Black card

Lunes por la mañana. Salgo a comprar pan para el desayuno y cruzo las callejuelas del barrio de clase obrera al que me he mudado. Aquí el aire huele a sudor avinagrado, a tabaco rancio y a especias morunas. Las fachadas piden a gritos una catarata de pintura. El cemento se alterna con el ladrillo visto. Las persianas lucen una sonrisa descolgada. Por lo demás, es un barrio “vivo”. Siempre hay gente en la calle y hablan en alto y en varias lenguas. El barrio te habla, si pones las orejas y escuchas.

A unos metros de la puerta de la panadería, encuentro una cartera abandonada, abierta en una “V” invertida, sobre un portal. Mi reacción es la de un súperhéroe. Me agacho y me la guardo en el bolsillo, mientras miro detrás y delante y me aseguro de que nadie me ha visto cogerla. Acelero el paso y entro en la panadería. Saludo a la dependienta, una madre joven de anchas caderas y sonrisa sincera. “Ponme una de cuarto. Gracias”. Salgo y camino con prisa, de vuelta al apartamento. Estoy deseando abrir la cartera y descubrir mi premio. En una ocasión en la que ayudaba a un colega a no perder la verticalidad, mientras él vomitaba los gintonics de esa noche, encontré una cartera con un billete de cincuenta dentro. La realidad provee de mecanismos de compensación a los que solemos mirar más al suelo que al cielo.

Cierro la puerta y saco la cartera. Es una cartera negra, de hombre, que por el tacto parece de cuero. Aunque la piel es tan brillante, que hay más posibilidades de que sea plástico del malo y que el dueño estuviera “pelado”. Me detengo, sin llegar a abrirla, y pienso: “¡Eh! ¿Qué fué de tu optimismo?”

Pero la desilusión no se hace esperar: La cartera está vacía. La billetera, el monedero, vacíos. Ni rastro de efectivo. Pienso que alguien se me ha adelantado y la ha desvalijado, antes de abandonarla donde yo la encontré. No hay tarjeta de la seguridad social, ni DNI. Espera. Aquí hay algo: Una tarjeta bancaria de un color negro lustroso. Negro petróleo. Parecido al color de la propia cartera. La sostengo frente a mí con sendos índices y pulgares.

Compruebo el verso y el reverso pero no encuentro más información que los logotipos de SISA y FUCKERCARD, una banda magnética y un número impreso: el 0000013.

Qué raro. No hay titular de la tarjeta. Ni fecha de vencimiento. Me viene a la cabeza el comodín en la baraja. El Joker de Batman con la comisuras de su sonrisa abiertas a cuchillo. Tengo un presentimiento. Arrojo la barra de pan al sofá y salgo de casa. Tengo que comprobar algo.

Llego al cajero que hay cinco calles más abajo. Es horario laboral, así que el banco está lleno de gente. Caras de doble malestar: Por venir a pagar los recibos de loquesea y porque, además, maldita sea, les hacen esperar. Hago cola detrás de un señor mayor con tirantes, que no acierta a convencer a los botones del cajero a que hagan lo que él desea. Sale de allí resoplando y murmurando, a modo de despedida.

Es el momento. Introduzco la tarjeta en la ranura y la máquina la absorbe. Hasta aquí todo normal. La pantalla me saluda, a continuación:

«BIENVENIDO DE NUEVO, MR. 0000013»

Y luego:

«INTRODUZCA SU NÚMERO PIN»

Y sucede esto: Así, sin pensarlo demasiado, tecleo cuatro unos seguidos y la pantalla que me pedía la contraseña desaparece. Porque mis ojos ven ya el siguiente menú de opciones, que si no, no lo creería. Diez mil combinaciones posibles y sigue ganando nuestra escasa confianza en la memoria.

El menú que se muestra a continuación resulta algo inquietante:

«QUÉ DESEA HACER:

⇒Extraer dinero ilimitado.

⇒Adquirir un puesto en la Administración.

⇒Adquirir un puesto de Consejero.

⇒Adquirir buena publicidad en prensa.

⇒Adquirir licores caros.

⇒Adquirir chicas de compañía.

⇒Adquirir drogas.

⇒Adquirir armas.

⇒Abrir cuenta en paraíso fiscal.

⇒Contratar a un sicario».

Una pareja joven, a mi espalda, resopla. «Pero bueno, éste está jugando al Tetris, ¿o qué?», escucho que dicen. Me empiezo a poner nervioso. Le doy a la opción de los licores caros. Quiero ver la carta de vinos. De repente, un tipo canoso y con un apéndice estomacal que pone a prueba su camisa a rayas, sale del interior de uno de los despachos y se dirige hacia mí, me mira a mí, con cara de ¿qué estás haciendo?

Cancelar. Le doy a cancelar. Pero la pantalla no responde. Se ha quedado bloqueada. Estoy formando una buena cola en el cajero y el tipo de la barriga implacable, ya está aquí. Se acerca y me habla entre susurros, como quien intenta evitar un escándalo.

−Deme esa tarjeta, −me dice−. No es suya.

−¿Cómo sabe que no es mía?

−Lo sé −dice, elevando la voz−. Deme la tarjeta, por favor. Esa tarjeta ha sido robada. El dueño ha puesto la denuncia.

La gente de la cola comienza a murmurar: «¿Robada? ¿La ha robado él?».

Y, enseguida, esa misma gente comienza a gritar: «¡Es un ladrón! ¡Le ha robado la cartera a alguien! ¡Tendrá morro el tío! ¡Y aquí, haciéndonos esperar!».

Esta gente está loca. Es la masa enfurecida que perseguía a los Frankenstein, los bisnietos bastardos de los que tomaron la Bastilla. Esta gente está cabreada de verdad. Salgo como puedo del banco, entre empujones y jaleos, mientras el tipo panzudo de camisa rayada consigue sacar la tarjeta del cajero y guardársela en un bolsillo de su chaqueta. Yo llego a verlo. La pareja, la señora mayor, el chico del perro, el jubilado que viene en pantunflas, la camarera del bar de al lado,ninguno de ellos lo ve, porque están centrados en mí, en insultarme, en echarme a la calle.

Me largo, cabizbajo, por donde vine, intentando ignorar los gritos.

«¡Delincuente, delincuente!»

«¡Delincuente!»

Debí haber contratado a un sicario.

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