Crónicas playeras (III)

Antonio, -un cliente-, es  un Poseidón venido a menos. A bastante menos. Si el dios del mar hubiera salido del agua y cambiado su tridente y su cola de pez por unas chanclas, pantalón corto y camisetas de propaganda que recubren su generosa panza, ese sería Antonio. Los bucles canosos y caóticos de su barba y de la cabellera que circunda su incipiente calvicie, como digo, le otorgan cierto aire de deidad.

Antonio es un viejo conocido. Un cliente habitual de dos de los bares en los que he estado alistado como camarero. Pareciera un asunto kármico la omnipresencia de Antonio, pero hay una explicación más sencilla, una navaja de Ockham: Él hace una ronda diaria por todos los bares de este pequeño pueblo costero. No hay día que Antonio no aparezca al otro lado de la barra con su semblante serio y su afilada ironía. Se ríe de todo y de todos sin sonreír. Me cae bien este tipo, muy posiblemente por esto.

Se alimenta a base de cerveza fría embotellada. Sólo que él no pide quintos, ni botellines. Él demanda “botijos”. Menos mal que ya nos conocemos. Para ser buen camarero hay que descifrar el lenguaje de cada cliente. Eso lo sabe cualquiera que haya trabajado detrás de una barra. Así, si te piden “botijos”, “cincos” o “ristrettos” uno ha de descifrar de qué carajo está hablando el que paga. Uno acaba prefiriendo a los guiris. A veces, se les entiende mejor.

A Antonio, por ejemplo, no debes preguntarle “¿Qué necesitas?” o “¿Qué quieres?” porque se tomará la pregunta con cinismo y al pie de la letra. Te responderá cosas como: “Un mundo más justo” o “Menos idiotas por metro cuadrado” o bien “Que le den por el culo al gallego” (refiriéndose por gallego a Rajoy).

Ayer se dedicaba a preguntarme mi opinión sobre el “Brexit”. Llena, como estaba la barra, no tenía tiempo de extenderme en respuestas largas, así que recurrí a una respuesta estándar: “Una buena jodienda”. Y, al rato, añadí algo sobre cómo los políticos nos acaban enfrentando a unos con otros. Me di la vuelta y seguí sirviendo bebidas, mientras lo escuchaba maldecir algo sobre el fascismo.

Poco después, remató el botellín que tenía entre sus manos gruesas, estampó un euro sobre la barra y gritó: “Como decían en el mayo del sesenta y ocho: Que paren el mundo, que yo me bajo”. E hizo algo parecido: Separó su culo de dios marino del taburete y se largó.

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1 comentario

  1. Lector noctívago dice: Responder

    “Se ríe de todo y de todos sin sonreír”

    Siempre me han gustado las barras de bar por dos simples motivos, escuchar y en ocasiones conversar. Es cierto que el señor Ibarra escribió que “la soledad es un palacio que se saborea despacio”, pero nunca jamás un ‘bojito’ o un tercio como me gusta pedirlos a mi, se saborean igual que escuchando o conociendo a todos aquellos filósofos ‘sabinistas’ que se agremian en las barras de bar, sindicalizándose con la noble causa de dialogar y de ser escuchados. Y en esta ciencia, la de escuchar, los mayores parlamentos están donde los barman son aventajados.

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