Mala conciencia

[Este relato es la secuela del relato titulado “Puta suerte”, que forma parte del libro Negra, fría, dura y en tu boca]

Me había prometido a mí mismo no volver a pisar aquel barrio.

Durante un par de meses me mantuve alejado, escondido en la pensión más barata y menos higiénica de Aluche. Al principio, no sabía qué era lo que me retenía allí. ¿Por qué no andaba ya tomando el sol en alguna playa de Cuba o Puerto Rico? En su momento, me dije que usaría el dinero para cambiar de vida. Pero es más fácil decir algo, que hacerlo. Cuando uno siempre ha sido un gusano y no una mariposa, no es sencillo el tránsito de convertirse en un capullo. Todo lleva su tiempo. Para empezar, había comenzado a beber vino de más de tres euros la botella y estoy seguro de que mi hígado lo agradecía. Y, bueno, no era cierto del todo que no hubiera cambiado. Al menos, en apariencia: Me había comprado un par de pantalones nuevos, algunas camisas de cuadros, un jersey y una chaqueta de pana, y me había dejado crecer la barba. Ahora, más que un sintecho parecía lo que llaman un hípster.

El caso es que volví. Es cierto eso que dicen, lo de que el criminal siempre vuelve al lugar del crimen. No había necesidad, pero volví. Por el Sarnoso. Ese viejo drogata siempre fue como un padre para mí. Corrijo: No como un padre, pero sí como un hermano mayor o un padrino. Él me acogió en los peores momentos, compartió conmigo lo poco que tenía como ningún yonqui habría hecho (jamás, jamás me robó nada, aunque supongo que tampoco había mucho que robar), me libró de mil peleas con otros habitantes de las calles y evitó que cayera en su propia adicción. Es decir, me protegió de mí mismo. Lo último que supe de él es que andaba metido en líos por una pequeña gran deuda de ochenta euros con la gente equivocada. Ochenta euros. ¿Te lo puedes creer? Por ochenta cochinos euros. En mi vida anterior, ochenta euros daban para unos cuantos lujos. Ahora me parecía una cosa absurda, una gran injusticia, que alguien pudiera meterse en problemas por esa cantidad. En fin, así es la vida. El dinero te dice quién eres.

Aquella era una de esas mañanas en las que el jardín del Este apestaba por culpa de un abonado reciente. Cuántas mañanas había despertado yo impregnado de ese hedor. Incontables. Éste estaba siendo un otoño agradecido. Era noviembre, pero hacía bochorno y la chaqueta me sobraba, parecía querer descolgarse de mis hombros. Paseé sin rumbo, sin saber muy bien adónde dirigirme. Sin quitarme las gafas de sol, entré al bar del Chencho. A veces nos dejábamos caer por aquí a mendigar unas monedas para nuestros respectivos vicios. Pero aquella mañana, allí no había más que un vulgar oficinista trajeado, el dueño del bar y el chico del reparto de bebidas. Pedí un carajillo en la barra y el Chencho se me quedó mirando, con la sospecha de conocerme de algo atravesada en los ojos. Hice como que leía el periódico, aunque sólo sobrevolaba los titulares, sin darles la menor importancia. Me importaba un carajo el resto del mundo. En estos cuarenta y tres años yo le importé un carajo al resto del mundo, así que nuestro desamor era recíproco.

Salí a la calle y me encendí un Chester. Los pájaros trinaban con fuerza sobre el rumor de los coches que pasaban, de los inmigrantes que hablaban por teléfono a gritos y del martilleo constante de unas obras. Tal vez los pájaros siempre estuvieron ahí, desgañitándose por hacerse oír por encima del ruido mundano de las calles. Pero hasta aquel momento yo no había sido consciente. Me dejé embriagar por aquel sonido. Era delicioso. La vida puede ser deliciosa cuando no has de preocuparte por tus necesidades más primarias…

Me estaba engañando. Sabía adónde debía acudir si quería encontrar al Sarnoso. Pero me daba miedo. Miedo de llegar allí y no encontrar más que un despojo, una carcasa de hombre, un cuerpo sin alma. Alguien con un único deseo: Colocarse y, secretamente, alcanzar el sueño de los justos tras un último pico demasiado puro o demasiado adulterado. ¿Y si daba con él y ya no me reconocía? ¿Y si cogía la pasta que yo le iba a ofrecer y la gastaba en un billete, sólo de ida, al país de Nunca Jamás? ¿Y si, en lugar de ayudar, mis buenas intenciones acababan por sacarlo del camino definitivamente?

Como fuese, tenía que ir. Éste podía ser mi primer acto altruista en mucho tiempo, motivado desde luego por mi mala conciencia. Me había salido de dentro, así que me obligué a ello.

