que se da, no se quita…

Otro disparo. Éste, además de provocarme un pitido permanente en el oído, me produjo cierto calor en el vientre. Enseguida, una sensación de humedad, de encharcamiento. Mis piernas flaquearon. Me vi en el suelo un parpadeo después. Las botas de esos skins sobrevolaron mi cabeza. Me cayó un escupitajo en la mejilla por parte del pequeñajo. Y un comentario:

―Llevamos días siguiéndote. Sabemos que no tienes ningún otro escondite, así que el dinero tiene que estar por aquí. No nos digas dónde, será más divertido si lo encontramos nosotros.

Mientras me desangraba en el suelo, pensé en lo irónico que era todo aquello: El dinero ahora me importaba una mierda y mis buenas intenciones no habían hecho más que atajar el final de Maruja. Si alguna vez sentí estima por alguien, lo de ella o el Sarnoso había sido lo más parecido. Ya era hora de que la mala suerte de los otros me alcanzara y acabara conmigo. Desangrándome un poco más en cada movimiento, me arrastré hasta que logré pegar mi pecho a la espalda de Maruja y mi pelvis a sus hermosos glúteos. El suelo era un lienzo en el que se mezclaban su sangre y la mía. La rodeé con el brazo por la cintura, como cuando dormíamos juntos en la calle.

Cerré los ojos, a esperar el sueño definitivo. Uno de esos idiotas empezó a silbar una canción de Rafaela Carrá, mientras revolvía en mi cuarto y vaciaba mis cajones. Con esa música de fondo, me fui sintiendo más y más leve. Para evadirme del dolor, comencé a fantasear con esas playas paradisíacas que nunca llegaría a conocer. Me imaginé sobrevolando sus palmeras, sus chiringuitos, sus aguas turquesa.

Yo seguía desangrándome sobre el piso de aquella pensión de mala muerte, era consciente.

Pero casi podía flotar.