Cuando trabajaba en la fábrica de bizcochos, Juan Cafeína tenía dos problemas: La Dominatrix y la Santa. Ésos eran los nombres en clave con los que Claudio y él habían apodado a aquellas dos compañeras de trabajo. Lo hicieron así para que nadie supiera de quiénes estaban hablando. Aunque era una fábrica pequeña y no resultaba difícil de imaginar.

De camino al trabajo, en ese trance de quince minutos en coche, mientras aquellos dos se arrancaban las legañas aún cuando el sol permanecía agazapado tras el horizonte, solían nombrarlas al punto de que debía escocerles el oído:

-¿Con qué humor se habrá levantado hoy Dominatrix?

-No lo sé. Espero que mejor que ayer.

o

-La Santa ayer me dijo que me sentaba bien el delantal. Que ella es ver a un hombre con mandil y ponérsele el cuerpo de carnaval…

-¿Sí? Pues ya sabes que te odia.

Como ésa solían ser las conversaciones entre Claudio y él. Procurando salpicarse la menor penosidad posible el uno al otro, ante un trabajo no tan bien pagado como requerirían las compañías. El resto de la jornada, apenas hablaban entre sí. Se limitaban a hacer su trabajo y a callar. Si algún día les daba quebrar el silencio y bromear en voz alta o por decir alguna estupidez que rompiera con las tensiones propias del trabajo, la Dominatrix les clavaba la mirada y les chistaba y la Santa fingía una sonrisa, para acabar yendo a contarles los detalles al jefe. La Santa era una especie de altavoz inverso. No había comentario efectuado entre aquellas cuatro paredes que ella no memorizara y corriera a compartirlo después con el dueño de la fábrica.

-Me pregunto si Dominatrix se aprenderá mi nombre algún día.

Claudio lanzó una carcajada al frente y dijo:

-Es cierto. Nunca te llama por tu nombre.

-Me ha llamado Iván, Blas, Antonio, Iñaki… Coño, no creo que Juan sea tan difícil de aprender.

-Conmigo se pasó meses llamándome Mario. Ahora me llama Claus, porque dice que es más corto y le recuerda a la navidad. Todo por joder, ya sabes.

-Ayer se pasó las ocho horas llamándome “tú”. Me decía “tú, trae aquí esas bandejas” “tú, ¿dónde has metido los sacos de harina?” o “¡más rápido, tú, que se te van a caer esos bizcochos de la cinta!”.

-Jajaja, sí. Es propio de ella.

-Un día la voy a mandar a que se vaya a comprarme un nombre al carajo.

-Hazlo. Verás lo que tarda la Santa en ir con el cuento al jefe.

Juan gruñó y se sacó el tabaco de liar de la mochila. No eran ni las seis de la mañana y el cuerpo ya le pedía un cigarro. Sólo de pensar en las siguientes ocho horas. Sólo de pensar.

-¿Por qué no le dedicas un poema de los tuyos a Dominatrix? Tal vez así se calme.

Juan Cafeína dio un par de bocanadas y miró a su compañero:

-Sería un poema muy feo ése. Lleno de esdrújulas y palabras con erre. Seguro.

-¿Sabes qué me gustaría? -dijo Claudio-. Me gustaría coger a la Santa y a Dominatrix y ponerles una cámara de ésas que se llevan ahora en la cabeza para hacer deporte. Pero les pondría la cámara apuntando a sus caras. Para que, cuando llegaran a su casa, pudieran ver por ellas mismas las muecas que ponen y cómo les rebosa la mala leche por los poros.

-Eso sería muy terapeútico. Creo que todos deberíamos tener una cámara de ésas y vernos la cara que llevamos puesta a lo largo del día.

-El día que la patente, me forro.

-Fijo.

Juan bajó la ventanilla para arrojar aquella colilla apagada de entre sus dedos. Hacía calor, pese a ser noviembre y de madrugada. Recordó que hace unos años hizo el amor, en el coche, con una desconocida, muy cerca de aquel polígono que ahora visitaba a diario, a esas horas en que las personas razonables seguían durmiendo. Se refugió en esa especie de nostalgia erótica por unos segundos y luego la dejo escapar. Solía hacerlo a menudo, a modo de estribillo, para afrontar el sueño, la falta de ganas y la nocturnidad. Pese al mínimo volumen de la radio, Juan identificó el “Free bird” de Lynyrd Skynyrd. Le pidió a Claudio que lo subiese, que lo subiese bien alto. Se recostó en el asiento y se le destensaron un poco los músculos. No hacía falta añadir nada más. Estaban a punto de llegar a la fábrica. Ahora tocaba lidiar con la realidad. Con la Santa. Con la Dominatrix.

Cuéntaselo a otro
Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Google+
Google+
Email to someone
email

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *