La poética de una batalla campal

Se murió Panero y no pude escribir nada. No sentí nada. Bueno sí, sentí lo mismo que cuando oigo que se ha extinguido tal o cual especie. Se ha extinguido la especie a la que él pertenecía. Ya no hay Paneros en el planeta Lexatín. Creo que ni el mismo Panero era tan Panero hacia el final de sus días. Sólo un traje de persona reteniendo una energía delirante y creativa que necesitaba escapar.

Llegó la primavera. Se murió Suárez y tampoco sentí nada. Más gotas al océano. Pero entre tanto sí que ocurrió algo interesante, algo que me hizo bombear sangre: Miles de personas se concentraron en una plaza de la capital para protestar contra las aves carroñeras que anidan en el Congreso. Los encuentros colectivos son pura emoción. Vibración y fuerza. Para mucha gente, algo más tangible y real que toda esa comedia política del debatedelestadodelanación. Todo parecía ir bien. Los aplausos. Los cánticos. Si has estado en una mani, ya sabes, lo típico. Pero media hora antes del final, aparecieron los guardianes de la paz y ocurrió lo predecible: Se repartieron hostias como flyers.

Reviso vídeos de esa noche. Observo los mismos acontecimientos desde diferentes ángulos y perspectivas. Parece que busque patrones. En principio, sólo busco darle de comer a mi curiosidad morbosa y dejar que se me hinche un poquito la vena sadomaso. Pero si dejo de razonar, si no me implico, si evito que me hierva la sangre y presto algo de atención a las imágenes, comienzo a ver. Metáforas. La poética de una batalla campal. Algo mágico, como escrutar los fractales de un copo de nieve.

Aborrezco la violencia, pero me hipnotiza verla desfilar en tanga a través de la pantalla. Estas escenas me piden a gritos que las diseccione, así que cojo escalpelo…

La primera imagen poderosa de esta obra improvisada llega con la entrada en escena de los antidisturbios. Un coro entona el Canto a la libertad de Labordeta. Aún no ha acabado el acto, pero ya se puede percibir el conflicto. La policía entra en la plaza con intención de desalojar y comienzan a resonar los disparos. Balas de goma. Las chicas del coro elevan la voz. Prosiguen los disparos. “Habrá un día que todos (BOM) al levantar la vista (BOM) veremos una tierra que ponga (BOM) libertad”. Se cierra el telón, entre gases lacrimógenos. El narrador agarra el megáfono e informa: “Le recordamos a la policía que está interfiriendo en un acto totalmente legalizado”.

Comienza el segundo acto, el más rico en imágenes: Los agentes se arrojan sobre una pancarta con un mensaje llamativo: No pasarán. Se abalanzan sobre ella y sobre los que la sostienen como un toro embravecido al que le han tocado lo evidente. Y pasan. Vaya si pasan. Como ya pasaron en su momento. Es un ataque a los símbolos. Son guantazos de realidad, tal como lo entienden las autoridades. Antidisturbios 2, manifestantes 0.

Transcurren los segundos y la cámara registra a una pareja que opta por besarse frente a un policía que hace el amago de ir a disolver aquella manifestación de amor. Éste se lo piensa y prefiere mirar hacia otro lado. El mensaje aquí es claro: El amor hace que el miedo se avergüence. Bravo. Minipunto para el equipo de los manifestantes.

Llegamos a un momento memorable. Algunos agentes se separan del resto y uno de ellos, en concreto, es rodeado por un grupo de chavales encapuchados que lo acosan y lo persiguen, haciendo que pierda el casco. El antidisturbios huye. Sin sus compañeros es débil. Los jóvenes están bastante exaltados. Uno de ellos alza el casco como un trofeo, casi como si sostuviera la cabellera arrancada a un enemigo. Como respuesta todos corean y silban. El héroe ha cortado una cabeza. Hay algo primigenio ahí. Seguro que existe una función de Propp para esto.

Hay quien la emprende a palancazos con un cajero electrónico, símbolo per se del capitalismo. Para añadir un toque de color, un matiz de carácter, el protagonista de esta imagen lleva puesto un casco de ciclista, signifique lo que signifique eso. Esta vez el gol es un poco en propia puerta. El cajero estará asegurado. Al menos, el sector del arreglo y el remiendo sí que vive tiempos de gloria.

Es como un drama de época. De la nuestra. O como un poema épico, si se prefiere. Tal vez algún poeta acabe adornando los cantares de gesta de las palizas recibidas en las plazas de Madrid, de los gases y de las lecheras abolladas por la multitud enfurecida. Pero maldita la falta que hace. Es bello por sí solo. Profético. Atronador.

El poema, para mí, acaba con el tipo que se acerca y grita a los agentes: «¡Somos personas!». Ése es el último verso. No hace falta decir más.

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