El del medio de los Beats

Nochevieja. Camino derrotado por la calle que conduce a mi casa, solo, ciego perdido. La llave no acierta en la cerradura y parece una metáfora vital. Trastabillo con algo en la entrada (¿Una alfombra, un gato? ¿Desde cuándo tengo gato?). Veo mi reflejo de soslayo en el espejo de la entrada y, por un momento, pienso en mirarme en él, verme la cara. Pero desecho la idea. Mejor no. Sólo atiendo a ese pequeño atisbo de consciencia que lucha por conducir mi cuerpo hasta la cama. Lo consigue con más o menos éxito.

El plano siguiente soy yo en posición horizontal morreando a la almohada.

Hago un esfuerzo sobrehumano por quitarme un zapato y luego el otro. Y emprendo otro gran esfuerzo para darme la vuelta. El corazón me sacude como si alguien llamara desde dentro. Tengo la boca seca y los oídos aún palpitantes de las vibraciones sonoras recibidas. Eso es todo. Feliz año nuevo. Que éste que toca ahora sea mejor, por Dios. Es lo que se desea en estos casos.

Estoy en ese punto: a un paso de caerme dentro de un sueño, cuando oigo unas toses que provienen del lado más oscuro del cuarto. Por un momento, dudo de mis sentidos alterados: ¿He oído eso? Los ojos, pese a lo turbios e irritados que están, como platos. Me atrevo a decir: «¿Quién hay ahí?», con voz grave, pretendiendo que suene a amenaza. Adivino el sonido de un cuerpo que se mueve, por el rasgado de su ropa quebrando tanto silencio. Justo ahora repican las campanas de la iglesia. ¿Han sido cinco o seis? He perdido la cuenta. Veo un rostro que surge de las tinieblas al acercarse a la cama y ser iluminado por la luz de luna que entra por el balcón. No siento miedo. Conozco esa cara. Reconocería esa cara en cualquier circunstancia. Me habla. Lo entiendo. Y me pregunto cómo es posible. ¿Cómo es que puedo entenderlo? ¿Y qué cojones hace él aquí?

Con su sombrero, sus gafas, su traje de chaqueta y sus palabras –sobre todo sus palabras- tengo ante mí a un hombre que fue un adelantado a su tiempo, un desencanto respecto del sistema, alguien con la mentalidad de un enemigo público, un payaso triste de su propia vida. Ahí, sentado en la posición del loto sobre el suelo helado de mi casa.

―Señor Burroughs, ¿qué hace usted aquí?

―Llámame Bill. En realidad nunca me acostumbré a que me llamaran de usted. Es injusto. Le da cierta honorabilidad a gente que no la tiene.

―¿Bill? Vale, Bill… ¿qué haces aquí? Me has dado un susto, joder… ¿Y por qué puedo entenderte?

―Es increíble, ¿verdad? No existen las trabas lingüísticas en el más allá. El lenguaje es un virus más poderoso de lo que predije. Es capaz de transcender la muerte y mutar.

―Buf. Lo siento, voy demasiado pasado. Todo me da vueltas. No sé de qué hablas.

―Bah, tranquilo, no importa ―mira a su izquierda y a su derecha―. Y en cuanto a qué hago aquí… Bueno, he pensado que quizás me podías proveer de algo…

―¿Cómo qué?

―Pues… no sé. Somníferos principalmente. Alprazolam, Tetrazepam, Orfidal incluso. Pero me conformaría con cualquier relajante muscular… Porque opio no tendrás, ¿verdad?

Los ojos se me cierran. No sé si esto es una alucinación o no, pero sigo hablando:

―No tengo nada de eso.

Lo veo inquietarse:

―¿Y jarabe para la tos? Todo el mundo tiene jarabe en casa.

―Creo que queda algo de Flumil en la cocina… pero siento decirte que la mayoría de jarabes ya no llevan codeína.

―Mierda, mierda. No sé por qué he venido a parar aquí si tú no tienes nada. Tendré que volver a intentarlo en otro sitio.

―Pero, ¿qué pasa? ¿Qué buscas? ¿A qué… a qué ese ansia por colocarte? ¿No estás muerto?

Se le dibuja una sonrisa en su vieja cara. Una sonrisa maliciosa que casi es como una arruga más.

―Sólo soy un fantasma que busca lo que todos los fantasmas… Creo que eso lo escribí yo. No lo recuerdo.

―¿No recuerdas si lo escribiste tú? ¿Y cómo sabes que esa frase es tuya?

―Lo sé porque la leí en mi biografía de Wikipedia. Es lo peor que tiene la transmigración de la consciencia. De momento, sólo puedo recordar lo que hice, dónde fui, con quién estuve. Pero no puedo recordar una palabra de lo que escribí. Ni siquiera puedo leer mis propios libros. Las páginas están en blanco cuando yo los abro. Pronto, si logro limpiar mis deudas terrenales, me reencarnaré y no recordaré nada.

