No me sirven en el electrobar

Relato ganador del Certamen de Relato Breve Fantástico de la Universidad del País Vasco (2014)

Hace unas horas que no discurre la publicidad por las lentes oscurecidas de mis gafas. Y eso mosquea. Es como si a uno ya lo dieran por muerto. Los vivos consumen. Los cadáveres se consumen.

Bajo a la primera planta de la calle Becario. Allí hay un electrobar y lo que yo necesito en este momento es un trago. Entro, ocupo un reservado. No me gusta que me molesten mientras bebo. Introduzco la tarjeta de créditos en la ranura y me quedo mirando las arrugas de mi camisa, mientras carga el menú. No consigo recordar el momento en que esas arrugas no estuviesen ahí. La pantalla, al fin, me ofrece las clásicas opciones. Ha sido una mañana difícil. Más de lo que sospeché anoche durante el insomnio. Demasiada burocracia, tengo los nervios chamuscados. Selecciono el menú premium. Necesito algo fuerte. Un Bourbon Shock o un Tequila Dead. Cogeré mis penas, les pondré unos buenos zapatos de cemento y las dejaré hundirse en un coctel de alcohol y calmantes. Decidido. Me decanto por el Bourbon Shock. Ejecuto la orden y antes de que me dé tiempo a estirarme la camisa, el barman, uniformado de amarillo y negro, se acerca a la mesa. Pero sin la bebida. Sin nada que depositar entre mis dedos sedientos. Trae una nota. Me da los buenos días y mientras examina las manchas de mi gabardina, se queda ahí parado. Mirándome como a un enchufe roto. Sin atreverse a decir lo que acaba diciendo:

―Ésta es su comanda, pero… ¿Está usted seguro, caballero?

―Muy seguro. Tráigame esa copa.

―Bueno… Hemos examinado su cuenta. Creo que usted ya sabe… que no da el perfil de cliente.

―Hasta ayer yo era inspector de la policía de la Red. Muéstrame un poco de respeto y tráeme lo que he pedido.

―Señor, sintiéndolo mucho, la casa tiene normas rigurosas sobre clientes… en su situación.

―Ni se te ocurra menospreciarme o es lo último que haces, chaval…

Miro en derredor. La gente de las mesas cercanas nos mira. Estamos dando el espectáculo. Esto está mal visto en cualquier electrobar que se precie. ¿En qué momento un bar dejó de ser el lugar ideal para dar la nota? A mí, ya, casi todo me da igual. Excepto lo de que no discurra publicidad por mis lentes. No sé por qué, pero eso me inquieta realmente.

El barman de amarillo y negro me extiende una sonrisa y con un gesto de su brazo me invita a irme del local, mientras dice:

―Señor…

Y yo puedo leer en su sonrisa de buen barman lo que oculta en sus pensamientos. Siente lástima y vergüenza. De mí. Me levanto, olvidando las arrugas de mi camisa y las arrugas, -también imborrables-, de mi vida, y le sacudo un empujón con el hombro, al pasar. Qué se habrá creído. A cuantos críos como ése habré salvado de las garras de los filohackers en cuarenta años de servicio. Salgo a la calle a llenar mis pulmones con ese olor a desinfectante. Vayas donde vayas, lo hueles. Y, al llegar a casa, más de lo mismo, porque tu piel sigue oliendo a esa porquería.

Sin saber bien adónde ir, me dejo caer calle abajo. Los neones volvieron a ponerse de moda en algún momento a mitad de década. Me debió pasar desapercibido. Ahora componen unas curiosas alambradas de colores, de manzana en manzana, que también sirven de radiador en días fríos como éste.

Cuarenta años en el cuerpo. Ir a trabajar puede ser un vicio, como cualquier otro, si ese trabajo compensa químicamente al cerebro de alguna manera. Hoy, al hacer inventario de mis cosas, me sorprendió tener tan pocas pertenencias. Como si yo mismo hubiese ido borrando el rastro de mi propia existencia. Unas gafas de sol que parecían de mujer, un mechero de gasolina y un pequeño diario de papel, en el que no había más que garabatos y frases sin sentido como: «Los lunes siempre amanece temprano» ó «El jefe se la menea en el cuarto de baño». Como si todos estos años se resumieran en uno o dos intentos de comprobar que el boli aún pinta. Ése era todo mi botín. Ninguno de esos objetos hablaba de mí. Así que tomé el encendedor y dejé allí lo demás.

