Uno que sangra

Ahí lo tienen. Es Juan Cafeína. Escritor y poeta anónimo. No porque carezca de nombre, sino porque no lo conoce ni Dios. Sólo es otro escritor olvidable y prescindible. Él lo sabe. Los demás, la gente que lo rodea en aquel garito de luces cenitales color añil, no tienen la mínima sospecha de esto. Porque ninguno de ellos vive dentro de su cabeza.

Está ahí, dando sorbos a una cerveza templada, apoyado contra una de las columnas, como si la función de la columna, más que sostener el techo, fuera la de sostenerlo a él. Dentro de su cabeza se está gestando una tormenta emocional.

Está pensando. Pensando en el tipo que hay frente a toda esa congregación. El tipo que los tiene a todos en silencio y a la espera, incluso a él: El poeta.

Lleva rato pensando en las facciones de aquel hombre. Desde que vio su cara en el cartel que hay pegado en la puerta. Su cara. La del poeta. No considera que tenga cara de poeta. Más bien de actor revelación, o de cantante pop, o de maître de un buen restaurante. De ésos en los que siempre hay señoronas sentadas en sus terrazas, trasegando aguas de Vichy y sosteniendo largos cigarrillos. La clase de sitios que ni Juan frecuenta, ni le invitan.

La cara del poeta ha estado empañando sus versos, o tal vez hayan sido los versos los que han empañado la cara del que declama. Para Juan hay un poeta en la sala, pero no hay poesía en la sala.

Lo que sí que hay son teléfonos móviles que suenan a destiempo, alguna carcajada producida por un verso chistoso, algún comentario hecho en voz demasiado alta y algún eructo desconsiderado.

El rostro de un poeta, o al menos de un poeta que merezca la pena, −se cuenta Juan a sí mismo, como si tratara de sentar algún tipo de cátedra acerca de la relación entre el rostro de un escritor y su calidad literaria−, suele tener rasgos que evidencian lo frágiles que son estos seres: El brillo de la ignominia en la pupila o una discreta sonrisa cínica.

Esto no implica que las facciones de un poeta deban ser delicadas. Al contrario, a veces suelen ser muy rudas. La fragilidad se oculta mejor bajo una gruesa capa de arrugas o bajo una piel marcada por las cicatrices. A Juan le viene a la cabeza la imagen de Hemingway. Hemingway era todo un poeta aunque se dedicara más que nada a la prosa. Hemingway era un tipo duro. Y no era el único: Rimbaud, uno de los poetas más importantes de la lengua francesa (tal vez el Poeta de la lengua francesa) abandonó la literatura a los diecinueve para enrolarse en la milicia holandesa y, más tarde, se hizo traficante de armas. O, ¿por qué no Bukowski? Aquel viejo indecente con el rostro menos agraciado de la poesía norteamericana, de quien escribiera cierto psicólogo perteneciente al ejército: “Oculta una extrema sensibilidad tras una cara de póquer”.

La cara, la cara… Pero, ¿y la poesía? Juan sabe qué es la poesía. La sabe reconocer porque cuando se la encuentra en un libro, o cuando la escucha de boca de alguien, siente como si trataran de envolverle el bazo en papel de aluminio. La poesía de verdad quema. Y él, en ese momento, se siente frío como un cadáver.

Por eso tiene la otra mano −la que no está ocupada con la cerveza− dentro de un bolsillo de su chaqueta. Por el frío. A ratos, la saca de allí, la arruga formando un puño, la lleva a su boca y sopla.

El público, tras cada intervención del poeta −o mejor dicho, tras cada silencio prolongado−, estalla en aplausos. Da igual que el susodicho, el del cartel de la puerta, el del escenario, se limite a decir:

Agua.

Pan con pan.

Comida de sabios.

Que cada uno

tire con lo

suyo.

Yo tengo

lo mío.

Pan con pan.

Agua.

 

Que la gente aplaude con entusiasmo. Lo vitorean. Y Juan se siente más y más frío por momentos. Intenta ejecutar unas palmadas que acompasen a las del resto, para que nadie llegue a sospechar lo que anda pensando, pero es reacio a soltar el botellín.

Uno de los puntos clave −cree desentrañar Juan− es el modus recitativus de aquel tipo. El del escenario declama, como si estuviera a punto de morir. Como si estuviera dictando testamento a través de un micrófono. Su voz -pausada, grave- parece provenir de una gruta submarina. Y eso, a él, le da que pensar. Porque hay chicas sentadas en primera fila, atendiendo con los ojos como platos a cada palabra que sale de la boca de aquel tipo.

Ellas dicen: ¡Genial! o ¡Qué bueno! después de cada silencio significativo, en el turno de aplausos. Eso a Juan le preocupa. Porque no sabe si su frialdad se debe a algún tipo de apatía que le impide empatizar con el poeta, a la pura envidia o a que, simplemente, allí no hay poesía por ningún lado.

Juan da un par de sorbos más a su cerveza y la abandona allí mismo. «Está caliente», se convence a sí mismo. «Y yo estoy helado». Se va del bar, cuando el poeta anuncia su antepenúltimo poema. Sale de allí, con ese malestar pegajoso detrás de las orejas, perdiéndose entre las callejuelas más oscuras que encuentra a su paso. Él sabe lo que es poesía. Lo que no sabe es cómo traerla a este mundo sin que sufra demasiados daños.

Nota un pinchazo, tras las costillas. Tiene los pulmones encharcados en tristeza barata, en melancolía de bazar. ¿Qué le ocurre? ¿Acaso es que lamenta que haya demasiada gente que no se preocupa del dolor del poema? Sí, lo lamenta. Todos esos poetuchos trayendo al mundo esos hijos bastardos y feos. Y hay quien, encima, lo aplaude. Aplauden el dolor.

Camina entre contenedores, convenciéndose a sí mismo de que va a dejar de escribir poesía. Llega a su portal y lo declara en voz alta, rodeado de nadie, a lo Allan Poe: «¡Nunca más

Luego, entra al apartamento. Acaricia al gato. Se prepara un sandwich. Toma una antología poética de su escritorio, la hojea por encima y pone jazz en la minicadena: The best of Baker. Al rato, se sienta y caldea sus manos con su propio aliento. Enciende el ordenador. Abre un documento nuevo y plasma todo ese revoltijo de emociones que lo recorren en un poema.

Uno muy malo. Uno que sangra.

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1 comentario

  1. Lapetitechinoise dice: Responder

    ¿Conozco a Juan? Creo que no, pero a ti si. Muy chulo, me encantó. Creo que es una sensación bastante compartida entre poetas o futuros poetas. Chapeau!

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