Días de pisco y rosas II

Tabaco chileno[Este relato pertenece a la crónica inacabada de mis experiencias en Chile, titulada “Resaca de pisco”]

-Imagina que el paquete de cigarrillos light es el partido de derechas e imagina que el paquete de cigarrillos corrientes es el de izquierdas. ¿Ves? Por fuera, tienen colores distintos. Pero, en el fondo, los dos son tabaco. Los dos te acaban matando.

Lo he vuelto a hacer. Estoy chispado o andando encima de la pelota, como dicen en Chile, y como no sé a quien culpar de la insatisfacción propia de nuestra generación, he terminado cargando contra la clase política. Ignoro por qué siempre sucede esto. Me observo, tratando de comparar dos paquetes de tabaco con el bipartidismo para que Hilda, una amiga de la hermana mayor de Marla, entienda mis quejas sobre la partitocracia española. Me observo y me aborrezco y arrojo las cajetillas sobre la mesa, como si fueran dados en una mesa de juego. Como si explicar lo que es tan simple en tu cabeza y tan complicado ahí fuera sirviera para algo.

-Lo entiendo. Aquí, igual es así. Los discursos son diferentes, pero nadie arregla lo que hay que arreglar, -dice ella.
-¡Bah! ¡La política es fome! -salta Sandra, una tercera en discordia.
-Sí, es fome… -digo.
-Pero Maikel tiene razón -insiste Hilda-. A esos weones se les llena la boca con que tenemos una democracia y sabemos que eso es mejor que una dictadura pero, míranos: Acabo de egresar de la universidad y ¿qué posibilidades tengo? Montar mi propio negocio y dedicar los próximos diez años a pagarle al estado el crédito que conseguí para poder estudiar…
-Al menos tienes para pisco…
-Sí, po. Ése es el problema… que igual sólo tengo para pisco.
-¡Bah, córtenla ya! -Marla aparece en el momento justo para evitar que agüemos la fiesta-. ¡Esta noche es de puro carrete! ¡Dejen ya esa weá!

A mi alrededor hay una veintena de jóvenes, todos chilenos, todos hablando de ese modo tan acelerado que me cuesta pillar el cincuenta por ciento de lo que dicen, todos bebiendo piscola.

-¿Una piscolita, Maikel?

El despreocupado sonido de los cubitos de hielo chocando contra las paredes de un tubo de cristal suena a canción optimista. Es una noche tibia. Como de finales de agosto en España. Una de esas noches en que se advierte el ocaso del verano; en las que se impone celebrar la vida de un modo nostálgico; en las que poco importa lo que pase ahí fuera.

La piscola es el Trago por excelencia entre la muchachada. Con mayúsculas. Pisco y coca-cola, son lo que aquí se conoce como una «promo». Un kit indispensable para fiestas. Esto es tan así que, cada ocho de febrero, desde hace diez años, se celebra en Chile algo llamado Día Nacional de la Piscola. No es broma. El nueve de febrero es conocido como el Día Nacional de la Resaca. Y tampoco bromeo.

Hay varias botellas de Mistral repartidas por la habitación. Mi botella de Cabernet-Sauvignon hace rato que está vacía y olvidada. Es mi primera experiencia con el pisco, un licor cuya autoría se disputan peruanos y chilenos. Debería tomarlo con calma, o eso es lo que dicen los autóctonos. Debería, pero es mi segundo vaso y esto no tiene pinta de ir a mejor.

-¿Y cómo son las cosas allí en España? En cuanto a minas…

Quien pregunta es Patricio. Un chaval enorme como un Frankenstein de no-ficción, que parece tener de ingenuo lo mismo que de alto. Mantiene una sonrisa llena de dientes, idéntica a la que tenía nada más cruzar la puerta del apartamento, al principio de la noche. Es de esa clase de personas que lucen sonrisas en vano, como si se las hubieran soldado con soplete, debido a carencias en cuestiones sociales. Quizá ésta sea su única baza. A Patricio, las chicas lo tratan como a su mascota. Supongo que él no reúne los cánones de hombría que ellas demandan. Se sacan fotos con él, mientras le sacan burla. Luego lo besan en las mejillas y le dicen que lo quieren. Como amigo, claro. Patricio es su juguete.

-¿Minas? ¿Mujeres, quieres decir?
-Mujeres, sí. Me han dicho que en Europa  lo de los tríos es algo muy normal… Lo de poder pololear con dos minas a la vez.

No debería, me digo. No seas tan cabrón. Pero sólo es un juego inocente. ¿Qué hay de malo en ello?

-Pues, ahora que lo dices…

Veo cómo sus ojos brillan de expectación y su sonrisa se estira. Salen más de sus dientes a la superficie.

-Hay algo de cierto en eso. Hay bastantes parejas poliamorosas.
-¿Poliam…?
-Poliamorosas. Dos chicas y un chico, por ejemplo. Es de lo más normal. Imagínate en la cama. Puedes disfrutar el doble.
-¡Qué cuático!

Patricio suelta una carcajada de puro gozo. Es una carcajada que retumba por todo el departamento, por encima de los ritmos de reguetón que Marla se ha encargado de que no falten. Alguna gente nos mira. Me llevo el dedo índice a los labios y le hablo bajito.

-…También se da entre dos chicos y una chica. Misma cuestión.

