Crónicas playeras (II)

Recorro una avenida llena de socavones. Este sitio me trae recuerdos que son como un olor olvidado o una sensación que marcó un momento. Hace una década, más un lustro, podías encontrarme allí. Con mi inseguridad y un cubata entre las manos. El tiempo te pasa por encima, como una ola, y al emerger otra vez ya no eres el mismo. Qué cosas.

         Ahora todos esos bares están cerrados y en el piso superior de estos vive gente. De la puerta de algunos de estos pubs cuelga un cartel descolorido de SE VENDE, que es como la guinda del pastel de la desesperanza porque aquel lugar vuelva a ser lo que fue. El pasado no regresa nunca. Siempre es ahora. Sin embargo, estos lugares, vetados al público por portones y cadenas, se muestran como momentos del ayer congelados en el tiempo. Este sitio, esta avenida, es Pompeya, petrificada por el Vesubio. Tanto es así que hay un tío vivo frente a mí, del que emana un villancico histriónico (un trece de julio) que, por momentos, se ralentiza al ritmo de parpadeantes luces con todos los colores del arco iris. Parece que me haya comido algo psicodélico o en mal estado, pero es real, está sucediendo: es presente.

         Me encuentro ante las tumbas de mis viejos sueños.

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