Fakir

Soy un embaucador de serpientes y en mis manos se observa que aún me pesa el amauterismo. Ésta, la víbora que llevo años tratando de domesticar, se llama literatura.

El ritual es sencillo. En teoría. La serpiente está dentro de la cesta. Siempre. En cada cesta hay una serpiente. Ésta es la mía. La que me legaron. La que poseo (¿o es ella la que me posee?) desde la niñez.

Como digo, la serpiente está ahí. Puede que no la veas. Está dormida. Muchos tienen a sus serpientes dormidas. Hibernan sin nada mejor que hacer. Yo llevo años tocando el instrumento. Intentando, no sólo despertar al animal que dormita, sino hacer que baile a mi compás para gusto y deleite de los que pasan y observan.

No echéis monedas. No todavía. Aún hay ocasiones en que la serpiente desobedece a la música que le impongo y, como despertando del trance, asesta mordeduras a los transeuntes o a mí mismo. Mira cómo tengo los dedos. Inflamados por el veneno. Llenos de incisiones purulentas.

Es un oficio mal pagado y de largo recorrido, pero alguien debe de hacerlo. Con el tiempo, llegas a inmunizarte contra el veneno. Todo merece la pena por ese momento en el que la serpiente y tú sois uno, y la música suena como si no existiera nada más, y la víbora te observa, te mira a los ojos y te reconoce, baila y regresa a su cesta, buena chica, toma un ratón como recompensa.

Bien, bien. Lo sigo intentando. Sólo soy un humano. También tengo que comer. Ahora sí: Podéis echarme unas monedas. O mejor, os dejo mi cuenta de Pay-Pal.

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