Dios es redondo

Dios es redondo - Escriaturas

Eran buenos tiempos. Interminables mañanas de sábado corriendo tras un esférico al que se le desgajaba el cuero y en las que lo único que importaba era horadar a balonazos una portería sin redes. No conocíamos las bebidas isotónicas, sólo el agua de la fuente, que había que beber por turnos. Un tiempo en que saltar una puerta blindada con cadenas no era más que un trámite si querías jugar. La vida era un juego, porque aún no nos habían enseñado la cara amarga y, a pesar de ello, aquellas mañanas eran un preparativo para lo que estaba por llegar. Había que posicionarse: O eras de los que avanzaban esquivando y abriéndose paso, o eras de los que se mantenían en su sitio defendiendo lo propio, o eras el pasivo guardameta a la espera de los balonazos que te reservaba el partido.

Allí, en la pista, era donde se decidía todo.

*Este relato es una colaboración para la exposición fotográfica “Los pasos perdidos” de José Antonio Martínez Morales.
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