Al llegar al bulevar, descubro que debe estar al caer la navidad. Hay hologramas por todos lados con la imagen de Santa Claus y altavoces escondidos que emiten un “Ho, ho, ho” en bucle y a ritmo de jingle. La gente camina con más prisa y más bolsas bajo el brazo de lo habitual y eso también es una pista. Éste es un barrio obrero, donde no abundan los créditos, pero puedes ver el dinero fluir inquieto, de tienda en tienda. Con vigilantes de seguridad con pinta de mercenarios en cada esquina, para prevenir los robos. A mí me solía gustar esta época del año. No por las luces rojas, ni por los anuncios de turrón discurriendo por mis lentes. Sino porque esos días, en casa, intentábamos fingir que todo iba bien. Y, en ocasiones, cuando finges algo durante un tiempo, puedes llegar a creer que es cierto. Al final, lo único cierto es que ella se quedó con la niña, la casa y todos los artilugios electrónicos. Ahora me exprimo los zumos a mano y tampoco se me caen los anillos. En el reparto de bienes me tocó quedarme con el perro. Lo acepté. Fuji, se llamaba. Y digo, se llamaba, porque un día al volver a casa, descubrí que había roto una ventana y se había largado, como el resto de la familia. Fue lo mejor. Nunca llevé muy bien lo de acordarme de echarle de comer.

Sigo caminando, dirección sur, y lo cierto es que no resulta fácil distinguir dónde acaban los grandes almacenes y dónde empieza el barrio. Sólo hasta que llego al bloque de edificios D del barrio de Estraperlo, caigo en la cuenta de que Marga vive en la tercera planta de esta misma calle. Pienso que mejor será que no, pero luego pienso que no tengo nada mejor que hacer el resto de la tarde y busco el ascensor más cercano para subir a la tercera planta de la calle, al bloque D, portal XVIII, octavo C. Paso el dedo por el sensor del timbre y un enorme ojo deformado asoma por la lente.

―Abre Marga, soy yo.

La puerta se abre y Marga sale a recibirme con unas mallas, camiseta rosa deportiva y una cinta en el pelo. Está sexy, pese a su edad y pese a que sus curvas ponen a prueba la resistencia de la ropa ajustada.

―¿Tú? ¡Cuánto tiempo! ―dice, y por la mueca de su cara no sé si lo dice como un reproche o porque realmente se alegra de verme.

Se hace a un lado para dejarme pasar y yo me doy prisa en entrar. Hace un frío del carajo fuera.

―¿Ibas a algún lado? ―pregunto.

―Sí, salía a correr, ―dice, mirando la hora―. Siempre salgo a correr a las siete. Hay un tipo en el parque con el que siempre coincido y así aprovecho para dar un servicio en mitad de la marcha. Dos pájaros de un tiro.

―Venía por si tenías hueco para mí.

―Para ti siempre hay hueco, cariño, ―dice y suelta una carcajada y me acaricia la oreja de un modo tierno―. Espera, que cojo el lector de tarjetas y estoy contigo.

Regresa igual que antes, cinta en el pelo incluida, sólo que sin las mallas. Lanza el lector sobre la cama. Se da la vuelta. Me enseña el culo y me dice:

―¿Puedes mirarme este bultito que tengo aquí?

Me acerco. Me señala la zona donde su espalda termina. En la parte superior, donde se unen sus glúteos, tiene un hoyuelo al que tengo el gusto de conocer. Sobre el hoyuelo, un lunar.

―Es un lunar ―digo.

―¿Sí?

―Sí.

―No sé, está abultado. Creí que era una verruga.

―Es un lunar.