Eché a andar hacia el polígono por calles frías, ensuciadas por contenedores a rebosar y grafitis mal hechos. En algún momento del trayecto, sentí que me observaban. Había ojos clavándose en mí, así que evité girarme para comprobarlo y apreté el paso. Caminé hasta llegar a la fábrica de cerveza abandonada. Tras la valla sólo parecía otro santuario capitalista en ruinas. Piel muerta en la fea cara de esta ciudad. Pero yo sabía bien qué clase de gente se escondía de la sociedad ahí dentro. Los conocía. Antes me daban rabia, ahora sólo me daban lástima. Di con una abertura apropiada al final de la valla. Pese a la buena vida, aún me conservaba bastante flaco. Conseguí entrar al recinto. La puerta de la antigua oficina estaba abierta y cedió rechinando y arrastrando polvo al girar el picaporte.

Primero, un silencio de camposanto y una oscuridad a la que mis ojos tardaron un poco en acostumbrarse. Luego, gemidos de fondo, cristales crujiendo bajo mis suelas, la tos lejana de alguien, olor a meados. Gente tirada como fardos, repartidos en sucios sacos de dormir. Parte de mi pasado reflejado en este retrovisor. Caminé por el centro de la estancia, alejado de las paredes. Si hubiera podido flotar, lo habría hecho con tal de evitar el contacto con el suelo. Iba examinando los bultos, buscando las greñas canosas de mi compadre. Hasta que algo me hizo detenerme. Y no fue el Sarnoso.

Maruja.

Estaba allí tirada, temblando. Aquel culo enorme y celulítico, venido a menos. No había duda. Ella no me había visto. No habría podido verme aunque quisiera. Por un momento, quise olvidarme de ella y seguir andando. Pero algo me retuvo. ¿Remordimientos? ¿O qué era esto? Sensaciones nuevas para mí. La compasión es un lujo que sólo puede permitirse el que tiene algo que ofrecer. Me agaché y le acaricié el pelo sucio y enredado. No parecía estar durmiendo, pero tampoco parecía estar muy consciente. En un sueño de amapolas, supuse. «Maruja», la llamé. «Eh, Maruja, soy Martín». Entreabrió los ojos y los volvió a cerrar. Se le escapó una sonrisa que se deshizo en un instante. Balbuceó algo sin sentido, y yo pensé que aún no me habría reconocido, podía largarme y dejarla allí. Pero no. Hice que sacara fuerzas de dios sabe dónde, cargué con su gordo culo y la saqué de aquel sitio. No esperaba que me lo agradeciera. No esperaba nada de ella.

Cuando se despertó estábamos en mi cuarto, en la pensión. Me había entretenido desinfectándole los picotazos y fumando un cigarrillo tras otro, y el ambiente de la habitación estaba viciado. Descorrí las cortinas y abrí un poco la ventana en cuanto la escuché toser. Le ofrecí un vaso de agua y, casi sin voz, me dijo que no. «¿Tienes vino?». Le dije que sí con la cabeza y sonreí. La gente no cambia, o al menos sus vicios. Le serví de un Ribera que tenía abierto y lo bebió con alivio. Yo me serví otro.

Un par de tragos después, recuperó la memoria y empezó a insultarme de un modo lastimero. De pronto, parecía recordar mi traición. Que si hijo de puta esto, que si malnacido lo otro… Empezó a gemir y luego a llorar con la respiración entrecortada. Me acerqué a intentar tranquilizarla y, aún con los efectos de la droga en su cuerpo, me metió una hostia en la cara con la manaza abierta.

―Vale, lo entiendo, ―suspiré.

―No entiendes nada… ¿Tú sabes lo que aquel niñato asqueroso me hizo? ¿Sabes la paliza que me metió cuando vio que no volvías con el dinero? No tienes ni idea, hijo puta.

Así siguió un buen rato. Encadenando reproche tras reproche. Hasta que se cansó y volvió a llorar, volví a rellenarle la copa, volvió a insultarme… Se produjo un pequeño bucle, que sólo se quebró cuando le metí la lengua en la boca, nos desnudamos con urgencia y nos metimos en la cama.

Fue un polvo horrible. La desgana del adicto por su parte y una evidente falta de pasión por la mía. Al menos nos frotamos las pieles con otro ser humano por un rato. Parecía que, después de todo, echábamos de menos algo de compañía. Ella tembló como tiembla siempre que se corre, pero le debió saber a poco porque, aún con la respiración agitada, dijo: «Ahora necesitaría un pico». Le lancé un cigarro, pasando de su comentario. Se me ocurrió preguntarle:

―¿Sabes algo del Sarnoso?

La mirada se le cayó al suelo y comprendí. Puta vida. La única parte positiva de morirse es que es la mejor forma que conozco de librarse de las deudas. Temiendo que hubiera sido provocado, pregunté también:

―¿Cómo?

―Le falló el hígado. Dijeron que por las drogas. Alguien avisó y los de emergencias vinieron a recogerlo a la cervecera. Yo creí que iba de jaco hasta arriba, pero llevaba muerto un par de días. Si lo hubieras visto cuando se lo llevaron… aún estaba guapo después de dos días fiambre.

Era cierto. Si algo caracterizaba al Sarnoso es que debajo de aquellas pintas de yonqui desaliñado, debajo de su expresión huraña y taciturna, debajo de aquel rostro maltratado, había ángulos bien proporcionados y cierta simetría. La suya era la cara de un viejo yonqui atractivo. En otra vida, podía haber sido modelo, o a lo mejor cantante. Quizá fue por el shock: Quería llorarle, pero no me salían las lágrimas. Qué coño, el Sarnoso había tenido una vida… a su manera.

