Apartamento

Estoy buscando apartamento. Llamo a todas esas voces anónimas con nombres de nueve cifras (693458927, 983852175…). Las voces responden lejanas, inquietas, como si te acercaras por la espalda y los pillaras in fraganti mientras preparan una carbonara, esperan en la cola del paro o pasean al perro.

-He visto su anuncio. Estoy buscando piso. Algo pequeño. Es para mí.

-Éste tiene tres dormitorios, cocina con barra americana y plaza de garaje.

-No tengo coche. Ni siquiera tengo el permiso renovado. Y me sobra con un dormitorio.

-Puedes buscar a alguien más y compartir…

-No me interesa compartir piso. Voy a escribir una novela. Necesito silencio.

-¿Escribir? Oye, ¿tú a qué te dedicas? (Subtexto: Oye, ¿tú tienes dinero?)

-Trabajo en PalaMala S.A.

-Hum, esa es una gran empresa (Subtexto: O sea, que sí, tienes dinero).

-Gracias, pero no es mérito mío. Estaba así cuando llegué.

-Bien, ¿y cuánto estás dispuesto a pagar?

-El mínimo posible.

-Has de tener en cuenta que este es un buen apartamento.

-Y usted ha de tener en cuenta que yo soy un buen inquilino.

-Eso dicen todos, pero los últimos que tuve me dejaron las paredes agujereadas.

-¿De colgar cuadros?

-No, de balazos. Un pequeño ajuste de cuentas de la mafia rumana. Me dejaron todo el apartamento hecho una porquería. Todo lleno de sangre. Tuve que cambiar la moqueta y las fundas del sofá. Pero, por mucha masilla que echamos, no hay forma de disimular los agujeros de bala.

-Oiga, ¿sabe qué? Voy a seguir mirando por ahí. Tres habitaciones son demasiadas para mí. No soy muy aficionado a limpiar el polvo. Pero le agradezco su tiempo. Adiós.

-Eh… bueno, adiós.

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