Robinson Crusoe

Robinson Crusoe - Escriaturas

Llevé una existencia feliz, cosmopolita. Tenía un par, alguien parecido a mí, con quien sentirme complementado. Juntos éramos el orgullo de nuestros pies. Los condujimos tanto a la rutina del trabajo, como a salidas nocturnas y escapadas al campo. Hasta esa noche en que se descalzaron en la orilla de aquella playa. El amor, como siempre, tuvo la culpa. Nuestros pies andaban enrollados con otros pies más pequeños, de dedos lacados, y la pasión y la ausencia de luna hicieron el resto. Lo último que oí decir a mis pies fue: «No encuentro la bota izquierda». Después de eso tuve que acostumbrarme a la soledad. Al rumor impenitente de las olas. A la curiosidad de las gaviotas y los crustáceos de la zona. A la muerte lenta de las medusas que son escupidas por el mar. A la erosión de la arena y al relente del amanecer. Puedo incluso contar que sobreviví a unas hogueras por San Juan.

Me he hecho fuerte frente a este estilo de vida salvaje. Aunque aún los echo de menos. A mis pies, a mi otro par. Aún guardo la esperanza de que un día regresen a por mí.

*Este relato es una colaboración para la exposición fotográfica “Los pasos perdidos” de José Antonio Martínez Morales.
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