―¿Me estás diciendo que eres el fantasma de William Burroughs y que, para poder reencarnarte, has tenido que olvidar lo que escribiste? ¡Ay! ―por momentos, siento ganas de vomitar.

―Algo así. En realidad no soy exactamente un fantasma. Soy más una proyección astral de lo que fui, un residuo energético envuelto por los clichés culturales a los que has sido sometido, en combinación con los delirios de una mente febril como la tuya en este momento…

―Me va a costar mantenerme despierto si sigues así…

―Soy una especie de eco de lo que fui. Un eco que viaja entre planos… Cuando dominas el viaje, llega a ser mejor que la ayahuasca. Aunque eso no me libra del karma, claro. Y como uno de los requisitos imprescindibles para volverme a reencarnar es reducir el peso del ego, decidí empezar por sacrificar mis libros.

―O sea que no te acuerdas de nada. Ni de Yonqui, ni de El almuerzo desnudo, ni de Expreso Nova

―De ninguno. Alguna frase suelta, como te he dicho. No me importa. Ya no me importan las historias. ―se acerca y me olisquea―. Oye, ¿es maría a lo que huele tu bolsillo?

Hago un esfuerzo por introducir dos dedos en el bolsillo de los vaqueros y tiro de una bolsita que dormía en su interior. Se la lanzo al bueno de Bill.

―Toma. Pero no me eches el humo. Estoy demasiado mareado.

―Sin problema. ¿Papel tienes?

―Sobre la mesilla.

Bill Burroughs se yergue lo justo para alcanzar el librillo de papel. Luego comienza a silbar una canción caótica que suena elegante, -jazz, presupongo-, mientras deshace el último cogollo.

―Pensaba que igual habrías venido porque me conocías. Porque sabías que era escritor ―empiezo a decir.

―¿Lo eres? ¿Y qué has escrito?

―Bueno, tengo algunas cosas…

―No me suenas.

―Hum.

Bill debe haber leído la decepción en mi cara, ya de por sí decrépita, porque mientras prende el cigarrillo liado se me queda mirando fijamente y luego dice:

―Tal vez haya leído algo. ¿Tú escribiste un relato sobre un tipo que aparecía debajo de tu cama, que se parecía a Ginsberg, y que no quería salir de ahí?

―Sí. Hace unos años, para un curso de escritura.

Deja escapar una tos y añade:

―Ejem… No era una mala historia ―da una honda calada al canuto―. Sí, no tenía ningún sentido, pero podría decirse que me gustó.

―Gracias.

―Que no se te suba a la cabeza. Luego tendrás que liberarte de tu ego, si te quieres reencarnar.

―Lo tendré en cuenta.

―Bueno, ¿y cómo te va la vida?

―Buf. Buena pregunta. ¿No me ves?

―Parece que no te he pillado en tu mejor momento.

―No. No es el mejor… ¿Por qué ese empeño en reunirse, emborracharse y hacer el gilipollas cada treintaiuno de diciembre? Ahora me siento estúpido y vacío.

―No sabría qué decirte. La vida es una experiencia variada, pero cíclica. Como una ensalada de frutas.

―Historias, Bill. Historias por todos lados…

―Es la narrativa de la vida.

―Follones, jaleos, problemas, quebraderos de cabeza… Historias.

―Bueno, tampoco te compadezcas. Los chinos tienen una maldición: Ojalá te pasen cosas interesantes. Es un deseo curioso. Comprenden que una vida llena de intrigas e incertidumbres es de todo menos una experiencia estable y tranquila. Pero ese tipo de vida también tiene su parte buena. Puedes escribir libros sobre eso.

―¿Para luego tener que olvidarlos? Da pereza, ¿no crees?

Se ríe. No sé si por el efecto de la hierba.

―Tampoco es eso, tú estás vivo… ¡Escucha! ¿Has oído eso?

―¿El qué?

Poco a poco, el in crescendo de una sirena que se aproxima va cruzando la habitación como un fantasma. Oigo la sirena, aunque no sabría acertar si se trata de la policía, una ambulancia o los bomberos.

―¡Es la policía de la Interzona, me andan buscando! ¡Tengo que salir de aquí!

Bill se pone en pie con una agilidad sorprendente para alguien que lleva veinte años muerto. Apura el canuto y aplasta la colilla en el cenicero. La sirena irrumpe en mitad del cuarto en todo el apogeo de su canto fantasmagórico. El sonido me taladra la cabeza. Hasta que empieza a disminuir. Cuando vuelvo a abrir los ojos, Bill Burroughs ha desaparecido.

La habitación apesta a marihuana. Mañana, es decir, hoy ya es uno de enero. Propósito de año nuevo: Para cuando despierte, he de curarme esta enfermedad.

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