Días de pisco y rosas

[Este relato pertenece a la crónica inacabada de mis experiencias en Chile, titulada “Resaca de pisco”]

Es una tarde tibia y estamos los cuatro sentados en la terraza de ese fast-food mejicano que hace esquina en la plaza Perú. Con los cuatro me refiero a Lucía, Marla yo y ese crío de veinte años que dice llamarse Felipe. Felipe es nombre de pijo. Felipe me recuerda a sonrisa de flashes, a palabras vacías, a feudalismo, a Philip Morris, a flipe.

Como digo, estamos los cuatro.

Cuando se abrió la puerta del apartamento, apareció aquella muchacha, descalza, envuelta en una toalla, con el cabello hecho una bayeta. Todo un catálogo de piel tostada. Luego, desapareció por la puerta de su cuarto, ofreciéndonos una vista completa de su espalda mojada, y me dejó allí con ese crío. Un crío de veinte años. Flaco. Macilento. De torso huesudo y pecoso, con cara de no haber recibido una hostia en su vida. Supuse que vendrían de retozar en la piscina del ático. Su pelo parecía una sopa de fideos pelirrojos y la mano que me ofreció, al conocernos, un racimo de uvas pasas.

Luego, Marla salió del cuarto con una de sus sonrisas naturales, como de huevo de granja, y dijo que saliéramos a tomarnos unos schops. Lucía aún dormía, pero se despertó cuando Marla encendió la radio y una melodia pop embadurnó las paredes de melodías pegajosas. Felipe y Marla entonaron a dúo una canción que yo no había escuchado en mi vida, pero por la que habría pagado o habría hecho un sacrificio de sangre a Apolo por no escuchar nunca.

Lucía apareció con cara de carnicera de Milwaukee y Felipe, nuestro nuevo amigo, fue a estrecharle sus uvas pasas y a decirle de un modo entusiasta, mientras Marla daba el tono y se secaba el pelo con un secador:

-¡Vamos a tomar unos schops!

Ése es el motivo de que ahora estemos aquí, en este fast-food mejicano de la plaza Perú, lijándonos los ojos con luz del atardecer y hablando de nada, en realidad.
Ellos toman sus schops -jarras de cerveza tostada- y yo pego sorbos a un zumo de durazno, más por economía, que por apetito.

Marla y Felipe hablan en jerga chilena y Lucía y yo tratamos de desentrañar parte de la conversación. Un colega argentino ya me advirtió sobre esto: Sobre los chilenos y el modo en que abusan de la jerga. Él dice con ese canturreo tan propio del país: «Puuuta weón, yo andaba aún con la caña y ese viejo culeao, cagao de la cabeza, no hacía más que cargarme con sus weás…». Ella dice: «¡Qué fome!». Él continúa: «…Y venga con quería juntar plata para copete, pero el muy weón me viene con que se ha dejado la plata en la pieza y ya allí, en mitad del mall, le suelto: ¡Ándate a la chucha no más! Y me fui al tiro». Ella vuelve a decir: «¡Fome, weon!». Lo único que sé es que hablan de borracheras.

Estamos a mediados de marzo. Se acaba el verano y, por lo que deduzco, el tema de la temporada va de carretear y de buscar cualquier excusa para tomar alcohol. En realidad, no parece que haya nada mejor que hacer en esta latitud del mundo, a los veinte, a finales de verano. Sea como sea, ésta es una faceta de Marla que aún no conocíamos. Menos mal, ya no resulta tan formal como al principio. Dios mío, es humana… Bueno, ¿y qué?

En realidad, se está agusto en esta terraza, sin hablar de nada concreto, fumando cigarrillos, bebiendo jugo y tratando de percibir la sinfonía. Todo lo que nos rodea. La gran composición de un dios psicópata y disonante, que parece improvisar a cada segundo, fuera de compás: La luz y las sombras. El tráfico suicida. La adaptación de los animales -los perros, los colibríes- a un hábitat de asfalto. Los edificios de ángulos rectos. Las conversaciones sobre nada -continente- y las emociones sobre cualquier cosa -contenido-.

Para alguien que escribe es importante detenerse a escuchar la música, de cuando en cuando. La mayoría de las veces no se oye nada. Sólo rutinas, motores y ruidos de fábricas. Pero, en ocasiones, oyes. Y parece que la música tenga un patrón. En esas ocasiones, el sinsentido cobra sentido, los momentos de bajón son sólo adagios metafísicos y los ratos de sonrisas son sólo allegros mezzo fortes y todo, en definitiva, se reduce a momentos. A compases que se repiten. Y a estribillos.

