Avistamiento

Estábamos en su comedor, hablando de algo poco importante. Ya te puedes imaginar, una conversación de treintañeros mantenida entre latas de cerveza, cigarrillos y una televisión encendida a bajo volumen, pero con conflictos armados e imágenes bursátiles de fondo. Yo no estaba muy pendiente del hilo, hipnotizado por el ritmo con que se encadenaban las malas noticias en esa pantalla.

Pero entre aquella nebulosa de voces, escuché que Jimena dijo: «Yo hace tiempo que no veo mariposas por la calle. ¿Vosotros habéis visto mariposas hace poco?».

La negativa fue unánime. Nadie sabía qué había pasado con las mariposas. Pablo saltó diciendo que eso era cosa de los pesticidas y de los productos con que se abonan los jardines de la ciudad y la mayoría le dio la razón. «Es como con las abejas. Nos estamos cargando el planeta. Cuando vengamos a darnos cuenta, seremos los siguientes». A todos nos quedó cierto sabor de boca a desazón al corroborar que, en efecto, la desaparición de las mariposas de nuestras calles era un hecho.

Me vinieron a la mente viejas experiencias que hace tiempo debieron colarse por el agujero del bolsillo de mi memoria. Me recordé sentado en el portal de casa de mi abuela, observando de cerca las hormigas y las mariquitas que se encaramaban a mis dedos. Recordé el modo magistral con que mi abuelo manejaba el matamoscas y cómo las veía caer, una tras otra. O la primera vez que encontré una muda de piel de serpiente. Y, por supuesto, me acordaba de las mariposas. Blancas. Sobre todo blancas, o amarillas, con las alas moteadas. Me embargó esta sensación de estar estropeándolo todo que a veces tengo sobre la Humanidad y sobre mí mismo. La charla derivó hacia otros derroteros más banales, así que al rato, cuando decidí irme a casa, ya me había olvidado por completo del asunto de las mariposas.

De hecho, no pensé más en ello hasta el día siguiente. Me desperté con la sensación de haberme soñado en forma de niño. No recordaba el sueño. Sólo tenía esa leve impresión de haber pasado la noche corriendo entre campos de naranjos. Casi podía oler aún a azahar y a la tierra que había ido removiendo bajo mis pies. Durante ese instante de duermevela y mientras se desvanecían los restos del sueño, añoré el tiempo de mi infancia, cuando mi imaginación era algo vivo y más grande que yo mismo. Cuando todo resultaba nuevo, sorprendente y mágico.

Me senté en la cama con intención de despejarme del todo y he aquí que encontré algo fuera de lugar, algo que no debía estar allí. Un pequeño bulto color ceniza yacía junto a mis zapatillas: Una polilla.

No tardé en salir a la calle en modo automático, como cualquier adulto que se dopa con cafeína desde bien temprano y pretende seguir al pie de la letra lo anotado en su agenda. Me movía entre cuerpos que seguían, a su vez, una dirección, un camino, un objetivo, un «no me puedo parar a saludarte, porque me esperan en tal sitio». Yo también caminaba con esa urgencia. Llegaba tarde a algún lado, aunque adónde sea lo de menos. Fue por eso que decidí tomar otra dirección, buscando atajar mis quehaceres, intentando robarle unos minutos al tiempo. Pero lo que encontré al doblar la esquina, minó bastante mi ánimo.

Me encontré en las puertas de un colegio, justo a la hora de salida de las clases. Es decir, decenas de padres y madres, policías dirigiendo el tránsito de vehículos y cientos de niños rodeándome. Un pequeño mar infantil moviéndose en todas direcciones, saltando, cantando, llorando, híper estimulados. Comencé a abrirme paso entre ellos, siendo consciente de sus miradas indiscretas o de su absoluta indiferencia.

De pronto, sucedió algo justo delante de mí: Una niña y un niño comenzaron a botar y a gritar. «¡Mira, una mariposa blanca! ¡Una mariposa blanca! ¡Mira, mamá!». No era posible, me dije.

La madre de los niños estaba charlando con otra y no reparó lo más mínimo en aquel fenómeno. Ni ella, ni ningún otro adulto de los que pululaban por allí. Tuve una visión clara: Posiblemente hacía mucho que ninguno de ellos contemplaba una mariposa en la calle. Ya no creían en las mariposas de la calle. Por eso no podían verlas. Eran invisibles a su mirada.

La pequeña no dejaba de celebrar a gritos la presencia del insecto, así que otros niños se sumaron como público a aquel avistamiento. Yo también me giré. Quería ser partícipe de aquella casualidad, de aquel momento inocuo e insignificante a ojos de un adulto. Quería poder contarles a mis amistades que yo también había visto una mariposa en la calle. En cierto modo, quería volver a ser niño.

Seguí la trayectoria de los dedos de aquellos críos. Seguí la trayectoria de sus miradas. El sol me golpeó en la cara, castigándome por tanto tiempo sin dirigir la vista al cielo. No veía nada. No podía ver nada. Sólo fachadas, tendidos eléctricos, antenas de televisión. Hasta que mi atención captó la danza de algo que se balanceaba sobre nuestras cabezas como un vulgar papel movido por el viento. Desconozco lo que tardé en devolver la vista al suelo. Era como estar en éxtasis.

Era realmente increíble.

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