Instrucciones para dar de comer a un gato

Piensa en esto, cuando te regalan un gato te regalan un pequeño infierno peludo, un calabozo hecho de maullidos, un supervisor de mirada inescrutable y cósmica.

No te dan solamente un gato, procura darle una buena vida y esperamos que no se te escape, que su madre era una gata callejera y, como todo el mundo sabe, esas cosas van en los genes. No te regalan solamente una mascota, a la que reservarás un espacio en tu propia casa: «Aquí es donde te daré de beber y aquí donde te dejaré el pienso y los restos de mi comida, aquí donde dormirás y aquí, en esta caja con tierra, donde harás tus cosas de gato».

Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben- un nuevo pedazo indómito y territorial de ti mismo, algo que es tuyo, pero no es tu cuerpo, algo que hay que sobornar y persuadir para mantenerlo cerca y con quien corres el riesgo de acabar mendigando amor doméstico ante su mirada impávida. «¿Qué quieres ahora de mí, humano?», parecerán decir esos ojos.

Te regalan la necesidad de darle de comer a diario, de barrer sus pelos a diario, de rascarle el lomo a diario, cuando él lo desee y lo necesite. Te regalan el miedo a que decida abandonar el hogar, a que pases noches echándolo de menos, hasta que una mañana regrese a casa con la semilla de más seres como él enraizada en su vientre, o colmado de cicatrices y heridas a causa de las riñas con otros gatos del barrio.

No te regalan un gato, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del gato.

[Inspirado en “Instrucciones para dar cuerda a un reloj” de J. Cortázar]

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