Dedos

Tengo una herida en el corazón. No es una metáfora cursi, es una herida que tengo en el dedo corazón. Es la parte que menos me gusta de mis manos: Es un corte que me practiqué en ese dedo con un cúter, desensamblando una caja vacía. La herida era algo profunda y no se cerró bien y acabó formando una cicatriz abultada de un leve tono rosáceo. Gajes de trabajar en un almacén… Aunque, otras profesiones no impliquen menos riesgo: Me dieron dos puntos en la cabeza al golpearme con un extintor, cuando trabajaba en una biblioteca. Mejor no preguntéis cómo.

Pero me estoy desviando. Estaba hablando de mis dedos.

A día de hoy, los miro y pienso: son raros. Larguiruchos y con alguna uña que otra de forma irregular. Color turrón por el dorso y rosas en el lado de la palma. Aún mantienen la fuerza de la veintena. Deshidratados, malheridos, con una sombra negra de suciedad incrustada en mis huellas dactilares: los encuentro así al volver del trabajo. Desde luego, han visto tiempos mejores. Aparte de la susodicha herida en el corazón, tengo toda una gama de cortes, pequeñas costras y padrastros que os aburriría escuchar (leer, lo que sea). Son dedos de currante. Unos dedos que mi padre conoció bien en su propia piel y que le llevó a emperrarse en que estudiara hasta el final. Celebro su decisión, aunque eso no me haya evitado mancharme las manos. Y, al contrario de lo que quizá mi padre temía años atrás, estos dedos tampoco me avergüenzan. Al contrario. Estos dedos pagan mis facturas y me permiten disfrutar de lo que más me apasiona en esto que llamamos vida. I got my fingers, que diría Nina Simone. No son los dedos de una pianista, como ella, está claro. Con las uñas llenas de mierda, apestando a qué sé yo qué y algún resto de tabaco de liar que se queda entre las líneas de la mano… Mis líneas, ¿qué dirán? ¿Cómo de larga será mi vida? ¿Y este trabajo? Dios, si supiera leer estas cosas, unas manos sucias como posos del café.

A veces me fijo en manicuras bien hechas y me parece algo agradable de ver. Sobre todo en mujeres, claro. Son dedos que denotan un buen status. Pero unos dedos sanos, sin heridas, con buen color, hidratados y con unas uñas limpias y bien perfiladas es algo que se ve bien. Que da gusto, coño. Veo esas cosas y casi siento envidia por un segundo.

Casi.

Luego, miro mis dedos raros, larguiruchos, ajados pero fuertes, dedos de la working class. Los aprieto en forma de puño y pienso en la potencialidad que contienen. Eso hace que sonría: Los vellos que quedan por erizar. Las páginas que faltan por escribir.

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