Aquí veo que la sonrisa se le amarga un tanto, incluso podría decir que su sonrisa se convierte en mueca de asco. Este giro no se lo esperaba.

-Agh, pero eso…
-¿Qué pasa? Ellas también tienen derecho, ¿no?

La mirada de admiración que me dedicaba hace unos segundos esconde ahora ciertas sombras de duda. Lo piensa un momento y pregunta.

-Entonces, ¿Lucía y tú…?
-¿Eh? -agito los cubitos de mi vaso de tubo y le digo-. Me he quedado sin gasolina. Disculpa.

Y lo dejo allí, preguntándose lo que quiera que se esté preguntando, mientras me desplazo en órbita hacia una de las botellas de pisco. A por otro lingotazo. No está tan mal el pisco éste.

En la mesita que hay en mitad de la sala yacen los restos de un bizcocho de bienvenida que horneó Lucía para agradecer a Marla que nos esté alojando estos días. Se nota que son más de las doce, porque al principio todos rechazaban la invitación, pero ahora en la bandeja únicamente quedan las migajas y una botella caída de Mistral. Literalmente, el bizcocho ha sido destripado por las garras de una veintena de jóvenes hambrientos, yo entre ellos. No sé por qué, pero me viene a la cabeza la muerte del protagonista de El Perfume, a manos de una horda de mendigos.

Hablando de Lucía, está charlando con una chica y un chico. Me acerco y me presenta. Le doy un beso en la mejilla a Elvira -porque la costumbre aquí es dar sólo uno- y estrecho la mano de Ernesto, su pololo. Ellas dos siguen con la conversación y yo me limito a escuchar y a darle sorbos a la piscola. Hablan de La Polla Records. Lucía parece entusiasmada porque ha encontrado a alguien que conoce a La Polla, -ergo que tiene mejor gusto musical que nuestra anfitriona-. Ellas dos hablan y entonan algún verso a coro, mientras el novio de la chica y yo nos mantenemos en silencio. Me fijo en él. Hay algo raro en él. Hace ya rato que me di cuenta que no se despega de la espalda de Elvira en ningún momento. La mantiene rodeada con sus brazos, como si temiera dejársela olvidada en alguna parte. No, miento. Él es quien cuelga de la espalda de Elvira, como si fuese una mochila. Ella se relaciona con los demás. Se mueve aquí y allá. Él parece una joroba o una segunda cabeza. Elvira es realmente maja y parece que Lucía y ella se entienden bien. Intento sacar algún tema de conversación con Ernesto. Banalidades. Le pregunto a qué se dedica.

-Soy otorrinolaringólogo, como ella.
-Como ella, claro…

Pienso: «¿Qué esperaba oír? Está unido a esta chica por algún punto cercano a la cadera». Voy demasiado ebrio. Los imagino intentando andar a la par con sus cuatro piernas. Una sonrisa mezquina asoma por mi rostro y me excuso diciendo que tengo que ir a mear.

Me evalúo, mientras transformo el pisco en pis: ¿A qué viene este comportamiento, Maikel? Mi conciencia, la mayor parte del tiempo, es peor que mi madre: ¿Por qué ese cinismo? ¿Por qué no puedes, simplemente, disfrutar de las conversaciones vacías, de la música chabacana, de la forma de ser de cada cual?

-Porque tienes miedo -le contesto fríamente al tipo de ojos vidriosos que me juzga desde el espejo.

Al salir del baño, me encuentro con Marla, a la que se le ilumina el rostro al verme. Levanta su copa para hacer un brindis y dice:

-¡Maikel, mi amigo essshpañolísimo!

Luego, me rodea el cuello con el brazo y me planta un beso sonoro en la mejilla. Sé que su euforia es producto del alcohol. Pero, en ese momento, no me importa. Estoy tratando de perdonarme por mis momentos de miseria. Siguiendo el mismo ritual, le planto un beso en la mejilla y digo a viva voz:

-¡Marla, mi amiga chilenísima!

Los dos reímos.

-¡Oye! -me dice-. ¿Les hace darse un baño en la piscina?
-¿Ahora?
-¡Sí! ¿No te parece bacán?
-Me parece bacán, pero no he traído bañador.
-¿Calzoncillos sí?
-Hombre, Marla, eso sí, pero…
-¡Ya, po! ¡Vamos al tiro!

La piscina a la que Marla se refiere es la del ático, la que está a la intemperie. Subimos unos ocho o nueve, repartidos entre los dos ascensores, entre ellos Lucía, Marla y yo. Las cámaras de seguridad del edificio registran nuestra incursión piscinera a las dos de la mañana. Es una noche estupenda, salpicada de estrellas. Estamos en la planta 23 de este edificio y la ciudad de Concepción se arrodilla a nuestros pies. Nuestros nuevos amigos ya se han zambullido en el agua de la piscina y ríen e intentan ahogadillas y más de uno aprovecha para meter mano a más de una, dada la escasa luz y el alboroto. Lucía tampoco ha traído el bikini y anda echando fotos y amenazando con quitárselo todo y lanzarse al agua. Marla y sus amigas le silban para incitarla. Reímos.

La gente parece feliz y a mí me da por pensar que la felicidad es un estado transitorio que suele durar instantes, segundos o minutos. No más que eso. El tiempo en que la mente no anda metida en problemas.
Saboreo la felicidad de este momento.
Me la bebo de un trago.

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