José Rafael de Parda es un joven escritor. O eso se dice a sí mismo: Joven escritor. Lo cierto es que el joven José Rafael sabe usar las palabras. Con dieciseis años envía un relato a un concurso y gana un acésit. A partir de ahí, le ocurre lo que a todo aspirante: se convence a sí mismo de que es un escritor y de que el mundo lo necesita.

Por aquel entonces, escribe relatos que llegan a su cabeza como tempestades, sacudiéndolo. Se le acumulan los relatos en las libretas, en la Olivetti, más tarde en el Pentium. Manda relatos a concursos, a fanzines, hasta a revistas literarias de lengua inglesa, con la esperanza de ser traducido algún día, de ser descubierto fuera de su patria chica y de su España natal. Nada le gustaría más.

A José Rafael le gusta el pulp, pero también le gusta el pulpo a la gallega empapado en aceite y pimentón. Su voracidad literaria sólo es equiparable a su voracidad gastronómica. Pasa los días alternando los estudios de Derecho con sus aspiraciones escritoras y, entre tantas horas tras el escritorio, caen cientos de cafés rebosantes de azúcar, en maritaje con otros tantos dulces glaseados. Que no se diga que no nos pegamos UNA vida PADRE GRANDE y LIBRE.

En un alarde de genialidad, José Rafael decide dedicar una obra a las vaginas. Despues de todo, tras un buen libro y un buen palo catalán relleno de chocolate, lo que más le gusta en el mundo es una buena vagina. Escribe una prosa poética sobre vaginas que conoce, sobre vaginas que le gustaría conocer y sobre vaginas que él se imagina en sus mejores fantasias. El libro echa a rodar de una manera un tanto underground y llega a convertirse en una pequeña obra de culto. ¡Por fin ha descubierto lo que la gran masa lectora inculta y él tienen en común!

Una vez cree que ha encontrado su sitio en el lugar que le corresponde dentro de la Historia de la Literatura, decide que la mejor forma de mantenerse en la cumbre será la de espantar a todos esos lectores pusilánimes a base de barroquismos. José Rafael es un contracorriente. Un fuera de la ley. Comienza a usar palabras complejas que nadie comprende y decide elevar el aburrimiento a la categoría de arte. Es así como llega a recibir el Planeta. Tras alzarse con el codiciado galardón, consigue hacerse un hueco en todas esas estanterías decorativas en las que se va acumulando el polvo sobre esos libros que casi nadie ha terminado de leer.

Va pasando el tiempo. Gana algunos kilos. En pesetas y en masa corporal. Sigue alimentándose sin mesura a base de clásicos. No parece que el siglo XX tenga nada demasiado interesante que ofrecerle, aunque se permite el lujo de plagiar párrafos enteros de autores coetáneos sin pestañear. Cuando es preguntado por ello, habla del hip hop, de la técnica del sampleo y el scratching. Dice que los demás no entienden. Que nadie lo entiende. ¡Qué lejos quedaron esos años en que escribía sobre temas tan mundanos y tan accesibles para la masa inculta, como son las vaginas!

Una noche, abatido, solo, está descansando la vista frente a la televisión. Ya no sabe qué hacer para volver a ganarse a ese público que antaño lo cegaba con sus flashes. Ya sólo acude a tertulias políticas, a repantigarse en las butacas de los platós televisivos y a atacar sin piedad el cáterin, mientras da clases de moral y ética desde esa tendencia política que él denomina “premodernismo”.

Como decimos, está viendo la televisión, no, de hecho está haciendo zapping, agotado mentalmente por tamaños esfuerzos intelectuales, cuando ve aparecer la cara de ella. Han pasado muchos años, pero aún la reconocería en mitad del tráfico de Buenos Aires. Ahora está ahí, en la caja tonta, en un reality. Se regodea pensando que él no es el único ganador del Planeta por el que pasan los años. Luego, se pregunta: ¿Es Karmele la que está a su lado? Se distrae mirándole el escote. Se convence a sí mismo de que el escote de ella es una estrategia perversa de Telecinco para elevar el share. De repente, se yergue: Acaba de parir una idea: Tetas. Una novela… no, una colección de prosas poéticas… sobre tetas.

Pero enseguida se da cuenta de que eso ya lo hizo Gómez de la Serna y le vuelve a bajar la tensión.

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