Tormenta de verano

Ocurre, sobre todo, en verano. Una mañana cualquiera, uno ve venir un rebaño de nubes grisáceas por el horizonte y ya se huele lo que acontecerá después. El clamor de los truenos que las acompañan suele ser un buen indicador de la que se avecina. El cielo ruge y uno prefiere quedarse en casa, por lo que pueda pasar.

Una tormenta veraniega es un fenómeno que sucede sin mesura. Se oye hablar a los expertos, a la prensa, a las instituciones que estamos ante un fenómeno incontrolable y positivo. “La lluvia es necesaria”, dicen. “Vamos hacia la desertificación y sin la lluvia se secarían nuestros campos, nuestros huertos”, dicen. “La lluvia es vida”, dicen. Pero quienes dicen obvian que la lluvia en exceso y sin control es perjudicial, como todo.

De modo que, ahí vienen esas nubes. Ocupando el cielo. Ocupándolo todo. Desplegándose a tu alrededor. Invadiendo los cuatro puntos cardinales. Ensombreciendo el panorama. Un estruendo como de bárbaros entrando en batalla resuena como preludio de la debacle. Digamos que es uno de agosto. La temporada ideal para una tormenta de estas características. “Aquí hay sequía”, dicen y redicen, “el agua vendrá bien”.

Y estalla la tormenta: Comienzan a precipitarse desde la atmósfera densos gotones de tinto de verano, orina y vómito. Caen sobre nuestras cabezas. Los autóctonos se ponen a cubierto. Recogen sus bártulos y huyen de las orillas masificadas de las playas: “¡O la lluvia, o nosotros!”, gritan durante su éxodo. Pero la lluvia es imparable. No se detiene. Algunos hacen caja gracias a la tormenta. Otros ponen cubos para recoger algo de propina, para las épocas de sequía. La lluvia, ruidosa y furiosa, lo impregna todo. Los más perjudicados, los que han de cerrar sus negocios de gafas de sol y bronceadores, los que han de abandonar el paseo marítimo por el acoso de los truenos, hacen pintadas donde rezan: “Tormentas de verano go home”. O lanzan cohetes al aire con la esperanza de obligarlas a marchar. O toman los mandos de avionetas que rocían algún tipo de chemtrail.

Pero a la tormenta le da igual todo. La ha traído el viento y viene dispuesta a descargarse sobre la playa o la ciudad. No hay normas, no hay leyes que gobiernen este tipo de fenómenos.

Llega septiembre y escampa. Las nubes se marchan hacia el norte. La prensa habla de los beneficios que ha dejado la lluvia en forma de cifras. Los lugareños salen al sol a secarse la piel y la ropa. Tienen la extraña sensación de haber sido usados por la lluvia. Dedican un tiempo a achicar el agua de sus portales y a limpiar las calles tras la inundación. Suspiran y se encogen de hombros, sabiendo que el próximo verano traerá nuevas tormentas. Y que serán pasajeras.

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