Temblores

[Este relato pertenece a la crónica inacabada de mis experiencias en Chile, titulada “Resaca de pisco”]

Está bailando una lámpara.
En Chile siempre está bailando una lámpara.
Yo me marco este claqué sobre el teclado, desde las faldas de un sofá de piel sintética de color lechoso, en el noveno piso de un lujoso edificio de la calle Freire. No se trata de nuestro apartamento. Nuestro presupuesto no daría ni para la propina del portero. Porque, así es, este edificio tiene un portero trajeado que te trata de señor al pasar, una sauna, un jacuzzi, una sala de fiestas y hasta una piscina a la intemperie en el ático.

No estoy acostumbrado a ver bailar a las lámparas, ni a escuchar a los vasos hablar entre sí en código morse, del mismo modo que no estoy acostumbrado a lujos neocoloniales de este estilo. No llevo demasiado tiempo en Chile, pero sí el suficiente como para saber que aquí a los terremotos los llaman «temblores». Lo de terremoto lo reservan para referirse a un cóctel a base de vino blanco, granadina, helado de piña y fernet (un licor de cuarenta grados etílicos, que extraen de la uva). En menor medida, se usa también para referirse a catástrofes de ocho grados para arriba en la Escala Richter.

A mis espaldas, desde el balcón, se pueden ver los estragos del último que sufrieron aquí, en Concepción: El espacio en blanco dejado por un edificio del que ya no queda rastro. Un vacío tremendo, como la cavidad torácica de un Diplodocus, sobre un montón de escombros.

Marla, nuestra anfitriona en esta pequeña mansión de treinta metros, nos confesó que cada noche, antes de aquello, fantaseaba con un chico que se machacaba los biceps a la altura del undécimo piso, hasta que aquel movimiento tectónico lo acabó sepultando a él y sus máquinas de abdominales, bajo todo ese montón de hormigón y cascotes. Marla dice eso y yo no puedo evitar pensar «¡Qué lástima de tiempo malgastado en fabricar músculo, pudiendo haberlo pasado tensando los músculos de su vecina!». A veces, me odio por ser tan cínico, pero no puedo evitarlo. De haber pasado de la exhibición a la acción, lo más seguro es que el musculitos aún siguiera vivo. La mayoría de los actos humanos parecen sacados de una comedia. Y yo no creo en las catarsis, ni me van demasiado las tragedias.

De cualquier modo, Marla nos aclara que el edificio desplomado era tan alto, tan nuevo y tan lujoso como en el que nos encontramos. Por eso no le quito el ojo de encima a la lámpara. A su dichoso vals.

Marla, Marla… Apenas tiene veinte años y es capaz de mantener una conversación tan madura que abruma. Intento pasar de un tema a otro y «rascar», buscando que caiga la fachada, pero se mantiene en su sitio. Hay una pizca de altivez, de chulería, en sus palabras. Marla es hija de médicos y Chile es un país en el que la sanidad es aún mejor negocio que en Europa, lo cual explica el hecho de que Marla haga vida universitaria de clase alta. Ella también estudia medicina y hay algo en su carácter (¿solidaridad, gusto por la aventura, morbo por los extranjeros?) que la llevó a registrarse en la misma página web de hospedaje para viajeros donde nosotros la encontramos. Ella dice que es algo habitual en Latinoamérica, como lo de viajar a dedo.

Marla nos abrió las puertas de su casa, nos ofreció un cuarto propio y café con tostadas de palta para merendar. Pronto nos sentíamos como en casa. Daban ganas de quitarse las botas allí mismo y subir los pies a la mesa. Salvo por la música. Marla mantenía la radio puesta en todo momento en un dial que vomitaba pop y reguetón sin descanso. La mantenía bajito, menos mal. Ahora que Marla salió, lo primero que he hecho ha sido apagar la radio. Algo que también ha agradecido Lucía. Para ciertas cosas no hace falta que nos comuniquemos. Llámalo telepatía.

Ahora que tengo un rato a solas, sin música, y que Lucía duerme la siesta en el cuarto de al lado, me parece interesante consultar con las teclas algo que Marla mencionó durante el café y que lleva un rato zumbándome en la sesera.

