Patagonia

De crío, imaginaba la Patagonia como un lugar utópico, casi inexistente, un lugar legendario situado geográficamente en los confines del mundo, allá donde habitaban bestias marinas increíbles y donde se acababa el mar y uno caía al vacío en caso de no virar la ruta.

La verdad es que, una vez allí, uno comprueba que no hay nada sacado de una novela de fantasía. Si acaso, los paisajes. Para llegar a la población más cercana de la Patagonia argentina hay que pasar antes por la burocracia de la aduana chilena (intensiva, intransigente y lenta), para terminar arribando a un pueblecito de casas de planta baja, fachadas de madera y techos a dos aguas, que circunda el lateral derecho del lago Lácar, y que recibe el nombre de San Martín de los Andes.

San Martín es uno de los dos lugares idílicos a los que me iría a vivir si alguna vez decidiera desaparecer y cambiar de vida. El otro es Edam, en los Países Bajos. A su modo, San Martín es casi el fin del mundo. La humanidad podría entrar en guerra, que este pequeño punto en el mapa nunca sería bombardeado. En San Martín no parece haber industria. Si se practica la agricultura o la ganadería, lo desconozco, puede que sí. Pero principalmente, éste es un pueblo que vive del turismo. Un turismo tranquilo y sosegado, de gota a gota, no de grupos de turistas robando una instantánea de cada rincón.

En San Martín da la impresión de que la Paz Mundial se haya instaurado. El tiempo se dilata paseando por sus calles, repletas de chocolaterías, alfajorerías, cafeterías y restaurantes donde el plato estrella son los ñoquis o la carne de vacuno. Es un lugar pensado para los sentidos, sobre todo para el del gusto.

Me olvidé. Allí me olvidé de todo. Tal vez no sería tan feliz, en caso de volver, como advertía aquella canción del Sabina. Pero los tres días que duró mi estancia allí, lo fui. Y todo debido a una cuestión administrativa: Cruzar la frontera para renovar el visado. Tal vez no me dejaran volver a entrar en Chile sin un buen motivo, pero en aquel momento aquello no podía importarme menos.

Mi querida partenaire de aquel entonces y yo alquilamos un coche y llenamos el depósito de nafta. Allí la gasolina es barata. Y nos lanzamos a recorrer aquel trayecto que los lugareños llaman “los siete lagos”. Necesitaría muchas líneas para describir aquello. Nunca había tenido la sensación tan pronunciada de estar viviendo en un sueño. Más allá del primer lago, la civilización se extingue. Eres tragado por el bosque. El único camino accesible es un pedregal. La bruma lo envuelve todo. Parece que uno pueda escuchar a la Naturaleza hablándote, desde ese lugar. Durante ese lapso, estuve fuera del mundo.

Pero, aunque aquella pequeña Utopía pueda deslumbrar al viajero con sus luces, esto no implica que en ese lugar no haya sombras. Tras algunos tenderos de gesto amable se esconden cambistas de dólar blue, o lo que es lo mismo, cambio ilegal de divisas. El peso argentino es una moneda inestable desde los tiempos del corralito y los oriundos pagan los dólares americanos a un precio bastante más ventajoso que los bancos y las casas de cambio. Uno no sabe cómo sentirse con estas triquiñuelas de la economía local, pero luego recuerdas que provienes de un país en el que el pago en negro es la norma… No me quejo, es sólo que estas cosas arañan tu burbuja. Aun en el fin del mundo, el papel moneda es codiciado como en cualquier otro lugar.

Cuando cae la tarde en San Martín, se presiente la inseguridad en sus calles. Y no debido a que por allí deambulen personas de mala vida y malas trazas, sino por la constante presencia de los cuerpos policiales, que patrullan a ralentí, pasando por tu lado, sin quitarte el ojo de encima, pareciendo que busquen un motivo para darte el alto… como en cualquier otro lugar.

Cayó la tarde, como digo, y nos refugiamos en una cafetería de estética moderna, pero acogedora, con una gran estufa en el centro caldeando la estancia. El café de aquel sitio me supo como nunca, debido (seguro) a que aún seguía embriagado por el entorno. En la barra había un periódico y lo tomé para echar un vistazo al mundo. En la portada se anunciaba la muerte de aquel dictador: Videla. También en los confines de la Tierra tenían importancia sucesos como ése. La muerte de una persona cruel era noticia… como en cualquier otro lugar. Y sucedía en el momento histórico (para mí) en que mis pies hollaban la Patagonia. Era un dieciocho de mayo, día de mi onomástica. Algo a recordar para alguien que no cree en las casualidades.

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