Bien, al parecer ya no había deudas que zanjar, ni viejos compadres a los que sacar de un apuro, el problema ahora era otro. El problema ahora se llamaba Maruja. Ella, claro está, al tener un orgullo mayor que el diámetro de sus caderas, no aceptaría jamás mi ayuda… Quizá sí aceptaría algo de dinero para picarse. Ése era precisamente el problema. No podía dejar de pensar en qué habría pasado si hubiera vuelto a por ella, si no hubiera sido tan egoísta y tan cobarde. De no haber hecho lo que hice, ella ahora no estaría metida en la mierda como estaba. Antes era una alcohólica. Ahora jugaba en otra liga. De seguir así, un día acabaría saliendo de la cervecera dentro de una bolsa, como el Sarnoso, como todos los demás. No sabía yo que mi problema encontraría su solución de la forma más drástica…

Se calzó las bragas, ese sujetador enorme y el vestido medio descosido que siempre llevaba puesto, y se levantó a mear. Yo también me vestí. No esperaba que volviera a darse aquella repentina explosión de amor. Cuando salió del lavabo, alguien llamó desde el otro lado de la puerta. Imaginé que sería el dueño de la pensión. Aún le debía el mes de octubre. Se había pasado ya un par de veces a recordármelo. Le ofrecí una sonrisa a mi partenaire e hice un gesto de “tranquila, yo me encargo”.

Abrí la puerta y el tiempo se detuvo al escuchar el grito de Maruja y el cañonazo de después. Un disparo retumbó por todo el cuarto y creí que mi corazón se iba a quedar ahí, en ese último latido. Escuché el sonido sordo que hizo el cuerpo de Maruja desplomándose en el suelo. La habitación se llenó de ese olor a metal quemado. Me resistí a mirar detrás de mí. Había litros de dolor conteniéndose en mis lagrimales. La mandíbula apretada con la presión de un cascanueces. Dos neonazis, uno bajito y otro enorme, al que recuerdo que llamaban Motopico, obstaculizando mi única salida. El enano, aquel pequeño mongólico discípulo de satanás sonrió falsamente y dijo:

―Hola pordiosero, ¿te acuerdas de nosotros?

Aquel aliento apestoso. Aquellos músculos con piernas de retaco. Las venas abigarradas de su frente. Me acordaba muy bien de aquel gilipollas.

―Vaya. Siento lo de tu amiga. Ya se lo advertí una vez. Mi puño americano se lo advirtió. Sabía que estabais juntos en esto.

Me mordí la lengua. Me mordí las paredes de la boca. Todo mi cuerpo era un sangrante mordisco en ese momento. El alto simuló hacer pucheros apretando los labrios. El otro imbécil canturreó:

―Creo que la última vez te llevaste algo que era nuestro. ¿Nos lo devuelves?

―¿Tu virginidad anal? ―dije, con cara de jugador de póquer arruinado―. No, lo que se da, no se quita…

Otro disparo. Éste, además de provocarme un pitido permanente en el oído, me produjo cierto calor en el vientre. Enseguida, una sensación de humedad, de encharcamiento. Mis piernas flaquearon. Me vi en el suelo un parpadeo después. Las botas de esos skins sobrevolaron mi cabeza. Me cayó un escupitajo en la mejilla por parte del pequeñajo. Y un comentario:

―Llevamos días siguiéndote. Sabemos que no tienes ningún otro escondite, así que el dinero tiene que estar por aquí. No nos digas dónde, será más divertido si lo encontramos nosotros.

Mientras me desangraba en el suelo, pensé en lo irónico que era todo aquello: El dinero ahora me importaba una mierda y mis buenas intenciones no habían hecho más que atajar el final de Maruja. Si alguna vez sentí estima por alguien, lo de ella o el Sarnoso había sido lo más parecido. Ya era hora de que la mala suerte de los otros me alcanzara y acabara conmigo. Desangrándome un poco más en cada movimiento, me arrastré hasta que logré pegar mi pecho a la espalda de Maruja y mi pelvis a sus hermosos glúteos. El suelo era un lienzo en el que se mezclaban su sangre y la mía. La rodeé con el brazo por la cintura, como cuando dormíamos juntos en la calle.

Cerré los ojos, a esperar el sueño definitivo. Uno de esos idiotas empezó a silbar una canción de Rafaela Carrá, mientras revolvía en mi cuarto y vaciaba mis cajones. Con esa música de fondo, me fui sintiendo más y más leve. Para evadirme del dolor, comencé a fantasear con esas playas paradisíacas que nunca llegaría a conocer. Me imaginé sobrevolando sus palmeras, sus chiringuitos, sus aguas turquesa.

Yo seguía desangrándome sobre el piso de aquella pensión de mala muerte, era consciente.

Pero casi podía flotar.

Cuéntaselo a otro
Share on FacebookTweet about this on TwitterGoogle+Email to someone

Deja un comentario