Crónicas playeras (IV)

En noches como ésta, da la sensación de que se hubiera instaurado la paz mundial. Las vistas desde este balcón son increíbles y yo soy capaz de verlo ahora, gracias a una mirada ajena. Enmarcada por luces lejanas, puede verse toda la bahía. La luna se alza en un ángulo de unos cuarenta grados sobre mí. Parece una cara cantando o silbando o aullando. Su reflejo es enorme y baña hasta a la propia orilla. Hay parejas bien vestidas paseando como si no tuvieran nada de qué preocuparse. Por ejemplo, veo pasar a un adolescente de rasgos latinos, con una camiseta ceñida por las horas que emplea en levantar cosas pesadas en el gimnasio, erguido como si le hubieran introducido algo alargado por el recto anal, paseando junto a una chica de unos catorce o quince años, muerta de vergüenza. Ambos parecen avergonzados ante la presencia del otro (incluso el chaval, aunque su apariencia sea más chulesca). Se les nota en la actitud, en la forma de moverse, de caminar… Sólo dos niños con ganas jugando a ser adultos. Qué cosa más ingenua. Un poco más allá, un grupo de críos jugando al pillao (increíble, todavía ese juego existe, tal vez lo jugáramos en las cavernas). Gente de toda índole sentada sobre el murete que separa la playa de la civilización. Un señor mayor tirando la basura. Y un grupo de señoras que ríen sin parar mientras hacen ejercicio en los aparatos del parquecillo de enfrente. Una de ellas, grita sin parar: ¡Que le corten la cabeza, que le corten la cabeza! En todo momento y casi sin que te des cuenta, el rugido sosegado de las olas, que es una agradable música de fondo. En este lapso no hay conflictos. Al menos, no desde esta perspectiva. No hay que buscar un significado a un momento que, de por sí, ya lo tiene.

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