―Vale, gracias por el reconocimiento médico, doctor ­―ríe―. Ya sabes cómo va esto. Primero los créditos y luego todo lo demás. Te haría un descuento, pero ya es horario nocturno ―dice, mirando de nuevo la hora― y no veas cómo se ponen luego en el sindicato, si vamos por ahí haciendo rebajas.

Suelto un suspiro y saco la tarjeta. La introduzco en la ranura. Ella sonríe, como sonríe siempre que le transfiero algunos de mis créditos a cambio de sus servicios. Luego, lee algo en la pantalla del tarjetero que le cambia la cara.

―¡Será una broma! ―dice, mostrándome la pantalla.

―Es lo que es.

Me mira disgustada, pero luego su mirada se vuelve extraña, comprensiva, diría que hasta maternal. Se sienta junto a mí en la cama. Me acaricia la rodilla. Me pregunta:

―¿Qué ha pasado?

―Me han jubilado hoy.

Me acaricia el pelo, mientras me mira, como si no hubiera escuchado lo que acabo de decir. Me acaricia y me observa como si yo resplandeciese, como si fuera un ser hermoso y ella viera esa belleza por primera vez, como si fuera un ángel triste, como si fuera un dios exhausto.

―Me han jubilado ―repito.

―Ya te he oído.

―Y no discurre publicidad por mis gafas desde hace horas. Es raro, ¿no?

Marga asiente con la cabeza y con los ojos cerrados.

―Mira, no puedo darte este servicio ahora mismo. Estamos en horario laboral y hay unas normas. El sindicato no me pasaría esto por alto. Pero pásate esta noche, y hablamos, y lo que haga falta… por un amigo, lo que haga falta.

Y mientras dice eso, su mano se acerca peligrosamente a mi duro corazón. Lo asumo. Ya estoy fuera del juego. La vida sigue y me deja atrás. Ya no puedo seguirle el ritmo.

―No sé… No sé qué voy a hacer para matar el rato durante lo que me queda de día.

―Yo, ―dice ella, poniéndose en pie y yendo a buscar sus mallas―, voy a ver si aprovecho y aún llego a tiempo para pillar al tipo del parque. No es que sea un caballero como tú, pero hijo, hay que comer.

Me levanto de la cama. Me guardo las manos en los bolsillos de la gabardina. Le digo:

―Lo entiendo. Oye, ¿no tienes nada por ahí para subirme el ánimo? No han querido servirme en el electrobar.

―Lo siento cielo, ―dice, casi obligándome a ir hacia la puerta―. No creo que sea buena idea. Vente esta noche. Abriremos un par de botellas de vino.

―Déjalo, ―digo, y salgo de allí sin despedirme.

No me gustan las despedidas. Marga es lo más parecido al único amigo que me queda tras todos estos años. Puede que eso suene triste, pero en realidad resulta casi un alivio. Y no es que no quiera verla más tarde. Podría aceptar su invitación, emborracharnos, descansar la cabeza sobre su estómago desnudo. Pero me costaría olvidar que ya soy un extraño para el Sistema y para todos los demás. Un paria. Y ninguna mujer se acuesta con un paria por amor. Ni siquiera por créditos. Tal vez sólo por lástima. No quiero piedad. Ni siquiera la de Marga. No merezco piedad. Yo no la tuve con nadie en todos estos años de servicio. Va en contra del Código Ético.

Sigo caminando, dejándome caer por la pendiente de la calle, hasta que el olor a desinfectante va desapareciendo y comienzo a oler el mar. Acabo de llegar al puerto. Tengo la impresión de que hoy todo está más lejos. O quizá sea yo. Quizá esté dando pasos más cortos, más pesados. Frente al puerto hay unos bancos, donde los jubilados -como yo- se sientan y pasan el día contemplando el ir y venir de las embarcaciones de pesca. Casi todos los bancos están desocupados, así que elijo uno para sentarme, el más soleado.

