Crónicas playeras (I)

Venimos al mundo a desgastarnos y a dejar cierto brillo, cierto barniz en cada segundo de nuestro desgaste. Por eso acepté este trabajo de verano en una terraza frente al mar. Por eso, y porque necesito el dinero…

Por mucha épica o mucha lírica que le imponga, sí, definitivamente es por el dinero. Algún día, el mundo dejará de ser tal cual es, y el dinero no será más que cifras sin sentido ni valor. Los billetes no serán más que papeles viejos con los que empapelaremos maceteros. Algún día. Puede que mis ojos no lo vean, pero ocurrirá. Las ruedas de mi premisa se desvían. Giro. Vuelvo a la carretera…

No encuentro placer en recoger y limpiar vasos y platos con bebida y comida ajena. ¿Quién sí? Pero sí lo encuentro conociendo a personas diversas. Entablando conversación con ellas. Incluso dándoles de beber hasta que se ponen divertidas. Absorbiendo matices. Aumentando la paleta de emociones para los personajes que se me vayan ocurriendo en un futuro…

Y en las vistas. También encuentro satisfacción en las vistas: El mar me parece un misterio de los grandes. Y hélo aquí (hélo aquí, -léase con retintín-: expresiones del diecinueve en formato millenial). En perenne movimiento y pasando desapercibido bajo los caprichos y deseos veraniegos de los clientes.

Veo acercarse a una niña que no alcanza a asomarse a la barra. Viene sola. Se encarama no sin esfuerzo a uno de los taburetes y, una vez recuperada la compostura, se estira las faldas de su vestido y dice convencida:

—Quiero un mojito sin alcohol.

Me sorprende. Como digo, ningún adulto la acompaña. Es extranjera. Parece inglesa o alemana. Es una enternecedora niña rubia de mirada severa. Le sirvo el mojito sin alcohol. No veo nada de malo en ello. No sonríe mientras lo bebe a través de la pajita. Se limita a beber a solas en una esquina de la barra, alternando vistazos a su vaso con lima y soda y a los demás clientes que van llegando. Cuando su pajita empieza a resonar de ese modo que indica que el depósito está vacío, me dice:

—Quiero otro mojito sin alcohol.

Mismo procedimiento. Mismo resultado. Solo que esta vez, me abona las bebidas y desciende del taburete. Se va sin sonreír y sin despedirse. Como un vulgar adulto en la piel de un niño.

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