La niebla (remake casero sin permiso de Stephen King)

Fotografía por Lana RZ
Fotografía por Lana RZ (21/12/2015)

 

Amanece el día después de las elecciones. Una espesa bruma desciende de las montañas. Aunque hay luz, no hay rastro del sol y el cielo, -si es que es el cielo lo que alcanzamos a ver-, está gris; gris niebla.

Aparentemente, nada ha cambiado en la calle. Nunca parece que cambie nada en la calle. Ni tras las elecciones, ni tras el 15M, ni tras el 11S… Tal vez en otras ciudades, en otras calles, pero no en éstas. Por aquí pasa el cartero en su Vespa, como de costumbre. Y el anciano del perro. Y la señora mayor con su hijo retrasado que ya le saca tres cabezas. Aquí todo es normal, vaya.

Abro la nevera con el codo. Debería haber ido al trabajo, pero no he pegado ojo en toda la noche por un dolor en la muñeca. Examino las tripas de la máquina enfriadora y determino: Tengo que ir al súper. Malditas las ganas que tengo. Hace frío en la calle y los anti inflamatorios aún no han hecho su papel. Pero quiero comer, así que me amortajo en el abrigo y salgo. Por el camino sorbo, toso, escupo un amago de resfriado.

Cruzo las puertas del Aldi más cercano. La gente, cabizbaja. Mirando marcas, mirando precios, mirando códigos de barras. Lo normal. Nadie parece recordar que ayer se celebraron elecciones. Nadie parece recordar nada, en realidad. Enfilo al pasillo de los lácteos, cuando aquel tipo entra en la superficie y empieza a gritar:

-¡La niebla! ¡Cerrad las puertas! ¡Hay cosas en la niebla! ¡Tenemos que cerrar esto, por favor!

La gente lo mira durante un instante. Luego vuelven a las marcas, a los precios y a los códigos de barras. Como si nada acabara de pasar. Si acaso les sabe la boca un poco a vergüenza ajena. Yo me quedo mirándole un poco más. Está claro que es un perturbado. ¿Qué debería hacer uno en estos casos? ¿Seguir comprando o echar a correr?

El tipo desiste y empieza a usar carritos de la compra y un stand publicitario para montar una barricada. Uno de los empleados se acerca a él con intención de detenerlo. Hay un tufo extraño en el ambiente. Me doy cuenta de algo, y no soy el único, ya que otro cliente, antes cabizbajo, expresa en voz alta lo que yo estoy pensando:

-¡Eh, mirad por los cristales!

La nada. El exterior ha desaparecido. Estamos en el ombligo de un banco de densa niebla. Da miedo mirar ahí fuera. Parece que no estuviéramos en ninguna parte. Todos atendemos al lado acristalado del súper, como a la espera de que ocurra algo. El perturbado de antes recupera la confianza ante el estupefacto general. Vuelve a gritar:

-¡Tenéis que ayudarme antes de que sea tarde! ¡Tú! (le dice al cajero que había salido a detenerlo) ¿Cómo se cierra esto? ¿Hay una llave? ¿La tienes?

Como si el pánico fuera algo contagioso, una señora de pelo blanco y gafas doradas comienza a vociferar desesperada, mientras nos señala mirándonos a los ojos:

-¡Lo sabía! ¡Esto es culpa de todos vosotros, rojos, votantes de partidos extremistas que queréis romper España! ¿Pensábais que podíais desafiar al bipartidismo? ¡Él no quiere una España de okupas fornicadores fumadores de hierba! ¡La niebla es una señal! ¡Populistas, proetarras, arrepentíos antes de que esto vaya a peor!

La señora se arrodilla junto a los ultracongelados y comienza a rumiar una oración balanceándose hacia delante y hacia atrás.

La mayoría de la gente se mira ahora entre sí y se preguntan: ¿De qué carajo habla esta tía? Creo que más de uno se pregunta si pasar de aquellos dos y seguir comprando. Pero justo en ese instante, un tentáculo (sí, un tentáculo, como los de los pulpos gigantes que se ven en las películas, así pero más oscuro, negro como una lombriz, o tal vez embadurnado de algo, en fin, algo asqueroso) se abre paso por las puertas automáticas del local y se enrosca sobre el abdomen del tarado en cuestión. El tentáculo lo arranca del suelo y lo eleva unos dos metros en horizontal, antes de retraerse y hacerlo desaparecer entre la niebla.

Nuestras expresiones son las de un corderito en el matadero. Estamos en estado de shock. Uno de los primeros en reaccionar es el cajero del súper que, ahora sí, saca un manojo de llaves de su bolsillo y selecciona una pequeñita, que cierra las puertas automáticas para evitar que entre algún otro tentáculo. Da unos pasos atrás. Nos mira. De pronto, una campanada sobre el cristal devuelve nuestra atención al exterior. Hay un ser grotesco adherido al cristal. Un ser pesadillesco y lleno de pelos, con decenas de tentáculos negros saliendo de su cuerpo, con mandíbulas móviles que dan dentelladas al aire, con un rostro partido en dos: el de Mariano Rajoy y el de Pedro Sánchez. El ser emite o ruge un sonido nauseabundo que parece decir:

-Somosh la lishta másh votad… No apoyaremos la investidura del señor Ra… Hemosh ganado… España huele a camb… Eshte paísh esh ingobernable sin nosotrosh…

Doy un paso atrás y tiro sin querer mi carrito de la compra. Qué horror. La señora tenía razón. Hemos azuzado a la bestia del bipartidismo…

…Y ahora viene a por nosotros.

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