El estruendo de las grúas y las máquinas se escucha por todos lados. Golpes de martillo, cuyo eco viene rebotado desde algún lado. Voces de hombres trabajando. Hombres que pasarán el día rumiando lo poco que les gusta su trabajo, hasta el día en que los echen. Prestando algo de atención, también se escucha el rumor del mar y a las gaviotas. Hoy debe ser martes, pero para mí, en adelante, todo se reduce a un tedioso domingo. Una mujer asiática se cruza por mi campo visual paseando a su hijo pequeño. Tiene rasgos delicados y el pelo muy largo. Me resulta bonita. Su hijo va dando pequeños bandazos en cada paso, intentando controlar la cuestión del equilibrio. No tengas prisa por correr, hijo. Luego todo pasa muy rápido… Estoy hablando como un viejo. Peor aún: Estoy hablando como un muerto. Pero es que reconozco en el niño a mi antítesis: Inocente, ignorante, lleno de posibilidades. Con sólo ponerme en su pellejo, me inunda algo parecido a la felicidad por la felicidad. Un sentimiento que saboreo con extrañeza, como un sabor de boca que no se repetía en décadas.

Me saco un cigarro del bolsillo, con el que quitarme ese sabor. Hay un mensaje sobre la superficie del paquete que advierte que «Fumar mata». Ya estás tardando, le murmuro al paquete. Saco el mechero de gasolina, lo enciendo y doy una profunda calada, mientras las papilas gustativas me hacen chiribitas. El humo que asciende se queda pegado a mis gafas. Me las quito, les echo el aliento y limpio las lentes con las faldillas de mi camisa arrugada y, al ponérmelas de nuevo, suelto un taco por la sorpresa agradable que me llevo: Funcionan. Sólo tengo las lentes un poco estropeadas, habría que cambiarlas. Presiono sobre la montura hasta lograr una imagen definida y sin interferencias. Compruebo que tengo más de doscientos anuncios a la espera de ser vistos:

«Una amplia selección de rituales funerarios para su último día en la Tierra: entierro tradicional católico, incineraciones exprés, rito budista zen y nuestra novedad: La pira vikinga. Confíe en nosotros para ayudarle a cruzar “al otro lado” ». «¿Tienen deudas pendientes con usted y AÚN no las ha cobrado? Entre a Última Oportunidad, nuestros expertos cobradores se asegurarán de ajustar cuentas por usted».  «¿Aún no ha hecho testamento? ¿Y a qué espera? Su Albacea on line. No deje para mañana, lo que debería estar haciendo en este momento». «Esteticistas fúnebres Edén: tratamientos de rejuvenecimiento, cirugía estética post-mortem. 100% de clientes satisfechos. Entre en nuestra web. Lucirá como un vivo, dormirá como un muerto…».

Ya me resultaba extraño. Pensaba que me subiría el ánimo comprobar que los anuncios aún están ahí, que aún me consideran un cliente potencial. Que aún estoy en el Sistema. Pero no. No me alegran demasiado. Es odioso que el día y la hora exacta de tu muerte sean de dominio público. Que te bombardeen de publicidad, recordándote que te vas a pudrir en breve, y que no te quieran servir en el electrobar porque tienen una estúpida política sobre moribundos colocados. Es nuestro último día, un poco de compasión… No, compasión no. Ni su piedad, ni su compasión. Me quedan diez horas, veintisiete minutos y diecinueve segundos para abandonar este mundo por fallo cardíaco. Ya es tarde para cambiar.

Diecisiete.

Dieciseis.

Quince.

Me quito las gafas, doblo las patas y las dejo cuidadosamente a mi lado. Luego miro al mar, de este a oeste. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que me detuve a observar el mar? Mis ojos lo ven borroso, pero mi cuerpo lo siente vibrar. Es increíble. Tiene fuerza y armonía. Es como una obra de Wagner, Beethoven o alguno de esos compositores a los que nunca llegué a distinguir. Una música eterna, hecha de olas, corrientes, monstruos marinos. Fantaseo con lo grandioso que sería sumergirse en la espuma, bajo una orquesta de vientos, relajar los músculos, dejarse arrastrar por el agua, mientras los arcos arañan las cuerdas. Olvidar. Perdonarse a uno mismo, a lo largo de un pianissimo in crescendo.

Salir flotando del Sistema. Haciendo el muerto sobre las olas.

Desaparecer.

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