Marla golpea la mesa con la palma de su mano y exclama, como si no llevara un rato pensándolo: «¡Eh, montemos un carrete! ¡Por los españolísimos!». Y cuando venimos a darnos cuenta, estamos empujando un carrito de supermercado con ocho six packs de cerveza, dos botellas de pisco, cocacolas, bolsas de hielo y una botella de Cabernet-sauvignon. El Cabernet es cosa mía. Desde que llegué a Chile me he aficionado a beber vino. Hasta el vino de cartón aquí tiene su bouquet. Compran, además, sushi y unas empanadas. A excepción del vino, todo lo paga el crédito del papá de Marla. Nuestra compra pasa por el código de barras y es embolsada por un chico de su misma edad, que recibe cien condescendientes pesos de propina del bolsillo de Felipe. Veo que los hay en cada caja: Jóvenes de sonrisa ausente unidos a un reproductor de mp3, que embolsan las compras y, a veces reciben algo a cambio, o a veces no. Los veo recontar las monedas que guardan en el bolsillo.

-¿Por qué se les da propina? -pregunto realmente intrigado.
-Porque no cobran fijo al mes -me aclara Felipe-. Los bolseros sólo cobran las propinas… Tengo el coche a dos cuadras de acá. ¡Vamos para allá!

Recorremos las dos cuadras o las dos calles y, es al llegar allí, que se me parte el corazón, como a un cantante de pop al que lo ha dejado la novia: Este crío, Felipe, alarga el brazo, sosteniendo un pequeño mando a distancia, y parpadean los intermitentes de un flamante y enorme Chevrolet blanco.

-¿Te gusta? -me dice Felipe, al ver cómo escaneo el coche del morro al maletero-. Regalo de mi papá por las buenas notas del curso pasado.
-Es una monstruosidad -admito.

Pero no me entiende. El ríe complacido. Tengo mis razones para pensar que es una monstruosidad que el padre de este niño pecoso, paliducho y despreocupado le haya costeado un coche como éste, mientras toda una legión de chavales de su edad recuentan pesos sueltos al final de cada caja, en cada supermercado. Miro el presente que hay frente a mis narices, como quien ve el futuro en unas tripas de pescado. Como quien recuerda un pasado vergonzoso, un tatuaje mal hecho, difícil de borrar: Asqueado. Hay dos bandos aquí y no sé ni cómo he venido a caer en uno al que no pertenezco. Dejemos correr la suerte. No escupiré sobre la mano que me sirve un trago de pisco. Los dioses soplan las velas. Así sea.

Lucía y yo nos acomodamos en la parte trasera de aquel mastodonte con ruedas y nos buscamos las miradas para confirmar que estamos pensando más o menos lo mismo. De pronto, los bafles llenan el aire de voces distorsionadas y baterías con tintes de reguetón. Aquel chisme se mueve y no de una manera armoniosa. Felipe conduce como si montara sobre un gran tiburón blanco y tratara de domarlo con el alambre del pan bimbo. Damos bocados a los socavones de las calles, tragamos metros de asfalto a sesenta por hora, sin piedad. No tiene pudor en usar el cláxon para exigir a los conductores de los microbuses que se aparten de su camino. Algunos lo hacen. O es un rico kamikaze o es imbécil rematado.

Atravesamos la avenida de Chacabuco, como si fuera parte de un circuito. Los otros vehículos se convierten en contrincantes. Lucía clava las uñas en el asiento. Yo alcanzo a abrochar mi cinturón. Felipe y Marla cantan a coro la canción de la radio en un inglés con notable pronunciación.

Pasamos junto a un coche de los carabineros, que se han detenido en el arcén para pedirle los papeles a un vendedor callejero de calcetines. Los agentes se limitan a vernos atravesar la ciudad como si la hubiéramos comprado. Y es lo que, en efecto, ocurre: A este niño pelirrojo, que desconoce lo que es el grito de un jefe o la soga de una factura, le han comprado un permiso para atravesar la ciudad, como si le perteneciera. Como si las personas que hay tras los cristales fueran monigotes de fondo en un videojuego.

Chile tiene una alta tasa de mortalidad de peatones.
La aguja de las revoluciones se contonea al ritmo de la música.
Marla y Felipe siguen cantando a dúo esa canción en inglés. Más alto. Más alto.

Más alto.

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