Nos contaba, sin la menor aprensión, que la noche del gran terremoto de 2010, un sábado de febrero, en pleno verano, ella y sus amigas se encontraban carreteando (de juerga), en una discoteca situada en un sótano, cuando todo empezó a temblar. Claro está que, en Chile, esto no es nada extraño, por lo que Marla y sus amigas reían y decían cosas del tipo «¡Se me ha subido el pisco a la cabeza… Uuuuuuh… Estoy perdiendo el equilibrioooo!» o acompasaban las sacudidas, con movimientos erráticos y ojos en blanco, parodias de borracho… Dicen que hay un modo de determinar si un temblor va a ir a mayores: Atender al rugido que mana del subsuelo. Si pasa de ligero rumor a estruendo, es que algo va mal. Claro que esto es difícil de percibir, cuando te encuentras dentro de una sala con los decibelios por encima de lo que permite la ley y con unas cuantas copas de más. Marla y sus amigas se dieron cuenta de lo que pasaba cuando se apagaron las luces estroboscópicas y todo se impregnó con el tono rojizo de las de emergencia; cuando el suelo se partió en dos y había que levantar la rodilla a la altura del pecho si no querían caer de espaldas al dar un paso. El mejor símil que supo darme fue lo que se debe sentir en la cubierta de un barco, en plena tormenta, y con el mar revuelto. En mitad de todo este caos, cuando la música dance se extinguió y sólo se escuchaban gritos, cuando los reunidos allí luchaban por agarrarse a los pilares maestros o a cualquier cosa estática, Marla tomó de la mano a su mejor amiga y se dirigió a la puerta principal del bar, para salir a la calle. Ahí es donde se topó con la cara más amarga de la catástrofe: El dueño del local, explicaba desde el otro lado de una verja metálica blindada por un candado, que no podía dejarles salir porque se irían sin pagarles las copas. Imagina la angustia. Qué gran metáfora del espíritu de nuestros días. Págame o pierde tu derecho a la vida.

Finalmente, Marla y todos los que se encontraban dentro del bar, salieron por el cristal roto de una ventana, que el guardia de seguridad, que también quedó encerrado, reventó desde dentro. Ya en el exterior, Marla encontró una Concepción desconocida: Penumbra absoluta. Desconcierto. Gritos de histeria y alarmas de coches aullando por toda la ciudad. Y, como si hubiera un dios allá arriba, disfrutando del espectáculo y deslumbrándolos con una linterna: una luna veraniega radiante, enorme, bañándolos a todos en luz fría. Todo en tres minutos y medio. Los más estresantes de sus vidas.

Este relato me da una idea aproximada de lo que caracteriza al chileno medio: Son gente dura, que no se amilana. Han sobrevivido a las guerras que, la mayoría de las veces, ellos mismos provocaron, a una dictadura reciente y a catástrofes naturales de esta envergadura. Soportan los empujones de los viandantes, el acoso del tráfico, las estrecheces en el bus, los golpes de la policía… Y, como a Marla, no los oirás quejarse. Sólo verás ese brillo de orgullo en sus ojos. Un brillo que anuncia que están dolidos, pero no lo van a admitir.

Me pregunto cómo andarán las cosas en España y como si no tuviera bastante, echo un vistazo a las noticias del otro lado del charco, aprovechando que Marla invita a wi-fi. Comienzo a leer titulares y se me avinagra la sangre. La mayoría son entrecomillados de las gilipolleces dichas ante un micrófono por parte de la casta política española. Tengo que dejar de hacer esta mierda, tengo que dejar esta tortura.

Desde que llegué a Chile, me acuerdo bastante de algunos escritores de raza que ya murieron, auténticos pioneros antisistema. Cuando nos hablan de antisistemas, se refieren a aquellos que combaten al sistema, luchan contra él, se le oponen… Pero un antisistema, así entendido, también es parte del sistema. Toda fuerza se enfrenta siempre a una resistencia. Eso es una ley natural.

El verdadero espíritu antisistema subyace entre las líneas de algunos buenos escritores muertos. Un verdadero antisistema no se opone al sistema, simplemente se desconecta de él. Un verdadero antisistema no actúa como un nodo, ni propaga las malas noticias que envía la Máquina. Ni cree en ellas. No es que no crea que sean ciertas, es que no las toma como axiomas, ni como verdades que rijan su vida. Desde niños nos dicen que esta vida es injusta, que el mundo es de cierta manera. Y esperan que lo asumamos. ¿Por qué? ¿Por qué maldita razón habría que asumir el horror, el sufrimiento o la guerra, cuando eso sólo beneficia a los intereses de una minoría? Un verdadero antisistema es un eslabón roto. Un loco que no acepta el mundo en el que vive, porque de ninguna manera es aceptable. Lo complicado de un loco es ser discreto. Lo complicado es domar las emociones salvajes sobre las que, a diario, montamos a horcajadas.

Y ya he dejado de dialogar con las teclas. Se acabó el alto al fuego en mi cabeza. Mis músculos no se ven en funcionamiento desde el edificio de al lado. Una corriente otoñal entra por el balcón y me pone la piel de gallina. Estoy cabreado. Esto va más allá de España o de Chile. Me gustaría que todos los locos se organizaran y construyeran su propio sistema. Uno, en el que para vivir no hubiera que pagar entrada. Que se enfrentaran el viejo y el nuevo mundo en un ring y viéramos quién gana. Que mandaran a los antidisturbios a golpear a maestros libres educando a hombres libres en la calle y pudiéramos reír ante lo absurdo de todo aquello. Que la risa fuera epidémica y acabara, por fuerza, aflojando los puños en torno a las porras…

Oigo una llave escarbar en la cerradura y mis dedos, por fin, se relajan. La música cesa.

La lámpara ya no se mueve.

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1 comentario

  1. Lapetitechinoise dice: Responder

    Jou! Este no lo había leído. Me gustó bastante. Deja ya de leer el periódico español!!

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