El escritor que no se vende

Que paren la música.

Un escritor no debe venderse. A ver, repita conmigo un-escritor-NO-debe-venderse. Un escritor puede beber el blanco licor que emana de la luna, pero jamás venderse, ¿ok?

Un escritor, un escritor de verdad, debe revolver en la basura. De hecho, encontrará alimento suficiente allí y quizá sea un buen sitio para pasar unas vacaciones. Lo que no debe hacer nunca es venderse.

Un escritor debe escribir su obra en silencio. Sin decir nada a nadie. Como quien conspira contra la autoridad vigente. Se debe escribir una obra maestra. O algo que el escritor piense que es una obra maestra. Luego, debe guardarse en un cajón, sacarla cada dos años para revisarla, envejecer, morir y esperar a que alguien descubra el manuscrito inédito, que lleva años latiendo en silencio en el interior de un escritorio. Para entonces, la novela será una obra maestra prima póstuma de culto. Eso es lo mejor que le puede pasar a un escritor. Nunca vender su obra. ¡Jamás! Eso es de necios, de locos, de interesados capitalistas.

Un escritor debe libar las flores espirituales de la vida, aunque eso le suponga una anemia crónica que le corroa las entrañas. Un escritor debe escribir con las tripas aunque no haya nada dentro de ellas. Un escritor de verdad es un profeta, un mártir, un asceta, un idiota, un loco lleno de ruido y de furia.

Las manos de un escritor no deben tocar nunca el sucio dinero. A menos que ese dinero sea ganado por el honroso medio del sudor y la esclavitud laboral. Pero, ¿dinero de tus libros? ¿De dónde lo has obtenido? ¡Los buenos escritores no venden! Los buenos escritores se mantienen vírgenes hasta la senectud y, sus libros, bellezas durmientes que acumulan polvo en la estantería más apartada de una librería de barrio, a la espera de un príncipe azul que los descubra y los saque de su sueño eterno.

A un escritor que no se vende le pueden deben hacer críticas, reseñas, comentarios. Él se lamerá las heridas como un gato, no hay problema.  Un escritor que no se vende está deseando que alguien venga a hincharle el ego, ya que él, como buen espartano, no debe hablar de su libro.

“Porque yo he venido aquí a hablar de mi libro. Y no a hablar de lo que opine el personal, que me da lo mismo”. (Umbral dixit)

Un verdadero escritor dirá: “Los demás hablan de mi libro“. Pero él nunca hablará de su libro. Si eres escritor, es indecoroso que me hables de tu libro, que me vendas tu libro, que me digas que tiene una trama interesante, que tiene un lenguaje sencillo pero bien escogido, que el argumento es ligero, pero da que pensar… ¡Qué es eso de ligero! ¡Las mejores obras son tochos plomizos! Las páginas han de caer como gotas por una catarata. El lector ha de sudar y padecer. Ha de sobrellevar las ganas de bostezar y de cerrar el libro. Ha de aguantar insoportables monólogos, sólo porque tú los has escrito: Tú, el escritor puro, el escritor que no se vende, el escritor sin pecado concebido: un auténtico tonto del culo.

Aparta ya tu falsa modestia, amigo escritor.

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