Lo que este país se merece

Laura entra al servicio de chicas después de un buen rato haciendo cola, cierra con pestillo y comprueba el estado del rímel y de la sombra de ojos en el espejo. También examina lo enrojecidos que están y la dilatación de sus pupilas. Sin mucho pensarlo, se abre la cremallera del chándal Adidas y se saca un gramo de coca de entre las tetas. Desanuda el alambre y abre la bolsita. La deja abierta sobre el lavabo. Saca el monedero de su bolso. Extrae una tarjeta de crédito del Banco Santander y escarba con ella en la montañita blanca. Aparta una porción y la esparce sobre el dispensador de papel higiénico. La aplasta. La machaca y la estira hasta darle forma de variz. Saca un billete de veinte, lo enrolla y se inclina para inhalarla. Alguien golpea la puerta. Ella sigue aspirando hasta que no queda rastro de sustancia alguna. Se yergue, pinzándose la nariz y aspirando los posibles restos, cuando se percata de que no está sola.

Su reflejo ha desaparecido del espejo. Quien ahora ocupa ese espacio es una chica rubia de veintitantos, con un soberbio bronceado de rayos UVA, los labios pintados de un carmín rosáceo, perlas en las orejas. Va vestida únicamente con un albornoz. Laura se asusta por un instante. Retrocede unos pasos, hasta chocar con la máquina de condones y lubricantes. Pregunta: «¿Esto es una especie de broma?». La chica del espejo la mira en silencio. Tiene cierto aire lúgubre, como de muerta revivida.

―¿Qui… quién eres tú? ―se atreve a decir al fin Laura.
―No… ¿Quién eres tú? ―dice la chica del espejo, visiblemente enfadada― ¿Y qué estabas haciendo hace un momento?
―¡Oye! ¿A ti qué te importa? No sé qué broma es ésta, pero…
―¿Pero qué? Eres tú la que está dentro de mi cuarto de baño. Mi novio va a llegar enseguida. Pensábamos darnos un baño en el jacuzzi, pero no pienso hacerlo delante de una reguetonera drogadicta como tú.
―Espera un momento… ―dice Laura meditabunda―. Yo a tí te conozco… He oído hablar de ti. ¿Tú no eres…?
―Sí, soy yo. Y también sé quién eres. Imposible no reconocerte, con esas cejas tan ordinarias… Cada día te pareces más a tu padre, ese inútil que casi hunde España.
―Ni se te ocurra mentar a mi padre. No tengo nada que ver con él.
―Hablaba de tus cejas…
―Y deja mis putas cejas tranquilas.
―¿Lo ves? Eres una ordinaria . Ahí, sola en un garito de mala muerte, metiéndote el dinero de tu papaíto por la fosa nasal.
―Esto no es un garito de mala muerte ―dice Laura, orgullosa―. Es el Fabrik, inculta.

Vuelven a escucharse golpes en la puerta. Desde el exterior resuenan los graves de un tema dubstep. Laura vuelve a echar un vistazo a su alrededor. Esto debe pertenecer a algún show de cámara oculta. Algo de muy mal gusto, por cierto. Menudo marrón cuando su padre se entere. De esto no puede salir ni un buen titular: «Hija de expresidente pillada drogándose en un programa de televisión». Como aquella vez con Ricky Martin, el perro y la mermelada. Sólo que esta vez es real. Esa pija del espejo, para inri, no deja de parlotear:

―…Claro, esto es lo que este país se merece. Jóvenes sin objetivos, ni futuro… Mucha acampadita, muchas manos en el aire, mucho pedir casas gratis y becas, y al final todos sois iguales: Buscando evadiros en las drogas y en vivir sin pensar en el mañana.
―¿Te quieres callar, niña diez? Estoy intentando pensar en lo que está pasando.
―¿Cómo vas a pensar con toda esa mierda que te cuece el cerebro? ¿Y os hacéis llamar progres? Esta nación no tiene remedio y es por culpa de comunistas asesinos de niños como tú.
―¡Que te calles, cachorra pepera! ―dice Laura, enseñándole el dedo corazón―. Vete a misa a confesarle al cura lo que le haces a tu novio en el jacuzzi.
―Lo que yo le haga a mi novio queda entre él, Dios y yo.
―Os van los tríos, ¿eh, guarrilla?

La chica al otro lado del espejo amaga una mueca de asco y empieza a gritar de desesperación, dando vueltas por el cuarto de baño al tiempo que propina patadas al suelo y grita:

―¡Que te vayas! ¡Que te vayas ya! ¡Vete, cejuda, hippie, drogata!
―¡Lárgate tú, facha de mierda, pija asquerosa!

Vuelven a llamar a la puerta, aún más fuerte e insistentemente. Laura se vuelve y grita:

―¿¡Qué coño quieres, Froilán!? ¡Estoy meando!
―Que digo que dejes algo para los demás… ―dice una voz de adolescente con gallos, al otro lado de la puerta.

Al volverse sobre el lavabo, sólo ve su propio reflejo alterado en el espejo. Tiene las pupilas bastante dilatadas. Está desorientada. El pulso le aprieta en la garganta. Casi le ahoga. Procura respirar hondamente para calmar sus pulsaciones, para relajarse. Vuelve a tomar consciencia de dónde está, de a qué ha venido. No está segura de si aquello ha sido una alucinación o una broma de mal gusto. Guarda la bolsita de coca entre sus tetas, se sube la cremallera del chándal, toma su bolso y sale del lavabo todo lo deprisa que los reflejos le permiten.

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