Mi ego y yo

Me estaba lavando la cara, cuando devolví la vista al espejo y yo ya no estaba allí. Es decir, mi imagen había desaparecido; ahí seguía el reflejo del cuarto de baño, los geles y el champú, las toallas, la cisterna… pero en lo tocante a mi persona era como si me encontrase en otra parte de la casa y no en el baño.

Asustado, busqué instintivamente mis manos: todo seguía en su sitio. Mis brazos. Mis piernas. Mi barriga incipiente. Me alivió comprobar aquello. Pero en la superficie del cristal yo aún brillaba por mi ausencia. Sentí una extraña paz. Una ligereza de espíritu. Como si pesara menos. No sabría bien cómo decirlo.

Mi desconcierto era razonable. Imagínate: Se me pasaron toda clase de ideas locas por la cabeza. Problemas graves de visión. Locura transitoria. Estar muerto y no saberlo. Vampirismo. Como fuese, tenía que pedir ayuda. Salí del baño casi sin pisar el suelo, a buscar mi teléfono o mis llaves y al llegar al comedor, me sobresalté. Porque yo ya estaba allí.

Yo estaba sentado en el sofá, fumando un cigarrillo y tomándome un café. Alcé la mirada y me miré, como si yo tampoco me esperara.

No dije nada.

Yo tampoco. Sólo me quedé mirándome ahí sentado. En realidad, era extraño, porque seguía sintiendo esa aparente calma sin motivos. Aquello era surrealista. Algo que parecía sacado de la mente de David Lynch. No tuve miedo, pero tampoco me sentía bien en mi propia presencia.

Él, o sea yo, empezó a hablarme y sus palabras resultaron inquietantes. Obviando el hecho de habernos desdoblado, de ser mi reflejo independizado de mi cuerpo, empezó a recitar una vieja retahíla de temores, vergüenzas y esperanzas que –se supone- teníamos en común.

Hablaba entre dientes, apresurado –como hablan los pensamientos que circulan por las vías rápidas del cerebro- y también hablaba en plural. Decía cosas como: «Aún no nos han llamado de ese trabajo… lo más seguro es que no valgamos para el puesto» o «No sabemos nada de ella desde hace casi dos semanas. Puede que esté con otro» o «Míranos. Damos bastante pena. Parecemos perdidos. Así no vamos a conseguir nada».

Sentí que su runrún empezaba a afectarme. Me senté frente a mí. Yo, o sea él, liberó la última bocanada y aplastó el cigarro contra el cenicero. Me soltó: «Escúchame, yo sólo quiero lo mejor para ambos. Tienes que hacerme caso y empezar a pensar en esto».

Me esforzaba por entender qué era lo que ocurría. Aquel tipo tan parecido a mí, tan yo, tenía un modo de expresarse que me era extrañamente familiar, pero yo aún podía tocarme y comprobar mi corporeidad, observarme en primera persona. No, aquél no podía ser yo. Yo estaba aquí. Dentro de mi cuerpo, como de costumbre.

—Puedo verte… No entiendo por qué, pero ahora puedo verte, —fue lo único que dije, barra murmuré.

Él hizo una mueca de desagrado. Siguió rumiando en tono grave, barra dramático, barra dolido: «Deberíamos preocuparnos más por nosotros y menos por los demás. Así nos van las cosas».

Llegó un momento en que desconecté. Dejé de prestar atención al sentido de sus palabras. Él dio un trago a la taza de café y me miró medio enfurruñado. Yo lo observaba ahora como si me encontrara ante el hallazgo de algo increíble, que siempre estuvo dentro de mí, como un parásito alienígena.

—Sé quién eres, —le dije—. Te he escuchado cantidad de veces, pero es la primera vez que te veo en persona…

«No creo que sepamos nada. Somos poco menos que un ignorante. Deberíamos leer más. Nuestros conocidos esperaban más de nosotros… y míranos, qué vagos, qué improductivos somos».

—…Ahora entiendo por qué te he estado haciendo caso. Hablas exactamente igual que yo. O yo hablo como tú… ya no lo sé, —seguí diciéndole, como si hablara con el espejo.

«¿En serio? ¿Vamos a seguir perdiendo el tiempo en divagaciones estúpidas? Más nos valdría ponernos a actualizar el currículum. ¿No nos preocupa el futuro o qué?».

No quise distraerme con sus argumentos. Era como si por primera vez pudiera sentir que estaba tocando la piel de algo que siempre había sido invisible a mis ojos, o como empezar a ser consciente de siete dimensiones espaciales más.

«Deberíamos empezar a preocuparnos. Tenemos un montón de problemas por solucionar».

Casi estaba empezando a enternecerme. Ahí estaba esa parte de mí, ese apéndice, necesitado de reconocimiento y de comprensión. Siempre en lucha. O siempre buscando adormecer las pulsiones más íntimas o el dolor a través del miedo o las sustancias. Era la voz que te aconsejaba crearte una buena reputación en las redes sociales, conseguir adeptos, seguidores, cazar me gustas. Ansiar la simpatía de la gente. Era la voz que te decía: «Oféndete. Estás solo. Los demás están contra ti. No eres nadie. No podrás. Debes ser alguien, o si no más te valdría estar muerto». Ésa voz.

Estiré los pies sobre la mesa y lo dejé hablar, hasta que fue gastando sus argumentos. Esos argumentos que yo ya conocía de sobra. Creo que llegó a aburrirse de mi actitud y mi cara de indiferencia. Al final, carraspeó un par de veces y murmuró una frase inacabada e ininteligible. Terminó por callarse, cruzándose de brazos, con una mueca de asco.

Yo dejé escapar un suspiro y me incliné hacia él. Permitiéndome una sonrisa victoriosa, le dije:

—Ahora ya sé quién eres… Sólo me falta saber quién soy yo.

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